El difícil arte colectivo de la Urbanidad
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

2 de diciembre de 2016

Una palabra –y su correspondiente concepto- definitivamente en desuso es URBANIDAD: calidad de “urbano”, más en sentido de “civilizado” que de (sólo) citadino, refiriéndose al conjunto de usos y costumbres propios de quienes han crecido en la Ciudad y asimilado su forma de vida, más refinada –o menos bárbara- que la de otro tipo de asentamiento humano, aprendiendo a desplazarse por ella, usar sus servicios, disfrutar sus comodidades y, en fin, aprovechar todo lo que ofrece para pacificar la vida, tanto íntima como la de relación con los otros habitantes o ciudadanos –citizens -.

Pero la Ciudad no es estática, sino que evoluciona en la medida que lo hace cada uno de sus habitantes. De hecho es su condición necesaria, pues de otro modo se arruina, material y humanamente, un  proceso muy avanzado ahora mismo en (prácticamente) todas. Sus causas son complejas, es decir, están entrelazadas, pero hay una maquinaria que las urde –o no evita que lo hagan solas- o que las puede desenmarañar: el GOBIERNO, cuya tarea y única justificación de su existencia, es precisamente ser el árbitro de la convivencia urbana.

Antiguamente –esto es, hasta hace 50 años- se confiaba en el CIVISMO, una especie de Código de Conducta que todo habitante debía observar para garantizar el funcionamiento de la Ciudad en cuanto dispositivo para vivir en paz y conseguir los propios fines, sin mayor trabajo que el intrínseco a ellos. Pero fue entonces que hizo crisis… el Gobierno, un factor que ni siquiera estaba considerado.

Era momento de modificar el orden de prioridades y ya no ocuparse solamente de los sujetos que eventualmente se desviaran de la norma ciudadana, sino del propio aparato encargado de controlar, inhibir o incluso aislar a quienes comprometieran el delicado equilibrio de una sociedad urbana: nada menos que el ESTADO –en sentido formal- y su Gobierno. (Como me relató una amiga que un día de 1974 preguntó a un policía por qué no quitaban a los (vendedores) “ambulantes” que se habían posesionado de las calles, obteniendo como lacónica respuesta: “tenemos órdenes de no tocarlos ”.)

La misma incuria o desidia policiaca comenzó a manifestarse con los bravucones de las colonias populares, motivando el surgimiento de especímenes parecidos en las de clase media, semejantes en todo –excepto el dinero- a los juniors, atrabiliarios hijos de potentados al margen de cualquier sanción social, propios de la clase (económicamente) superior.

Este trastocamiento de las relaciones urbanas a favor de los abusivos, originó que los recién llegados de ambientes más atrasados material, social y culturalmente, en su estado de anomia, comenzaran a cometer pequeños abusos sin recibir una respuesta contundente de la población o las Autoridades, aprendiendo de inmediato que tenían el campo libre. (Este es el significado de “chilango” –me explicaba un amigo capitalino-, que se aplica no al nativo de la Ciudad sino al fuereño abusivo, que en tiempo y cantidad suficientes, puede desencadenar una transculturación regresiva: el retroceso a un estado inferior de urbanidad.

Pero falta lo peor: los propios funcionarios de Gobierno –de policías e inspectores hacia arriba, sin límite de jerarquía- que se comportan como chilangos con los (antaño) tranquilos y confiados ciudadanos, que ya no saben de quién cuidarse más. De esto a la delincuencia organizada hay un solo paso.

Es momento entonces que los propios Ciudadanos repensemos la Ciudad, identificando los factores concretos de su actual deterioro y barbarie, para hacerla nuevamente HABITABLE Y DIGNA DE SÍ MISMA.

Imagen: paraguay.com

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

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