Historia cultural: la gran ausente
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28 de octubre de 2016

Cuando en mis primeros maratones de lectura, alrededor de los seis años de edad, llegaba a la sección de SOCIALES del periódico local, entraba literalmente a “otro Mundo”, ni mejor ni peor que el mío, un niño de clase media baja –lower middle-class-, pero sí diferente y, hasta cierto punto, extraño, aunque no tanto como el de los cuentos –de hadas y los otros- e historietas que para entonces leía con avidez.

Fue el primer indicio que tuve –sin saberlo, por supuesto- de una forma de vivir estrictamente contemporánea a la mía, incluso en la misma Ciudad, que no se apegaba a lo que teníamos por sentido común –“la más pétrea de las ideologías”: Engels-. (Lo primero que se aprende en Sociología es que la “sociedad”, entendida como un todo monolítico, NO existe. Lo segundo es la importancia determinante de la ideología para hacer la diferencia.)

Posteriormente, conforme avanzaban esos años 60 y los grandes cambios políticos y culturales que trajeron no sólo a la vida diaria de las metrópolis, sino también de otros países por la vía del comercio, con novedades como la ropa, música, cine y hasta… ¡el Halloween!, fuimos testigos participantes de la transformación de un estilo de vida tradicional, marcadamente provinciano, a uno cosmopolita, abierto al Mundo, antes exclusivo de los estratos sociales económicamente estables, del profesional hacia arriba. (Precisamente el medio de origen de los personajes de la(s) página(s) de sociales.)

De esta diversidad cualitativa en cuanto a forma de vivir, presente en toda sociedad en ascenso, es que se trata la disciplina académica llamada HISTORIA CULTURAL, para nada nueva, aunque en países como el nuestro sea prácticamente desconocida, dando lugar a que los cronistas de costumbre llenen el vacío factual con sus fantasías infantiles provincianas, diligentemente adoptadas por los responsables de la educación popular, como el auténtico ser nacional, el modelo a imitar por los futuros ciudadanos. (Ya un poco mayor conocí, por un calendario, los “cuadros de castas” del pintor Agustín Arrieta, que retratan las diferentes formas de vidas en la época colonial.)

Pero no sólo los cronistas oficiosos, sino muchísimas personas por los demás conscientes de su realidad, sucumben a la tentación de ser (falsamente) “auténticos”, sumándose alegremente a campañas para rescatar “valores” ajenos a sus convicciones prácticas, de estéticas a políticas, pero especialmente las íntimas, como su noción –religiosa o no- de trascendencia y su concepto personal de moral, convirtiéndose en admiradores o seguidores irreflexivos de la “Época de Oro” del cine, la música “vernácula”, el culto guadalupano, la familia tradicional y otros tantos elementos de la ideología clerical-priísta.

Todo por no haberse institucionalizado todavía el registro continuo y sistemático de las formas específicas que va tomando la vida cotidiana, junto a la reflexión crítica sobre ellas, para contar con una Teoría que nos explique lo que hacemos y por qué, pudiendo así influir en el curso de las cosas (actuales), mejor que perseguir quimeras y míticas Edades de Oro –como la espuria del cine- que, lo más probablemente, NUNCA existió.

Imagen: caiana.caia.org.ar

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

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