La nueva era de los ovnis
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1 de abril de 2016

-La Historia Jamás Contada-

La década de los ‘70, como he apuntado en otros lugares, fue esencialmente una época de aclimatación en que se fueron incorporando a la vida diaria de la población –comenzando por la clase media-, comportamientos y saberes todavía la época anterior tenidos por extraordinarios, propios de individuos excéntricos o comprometidos con la contracultura.

Así ocurría en todos los aspectos de la cotidianidad, desde los sociales como la manera de vestirse y saludar, los temas usuales de conversación y los contendidos de los medios de entretenimiento masivo -especialmente la literatura popular y el cine- a los personales como la alimentación y cuidado del cuerpo, que incluía el cultivo de habilidades físicas, artísticas o intelectuales, englobadas todas en el concepto de personal growth, hasta llegar a lo íntimo: aquello de que se ocupa el yo cuando está a solas consigo mismo.

En este último reducto se abrió para el individuo introspectivo todo un panorama de intereses entre los cuales sólo había que elegir y perseverar, desarrollándose así un mercado para satisfacer la demanda de bienes esotéricos –en el sentido original de la palabra- que sería el sustento material del Movimiento de la Nueva Era, en principio un fenómeno comercial a escala masiva, que terminaría imponiendo una moda  al lograr que volviera a ser de buen tono ocuparse de temas ocultistas, tan desprestigiados conforme avanzaba el siglo XX por los “divulgadores de la ciencia”, los nuevos puritanos.

Como antaño con el magnetismo animal (Mesmer), la teosofía y el espiritismo, la gente –sobre todo la joven- fue acostumbrándose a hablar con toda naturalidad de astrología –era casi obligada la pregunta: “¿De qué signo eres?”-, numerología, el poder de las pirámides y tópicos afines, pero también de las experiencias subjetivas en los llamados estados alterados de conciencia –o percepción- que generaron la psicodelia, popularizada por el reciente Movimiento hippie, que también aportara a este renovado interés por lo oculto, un característico toque panteísta, de comunión con el Universo, más que de dominio sobre misteriosas fuerzas sobrehumanas, como el  fáustico de magos y hechiceros.

Pero los menos jóvenes –finalmente la parte establecida de la sociedad- sólo pudieron asimilar todo esto adaptándolo a las creencias y rutinas que ya traían, resultando una desconcertante amalgama de pensamiento religioso tradicional con nociones científico-positivistas, veteada aquí y allá con alusiones a hechos extraños, tal como quedó plasmada en la literatura best-selling de la época y que persiste hasta nuestros días en las doctrinas de los numerosos grupos de orientación metafísica.

El fenómeno OVNI tampoco escapó a esta reformulación doctrinaria del ocultismo, que identificó sin más su origen como divino y al contacto mismo, otrora una experiencia perturbadora y en ocasiones francamente terrorífica, con un estado de beatitud, ávida e imprudentemente –digo yo- buscado por sus cada vez más numerosos creyentes.

Así que como están las cosas, indagar sobre el particular ya resulta un tanto decepcionante, pues nunca se sabe si efectivamente algo muy extraño se está presentando a la gente, o son simplemente las ganas de creer de los involucrados en este movimiento –hay que decirlo- religioso.

Por eso y tal como hiciera Ivan T. Sanderson al final de un libro sobre el tema –aunque yo por los motivos recién expuestos-, aquí es donde I REST MY CASE.

Imagen: ministryoftofu.com

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

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