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10 de febrero de 2017

Un prejuicio muy difundido, que data de no sé cuándo, es que un individuo que deambula descalzo es necesariamente un vagabundo, antisocial y sin hogar, triste y como decepcionado de la vida… ¡ah, y posiblemente con algún trastorno mental! Un cuadro que, de tan patético, hasta parece una caricatura... y lo es, efectivamente.

Del origen preciso del cliché, es algo que corresponde desentrañar a la Historia Cultural, pero en espera del resultado, esa misma imagen, poniéndole zapatos, cambia radicalmente su significado aún para los más puntillosos en cuanto al vestido, transformándose en la expresión acabada de una profunda interrogación sobre la existencia. (A mediados de los ‘60, en México y algunas otras ciudades no tan provincianas, se dio la moda de los (intelectuales) existencialistas: curiosos sujetos que vestían todo de negro, anteojos incluidos –por cierto, algunos iban descalzos-  y se reunían en ciertos cafés para discutir mientras escuchaban música de jazz, por entonces el sumum de la sofisticación.)

Y este aspecto, el existencial, es decisivamente relevante en la adopción del estilo barefoot, una forma bastante eficaz y perentoria de sustraerse al influjo -ideológico, psicológico y cultural- de la masa para dar con el propio ser, punto de partida del ser en el Mundo –y la sociedad- que cada uno habrá de construir.

Hace dos o tres meses, una señora me hizo en la calle una pregunta interesante: que si andaba descalzo por “desapego” (¿?). Al principio no comprendí el sentido, respondiéndole que así me sentía más libre y despreocupado, pero conforme avanzó la plática, fue quedándome claro que se trataba del desapego a los bienes materiales, un objetivo de ciertas concepciones ascético-religiosas.

Pero esta semana, trabajando en el presente artículo, motivado por un reciente chat con un joven que también cultiva este estilo de vida, “descubrí” que sirve para lograr algo aún más importante: el desapego ideológico, condición indispensable para acceder a una noción aceptablemente auténtica de uno mismo. No es la única forma, desde luego, pero funciona muy bien.

Y aquí es donde aparece el individualismo, la autorrealización, el ser uno mismo, conceptos de uso corriente en la década de los 70, pero que fueron abandonándose por el de (pertenencia a una) COMUNIDAD, de inspiración jesuita, los retrievers por excelencia de la Iglesia católica.

Así lo constatamos durante el periodo echeverrista (1970-76), con la canalización de la rebeldía juvenil no sólo política sino existencial hacia el latinoamericanismo, una especie de nacionalismo priísta ampliado, que soltaba un poco la red sólo para recogerla firmemente después. (Todavía en 1985, durante una reunión de activistas del Departamento de Música de la Universidad pública local, alguien hizo una observación muy lúcida acerca del comportamiento y aspecto del Rector y su contrincante al puesto cuatro años antes, durante sus días de estudiantes: “si uno y otro usaban huaraches y llevaban morral, no era porque fueran hippies, sino que se sentían inditos”.)

Sí, en ciertas circunstancias, ir DESCALZO POR LA VIDA es un acto político de reafirmación de la propia individualidad, al margen de la situación afectiva o económica que atraviese en ese momento la persona que lo hace.

Imagen: cultura.biografieonline.it

 

 Fernando Acosta Reyes (@ferstarey)  es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

 

 

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