Discurso de Rafael Sánchez Ferlosio en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2004
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El tiempo del deporte “agónico”, modelo del tiempo del destino, del que Benjamin dice que “no tienepresente”, es el tiempo de la historia. Supuesto que por “historia” se entiende aquel acontecer queestá, como diría un periodista, “preñado de sentido”, que es una bien trabada y consecuente sucesiónargumental de designios propuestos, perseguidos, contendidos en campos de batalla y alcanzados ofrustrados, mal podría caber en ella la felicidad, que, al no tener sentido, tampoco tendría una solalínea que escribir. Salvo que hoy parece que el estigma de “lo histórico” ha penetrado e inficionadotan profundamente el mundo de la vida, que se ha apoderado de casi todas las cosas y hechos de loshombres.


La racionalidad precaria y espectral de la idea de “destino” no admite ser denunciada de frente como irracionalidad ni desautorizada señalándole “contradicciones”, porque desciende de concepciones míticas, ajenas a nuestros usos de razón. Será, en cambio, un refrán, el más espléndido, y a la vez más terrible, de los refranes castellanos, el que nos dé la ilustración más aproximada de la indefinible noción de “destino”; dice así:


“El potro que ha de ir a la guerra, ni lo come el lobo ni lo aborta la yegua”.


Sólo aparentemente fue una feliz contingencia, un azar afortunado, el que no fuese malparido por su madre, sólo aparentemente fue una suerte el que saliese bien librado de las insidias y asechanzas de los lobos; en realidad, no eran hechos gratuitos o fortuitos, sino que tenían una causa, una causa indefectible, que esperaba escondida entre los pliegues de los días; y esa causa -que no parece causaera que tendría que morir en el campo de batalla, despanzurrado por una bala de cañón. Tal es la perversa voz del destino, tal es la retorcida irracionalidad del que pretende racionalizar la contingencia imponiéndole un sentido, una causa, un argumento. Tanto más admirable resulta el inequívoco gesto del refrán, en la desesperada valentía de revolverse, no con acatamiento ni con resignación, sino con todo el rencor de sus entrañas contra la cara de un destino, cuyo poder, sin embargo, reconoce. Suena como un enconado renegar de un mundo encadenado por la maldición de los nexos de sentido,
un tiempo en el que nada escapa a la condena de una toma de sentido, tal como exige el gobierno del orden del destino.


Pero el talento del refrán, que es el talento de la lengua, del intelecto agente, afina aún más, pues he aquí que las dos desgracias -la de ser abortado por la yegua y la de ser comido por el lobo-, de las que el potro sale salvo, son desgracias de la vida, mientras que la desgracia de ir a la guerra, en que hallará la perdición, es, en cambio, por antonomasia, una desgracia de la historia. De esta manera, ya en el propio contenido del refrán está especificada la naturaleza de la agresión y del despojo perpetrados por la impostura del sentido y la imposición de un argumento, según requiere el orden del destino, puesto que esa agresión y ese despojo vienen a ser representados, justamente, con la imagen concreta de la desventura que sobre la vida arroja la mala sombra de la historia.

 
Los grandes historiadores o filósofos de la historia, en especial los fundadores de la historia universal - Polibio y 20 siglos más tarde el propio Hegel, vinieron a reconocer virtualmente lo mismo que el refrán del potro reconoce, salvo que con la diferencia capital de que, lejos de hacerlo con dolor y con rencor, lo hicieron con rendido acatamiento, hasta constituirlo en método de sus concepciones: violentaron lo  contingente y lo sometieron a la necesidad, para darle a la historia un sentido, un argumento, que la hiciese racional y comprensible. Así, Polibio elevó el destino, como plan teleológico de la totalidad, a único y supremo portador y dador de sentido. El “genghiskanesco” Hegel, por su parte, “duro para la
carne de cañón”, como decía Ortega, lo hace con soberana indiferencia o hasta olímpico desprecio hacia lo contingente y lo particular. En un lugar de su obra dice así:


“Dios rige el mundo, y el contenido de su gobierno y el cumplimiento de su plan constituyen la historia universal. La filosofía no aspira a otra cosa más que a comprenderlo, pues sólo lo que de este plan se lleva a efecto tiene realidad, no siendo más que corrupta existencia cuanto no sea conforme a ello. Ante la luz de esta idea divina, que no es mero ideal, se desvanece todo lo aparente, como si el mundo fuera un acontecer demente y necio”. (Hasta aquí la cita).


“It is a tale / told by an idiot / full of sound and fury, / signifying nothing”.


Desde el ejemplo de los patinadores se ha querido ilustrar la contraposición antagónica entre el orden del carácter y el orden del destino. Bueno, pues Don Quijote está en la encrucijada, inevitablemente conflictiva, entre el orden del carácter y el orden del destino. Que Don Quijote es un personaje de carácter es tan incuestionable como que lo es su escudero Sancho Panza. Veamos en qué plano de virtualidad es también un personaje de destino. El acto y el acta de constitución formal del personaje no pueden ser más inequívocos y están exactamente en el segundo párrafo del capítulo segundo de la Primera Parte y dice así:


“Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero iba hablando consigo mesmo y diciendo: ¿quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: ‘Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa Tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel’. Y era la verdad que por él caminaba”. (Hasta aquí la cita).


Aquí está, pues, en el principio mismo, tal como corresponde, y de una vez por todas, pues no se volverá a repetir, el auto de definición e instauración del personaje, dando cuenta de la pauta por la que desde el orden del carácter todos sus hechos van a verse virtualmente revestidos con las galas del orden del destino. Don Quijote va leyendo, “como en profecía” -por usar una expresión del propio Cervantes en la dedicatoria del Persiles-, la narración futura de sus “famosos hechos”, pero con el detalle peculiar de que lo que va leyendo está contando lo que en ese mismo instante viene haciendo. Don Quijote es el caballero après la lettre; lo es por partida doble: la primera porque su aventura es posterior y derivada de los libros de caballería, la segunda porque va resiguiendo la lectura de su propia historia, que “ya está escrita”, o como justamente del destino dice Benjamin “ya está en su lugar”. Sus hechos son, por tanto, mimesis, imitación; de suerte que la suya no es una aventura ética, sino una aventura estética. Y si se me admite que toda estética es una antigua ética, ello concuerda con el hecho de que una de las notas que Cervantes tenía muy en cuenta -y lo dice varias veces- es que la de hidalgo era ya una condición históricamente periclitada, o por decirlo en jerga de sociólogo,
socialmente disfuncional.


Finalmente, la sin par naturaleza de Don Quijote estaba en ser un personaje de carácter cuyo carácter consistía en querer ser un personaje de destino. Sus acciones, en la narración que simultáneamente se les superpone, aparecen transfiguradas precisamente como destino. Pero en la misma medida en que tal transfiguración es producto de un empecinado esfuerzo del carácter, no se trata, en modo alguno, de una especie de hibridaje entre los dos órdenes. El ser personaje de destino es la obra de su carácter; por eso, lejos de disminuir su condición de personaje de carácter, la confirma y reduplica.


Walter Benjamin observa que, al menos en la rigurosa concepción de los antiguos, el destino carece de una vertiente que revierta sobre la felicidad. Viene aquí a coincidir, en cierto modo, no sólo con la idea de Hegel, sino también con el sentir del ama de Don Quijote. Pues cuando se están concentrando todos los indicios de que se fragua una tercera salida, aquella sabia y excelente señora coge aparte a Don Quijote y le espeta: “En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está quedo en su casa y deja de andar por los montes y por los valles como ánima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar a voz en
grita a Dios y al rey, que pongan remedio en ello”. Es muy de notar, aquí, la expresividad del ama en su voluntad de poner entre ella y las aventuras la mayor distancia posible: “Ésas que dicen que se llaman aventuras”.


Cuando hace ya bastantes años le escribí una carta a México a mi amigo don Jacinto Batalla y Valbellido contándole esta cuestión del carácter y el destino, en el estado en el que entonces se encontraba, me contestó con una postal que traía el palacio episcopal del venerable don Vasco de Quiroga en Pátzcuaro y en la que, con el laconismo propio de su perezosa ancianidad, se limitó a esta glosa: “El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”.

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