Discurso de Rafael Sánchez Ferlosio en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2004
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“Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre, merced al rico Camacho.Apeaos, y mirad si hay por ahí un cucharón y espumad una gallina o dos y buen provecho os haga”.Tal es la respuesta que recibe Sancho Panza de uno de los cocineros de Camacho, cuando al acercarsea los fuegos de una gran cocina extendida en el suelo al aire libre, viendo toda aquella abundancia,“tutta quella grazia di Dio” -como habría dicho un italiano-, saca un mendrugo de pan y le pide alcocinero, “con corteses y hambrientas razones” tal como dice literalmente el texto, que le permitamojarlo en la salsa de una de las ollas. Estamos en el momento culminante de toda la novela, en su
punto solar.

Y de una manera más manifiesta que en ningún otro pasaje, la prosa de Cervantes se dejablandamente suscitar y conducir por la atmósfera de la fiesta y la abundancia hallando las palabrasque concuerdan con la manera, con el gesto, con la luz en que aparecen, o vislumbramos que tendríanque aparecer, las cosas en el orden del carácter en el reino de los bienes, en el tiempo consuntivo, allídonde la juridición de la hambre ha quedado suspendida: “Y mirad si hay por ahí un cucharón yespumad una gallina o dos y buen provecho os haga”. Así, abandonado, tirado por ahí, entre eldesorden y la confusión de lumbres y calderos, debe de haber algún cucharón, que ni siquiera llega aser “EL cucharón”, porque sólo se tiene idea de que alguno había o tendría que haber o pareceverosímil que lo haya. Las cosas huelgan sueltas, desligadas las unas de las otras, yacendesperdigadas sin que nadie las tenga sometidas a control. Lo mismo vale para “una gallina o dos”,porque dos gallinas son una gallina, y una gallina dos gallinas son; los bienes no tienen cuenta; si seusa el número, una gallina o dos, es sólo porque vienen en cuerpos discontinuos, pero en laindiferencia, en esa misma dejadez del “una o dos”, el propio número se anula virtualmente, incoandoun continuo “gallina” tal vez un poco a la manera de aquel “tigre continuo” que inventó el talento deJorge Luis Borges. Mas no son todos los tiempos unos.


En la “juridición de la” hambre, en el tiempo adquisitivo, de los valores, en el orden del destino, rige el principio burocrático de “un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio” y es intolerable que el cucharón no esté donde tiene que estar. Las gallinas, por su parte, están contadas, contabilizadas, controladas, y no sólo por si sobreviene una mortandad avícola y llegan a ser demasiado pocas y hay que racionarlas, sino también por si viene un año demasiado próspero y las gallinas aumentan más de lo debido, y hay que sacrificar las excedentes en aras de lo que hoy suele llamarse “creación de riqueza”, porque entre ésta y el remedio de las carencias humanas, o sea, entre los valores y los bienes, hay un antagonismo irreductible.


Cuando se celebraron las bodas de Camacho regía una tregua entre flamencos y españoles; Cervantes no vivió para conocer la reanudación de aquella guerra, que había hecho acuñar a los españoles el lema aquel: “Italia mi ventura, Yndias mi desventura, Flandes mi sepoltura”, ni conoció la atribulada corte de Felipe IV, en la que fue Velázquez el que tomó, magistralmente, su puesto como paladín del carácter. Ahí está su galería: el Bobo de Coria, el Niño de Vallecas, el Primo, Pablillos de Valladolid y otros, y hasta una mujer, Mari Bárbola, que hace la corte a la Infanta en Las meninas. Son personajes inmóviles en la pintura y en la historia; ni tan siquiera la edad que representan es ya la cuenta de sus años, sino un rasgo permanente de su fisonomía. Están en palacio sin más función, sin más servicio al rey que su presencia; sin ayer, sin mañana, sin historia. Frente al cárdeno horizonte de tormenta que hace el fondo del retrato del conde duque de Olivares, personaje de destino si los hay, los fondos de los cuadros de nuestros personajes de carácter son neutros, cercanos, sin horizonte alguno. Su servicio al melancólico rey es amortiguar, distraer, ahuyentar, exorcizar, la ominosa galerna del destino que amaga más allá del Guadarrama. Porque el halcón del destino, señor de la historia, lo trae ahora, firmemente agarrado a la luva de cuero en su muñeca, Richelieu.


En esa atmósfera macilenta de los cuadros de Velázquez muchos han creído ver la luz de lo que los historiadores llaman decadencia. A algunos autores de la llamada Generación del 98 no les gustaban nada estos periodos que sentían como “estados de postración” de España. Don Antonio Machado, por ejemplo, perpetuó ese rechazo con aquel eslogan despectivo que aún se oye a veces hoy: “La España de charanga y pandereta”. Y en la letra del verso dice de ella, entre otras cosas: “Esa España inferior que ora y bosteza, / vieja y tahúr, zaragatera y triste; / esa España inferior que ora y embiste,/ cuando se digna usar de la cabeza”. La corrección que propone más abajo en el mismo poema es una especie de “toma de conciencia histórica”, que dice así: “Mas otra España nace, / la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza. / Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea”. Por su parte, don José Ortega y Gasset tiene una mirada compasiva para una nación en estado de postración histórica: “¡Pobre la vida, falta de elásticos resortes que la hagan pronta al ensayo y al brinco! ¡Triste la vida que, inerte, deja pasar los instantes, sin exigir que las horas se acerquen vibrantes como espadas!”. Dice en El origen deportivo del Estado. Y en esa misma idea viene a reincidir en España invertebrada, en este pasaje: “Mas ¿para qué, con qué fin, bajo qué ideas ondeadas como banderas incitantes? ¿Para vivir juntos, para sentarse en torno al fuego central, a la vera unos de otros, como viejas sibilantes en invierno?”. Pero donde más se explicita su inclinación hacia “lo histórico” es donde habla de Hegel en el ensayo Hegel y América: “Su filosofía es imperial, cesárea, ghenghiskanesca. Y así ocurrió que, a la postre, dominó políticamente el Estado prusiano, dictatorialmente, desde su cátedra universitaria”; y un poco más abajo describe el talante de Hegel como “organizador de grandes masas y duro para la carne de cañón”, y todavía, cuatro páginas más abajo, dice de él: “Es un pensamiento de Faraón, que mira el hormiguero de trabajadores afanados en construir su pirámide”.


Pues bien, precisamente en Hegel nos hemos de apoyar para poner un ejemplo o modelo inmediatamente accesible a cualquier experiencia, que ilustre la oposición entre el orden del carácter y el orden del destino. En uno de los pasajes más celebres y que más han preocupado a toda suerte de lectores de la Filosofía de la historia dice Hegel así: “También al contemplar la historia se puede tomar la felicidad como punto de vista; pero la historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco. Cierto que en la historia universal se da también la satisfacción, pero ésta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de fines que sobrepasan los intereses particulares. Fines de importancia para la historia universal requieren voluntad abstracta, energía, para ser mantenidos. Los individuos de significado para la historia universal, que han perseguido esos fines, han encontrado ciertamente satisfacción, pero han renunciado a la felicidad”.
(Hasta aquí la cita). Esta dualidad de Hegel es una contraposición de términos totalmente antagónicos, y constituye el eje de giro de estas mis teologías. Es cierto que, al menos en el castellano de hoy en día, “felicidad” y “satisfacción” vienen a usarse como palabras casi sinónimas. En
particular, el uso de “felicidad” encarece a menudo situaciones anímicas de cumplimiento de designios, de autoafirmación del yo o, en fin, de eso que un sujeto angloparlante suele celebrar con la exclamación “I did it!”, por ejemplo, la victoria en un campeonato deportivo, pues no falta quien
proclame esa victoria como “el día más feliz de mi vida”. Lo cual me hace pensar si no será que en un mundo de sujetos cada vez más dominados por el paradigma competitivo del “ganar y perder” el lugar de la felicidad viene siendo usurpado y colmado por la satisfacción como única forma conocida de contento humano.

En esa espléndida pieza de pintura que es la tabla derecha del tríptico El Jardín de las Delicias de Ieronimus Bosch, El Bosco, pueden verse, entre las cosas que podrían llevar a los hombres al infierno, unas cuantas, diminutas, figuras de niños y adultos, calzadas con unas botas de cuchilla muy semejantes a los patines de hoy en día, deslizándose, felices, por la superficie de una laguna helada. El placer de patinar es ventajista: reside en gastar poco y lograr mucho, en la sensación corporal de liberación de la gravedad, de ventaja sobre ésta, de ingravidez gratuitamente conseguida; precisamente gratuita, como un don, como un bien. El que patina va y viene como quiere, a la velocidad que quiere, pero, sobre todo, sin ir a ninguna parte y disfrutando a cada instante durante el ejercicio.


El error de Huizinga, en su magnífica y ya clásica obra sobre el juego, Homo ludens, estuvo en que, al haber tomado por punto de partida la oposición entre “juego” y “seriedad” -contraposición que no debía de aparecer tan dudosa y cuestionable en los tiempos de la obra de Huizinga como en los de la Guerra de Irak- no se dio cuenta de hasta qué punto cuando introduce el “agón”, o sea, el principio competitivo, establece una contraposición mucho más tajante y decisiva que la de juego y seriedad: la de juegos competitivos y juegos no competitivos, o por usar el término griego de Huizinga “agón”, juegos agónicos y juegos “anagónicos”.


De modo que ahora a dos de aquellos mismos patinadores “anagónicos” de la laguna de El Bosco, les vamos a mandar los demonios del “agón” para que les susurren al oído: “A ver quién corre más”. En esta era en la que todo es “desafío”, “challenge”, será sumamente probable que nuestros patinadores caigan, entusiasmados, en la tentación.


Ya están contentos, ya tienen “algo por qué luchar”. Hemos entrado en el deporte “agónico”, en el deporte con sentido y argumento, y, por tanto, en el orden del destino. Lo relevante es la inversión total del aprovechamiento ventajista del terreno, puesto que ahora, por el contrario, aquí el jugador somete a su propio cuerpo a la exigencia y la violencia de aumentar el esfuerzo muscular hasta su máximo potencial de rendimiento; en ciertos juegos de competición no es hiperbólico decir que el deportista trata su cuerpo a latigazos como si fuese su propio caballo de carreras. Si, ahora, imitando a Hegel cuando consideraba los inmensos sacrificios perpetrados en el “ara de la historia universal” se preguntaba: “¿Para quién?, ¿para qué?”, nos preguntamos nosotros lo mismo respecto de esos 22 muchachos que se autoinmolan todos los domingos en el ara sacrificial del balompié, la respuesta será, de puro obvia, perogrullesca: “Pues ¿para qué va a ser? ¡Para ganar! ¡Para ser los primeros, los mejores!”; pero si nos detenemos a mirar el asunto un poco más, la respuesta empezará a dejar de parecer tan obvia, para empezar a sonar un tanto misteriosa. Y aún más misterioso tendría que resultar el que se estime y se alabe como “entrega”, como “generosidad”, aún más nobles por la total carencia de utilidad, un esfuerzo y un sacrificio que no responden más que al delirio solipsista, narcisista, autista, del “I did it!”, del egocéntrico furor de autoafirmación de los sujetos, con toda esa penosa jerga escolar del “espíritu de sacrificio”, y el “afán de superación” y la
“aspiración a la excelencia”.

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