Discurso de Rafael Sánchez Ferlosio en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2004
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Carácter y destino

Una mañana de verano del 59, paseando mi hija y yo por el Retiro, al cruzar por el trecho que separaba el quiosco de la música del antiguo escati de baldosines, oí de pronto unas voces que venían de entre los árboles, en las que reconocí el falsete característico de los actores de guiñol.

En mis tiempos era muy difícil encontrar un padre joven, medianamente instruido, que, en el trato con sus hijos, no se creyese un pedagogo consumado. Ella no había cumplido los tres años y medio, y no podía haber reconocido aquellas voces, porque nunca había asistido a un espectáculo de guiñol ni a ningún espectáculo en absoluto. Así que su ignorancia me dio tiempo de dudar: ¿la llevo o no la llevo?


Y aquí no es necesario recordar hasta qué punto la cuestión de la conveniencia o inconveniencia pedagógica, social y hasta política de los espectáculos públicos en general ha sido en Occidente un asunto moral que se remonta cuando menos a Platón. Tal tradición moral no me era ajena, porque los hombres cambian o querrían cambiar, pero las instituciones, y entre ellas los espectáculos, permanecen perversamente idénticas. Pero ya se sabe que la situación concreta suele ablandar las doctrinas profesadas, y ella solía mostrarse muy agradecida ante cualquier novedad. Estábamos a no más de unos quince metros de las primeras líneas de castaños de detrás de las cuales venían aquellas voces; yo la tenía cogida por la mano y le dije: “Ven; vamos al teatro”.


Naturalmente, la función -una pieza de reír- estaba ya más que empezada, pero ella entró al instante, sin un punto de asombro, en su propio ser, riendo ya con la primera frase de la manera más natural del mundo, donde lo que se me hacía más sorprendente era que no considerase necesario preguntarme absolutamente nada. Fui yo el que tuve que preguntarme para mis adentros: “¿Pero qué clase de espectáculo está viendo esta criatura?”: Hemos llegado con la obra ya empezada o avanzada, y ella se está riendo y divirtiendo con cada paso -o frase- como una unidad que se bastase a sí misma sin un contexto del que tomase significación; una unidad completa dentro de sí, que no se cumplía como un eslabón dentro de una cadena causal con un antes y un después. Pero eso no comportaba para ella ninguna deficiencia o insuficiencia, sino, por el contrario, una autosuficiencia de la significación del puro decir en sí, emancipado de cualquier impleción en un campo de sentido.


He elegido justamente la palabra “campo”, para servirme de la analogía metafórica que ofrece la noción “de campo magnético”. Así como un puñado de virutas de hierro que yacen inertes e independientes las unas de las otras se erizan de pronto y se disponen y orientan todas ellas en un único sentido bajo la acción del campo magnético de un imán, de análoga manera el “campo de sentido” de la contextualidad lingüística apresa y orienta las significaciones en un único sentido; y es esta orientación unívoca y bien determinada lo que produce lo que llamamos un “argumento”.


Faltaba, pues, totalmente, un argumento, pero, sin éste, había para ella otra cosa completa, que se colmaba plenamente y aun se hacía perceptible precisamente liberada del sentido. En un texto antiguo señalaba yo la acción deletérea del sentido, cuando venía forzadamente impuesto. Decía así: “Cuando no queda ningún dato gratuito, ninguna ramificación que no revierta al texto motivante y motivado, ninguna circunstancia que no ejerza su estricta determinación causal, aparece invertida la relación entre facticidad y sentido, con el efecto de que la primera, que había de ser justamente lo explicado, queda desnaturalizada y convertida en ilusoria, como un mero soporte sensorial de su propia explicación: el qué no es ya más que el fantasma o el ruido del porqué”. (Hasta aquí la cita). La idea era la de que el sentido anula la contingencia de los hechos, los despoja de su facticidad y los degrada a datos.


Aristóteles, en su defensa del argumento, percibe claramente el achaque de la historia: su deficiencia en conexiones lógicas; pero al preferir el tipo de argumento que aporta la ficción, siempre mejor o peor trabado, y apagar la contingencia, parece buscar la paz del alma, eligiendo, frente a la turbadora turbulencia de los hechos, la limpia e inteligible consecuencia lógica. El amor a la consecuencia o congruencia se revela como un sedante estético: al estridente, rayante, chirriante, incomprensible, zumbido y frenesí de un mundo malo, todos prefieren la música. Así Aristóteles, hijo de médico, recetaba la medicina de la racionalidad de una forma que no era más que un placebo frente a un mundo que seguía imperando como pura sinrazón. En su Estética, a despecho de su inmenso talento, Aristóteles era ya un buen burgués, que prefería la injusticia al desorden. Siguen, pues, la doctrina aristotélica los autores que dicen que la ficción revela mejor que la crónica la naturaleza de los hechos. Hasta un político ideólogo que dice “hay que ser consecuentes”, busca un arreglo estético. La tan elogiada “consecuencia” es, a menudo, vanidad ideológica.


Salíamos ya por la cancela del Retiro y la niña me dio un indicio más de cómo no importaba nada la falta de argumento: venía la mar de divertida con cierto personaje, del que repitió una frase, y con un curioso error: “No me des más en la cabeza, que la tengo muy dolorosa”. Comprendí que la frase se bastaba a sí misma como manifestación. Sí, “manifestación” era la palabra. Parecerá mentira, pero sólo aquella mañana se me reveló que la pura manifestación era una función independiente, autónoma, autosuficiente de la lengua, y que, en aquella pieza de reír, el argumento no era más que un soporte pretextual destinado a dar pie para que los personajes se manifestaran.


Esto me remitió enseguida a los personajes de tebeo: de éstos se recordaba vivazmente la manifestación, ¿pero quién podía acordarse de algún argumento? A la llamada del paradigma “personajes de manifestación” empezaron a bajar de las montañas -y específicamente de la literatura
de reír- los personajes de tebeo, los payasos del circo, Charlot, los distintos repartos de marionetas italianas o francesas, con nombres permanentes, y, por supuesto, Don Quijote y Sancho Panza.


Sólo años después llegó a mis manos el ensayo de Walter Benjamin Destino y carácter. Aquí, lo primero que hace el autor es separar netamente ambas nociones y sobre todo su conexión, al parecer originariamente derivada de una oscura interpretación de una oscura sentencia de tres palabras de Heráclito el oscuro. Al cabo de lo cual, cita una frase de Nietzsche, que me fue decisiva; ésta: “El que tiene carácter tiene también una experiencia que siempre vuelve”. “Y esto significa -comenta Benjamín- que si uno tiene carácter, su destino es esencialmente constante; lo cual, a su vez, significa -y esta consecuencia ha sido tomada de los estoicos- que no tiene destino”.


A la anécdota semanal del personaje de tebeo la llamamos “historieta”, casi como queriendo recortarle o rebajarle la cualidad de historia, que comportaría un argumento. La historieta no es más que un argumentillo ocasional, que se tira después de usarlo, o sea, de haber servido de catalizador de la manifestación y lo que se manifiesta es el carácter. Ha habido personajes de manifestación, o digamos ya “de carácter”, cuyo carácter se cumplía plenamente en el ámbito visible. El genio máximo ha sido Charlot, que anduvo ya sobrado con el cine mudo. Pero en la escritura nunca bastará la descripción del gesto, y será la palabra dicha por el personaje, la palabra plena, significante, holgada, la que traiga en sí misma el componente más completo y más específicamente humano de la manifestación del carácter.


Así habían sabido verlo los lectores de la primera parte del Quijote, según el testimonio del bachiller Sansón Carrasco, en uno de los primeros capítulos de la segunda parte, cuando a preguntas del propio Don Quijote sobre si el autor promete una segunda parte, contesta que hay quienes no la esperan ni la desean, pero que otros decían: “Vengan más quijotadas, embista Don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos contentamos”. Y aquí, dado que aunque Sansón Carrasco esté hablando dentro de la novela sabemos que es una noticia que Cervantes mete desde fuera de ella, no puedo por menos de encarecer la importancia capital de ese “hable Sancho Panza”, como un testimonio revelador de hasta qué punto los lectores de la primera parte habían reconocido clarividentemente a Sancho Panza como un personaje de manifestación, o sea, como un personaje de carácter. Por supuesto que también lo es Don Quijote, pero bajo una condición peculiarísima que
enseguida se verá.


La manifestación del carácter en su plenitud, que es igual que decir “en su gratuidad”, es privilegio eminente de la comedia. La palabra “drama” quiere decir precisamente “acción”, y es la acción, la acción con sentido, la proyección de intenciones y designios, los trabajos racionalmente dirigidos al logro de los fines, lo que constituye un “argumento” en el sentido fuerte, y no pertenece por lo tanto al orden del carácter, sino al orden del destino.

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