*María de la Luz Aguilera H.

5 a.m. Suena el despertador, hora de comenzar a alistarse para el viaje a México que nos llevará a la Sinagoga Justo Sierra. Sin embargo, los preparativos los inicio un día antes. Sacar del closet el chaleco de reportero para acomodar en sus múltiples bolsas: dinero, identificaciones, teléfono, kleenex, libreta de notas y pluma para hacer apuntes, todo lo necesario para no llevar casi nada en la bolsa de mano ya que la Ciudad de México es muy peligrosa, y no quiero pasar el mal rato de que me arrebaten el bolso. Una vez que checo que todo está en su lugar acudo a una tienda de conveniencia a comprar jamón, queso amarillo, pan, agua, algunas golosinas para llevar un lunch, más por precaución que por hambre, ya que uno nunca sabe si ocurrirá un percance en la carretera como un choque u otra cosa y nos quedemos varados por varias horas.
Todavía con bastante sueño me levanto, acabo por despertarme completamente en la regadera. Salgo, me visto y me dispongo a desayunar un rico omelet con espinacas que me dará la energía necesaria para el recorrido. Miro nuevamente el reloj y me doy cuenta que tengo el tiempo justo para llegar a la Ibero. Nos citaron 8:15 a.m pero es bueno llegar un poco antes.
8.00 a.m. Estaciono mi auto y después de saludar a algunas compañeras voy a pagar el boleto de estacionamiento, cuando regreso por fin ha llegado el autobús que nos llevará a nuestro paseo.
8.30 Partimos hacia la Ciudad de México. Trato de colocar mi asiento lo más cómodo posible, entrecierro los ojos y comienzo a rememorar mi época de adolescente cuando estudiaba en la academia comercial, que se encontraba precisamente en el primer cuadro de la ciudad al que nos dirigimos ahora. Salía a la una de la tarde con muchísima hambre por lo que rápidamente me encaminaba hacía una panadería que estaba a una calle de la escuela, mientras más me acercaba el olor a pan era irresistible por lo que me iba saboreando lo que me compraría ya fuera una concha, un cuerno o un cocol o lo que fuera era delicioso. Después de pagar los cincuenta centavos que costaba salía a la calle a esperar mi autobús que me llevaría de regreso a mi casa, curiosamente el pasaje también valía lo mismo. ¡Qué tiempos aquellos en que por un solo peso se tenía pan y transporte!
Miro hacia la ventana y aún falta como una hora para llegar. Vuelvo a meterme en mis recuerdos y ahora me veo en una edad más infantil, tal vez de ocho o diez años cuando la inocencia todavía me invadía. Nos encantaba a mis amiguitos y a mí ir a la casa de un vecino a mirar la tele, por lo general los domingos. Nuestros programas favoritos eran el cuento de Cachirulo y después seguía Combate, donde invariablemente los gringos siempre le ganaban a los japoneses. Después salíamos a la calle y corríamos hacia un puesto de garnachas donde la señora vendía deliciosos sopes, quesadillas, quesadilla sin queso como las conocemos los chilangos, en Puebla le llaman molotes, también vendía tostadas y ya no recuerdo que antojitos más. Que nostalgia siento de mi niñez donde todos los chiquillos de la cuadra podíamos salir a jugar en el triciclo, en la bicicleta, a los “encantados”, a las “escondidillas” y nuestros padres se sentían tranquilos porque era una ciudad tan apacible, tan reposada, que en ningún momento temían por nosotros, diferente a lo que tristemente se ha convertido actualmente.
Dos horas después más o menos el tráfico y la Calzada Ignacio Zaragoza nos anuncian que ya estamos cerca de nuestro destino. El autobús nos deja unas cuadras antes ya que no le permiten dar vuelta en esa calle. No importa, caminamos y nos perdemos en ese mundo de gente, comercio, ruido, tráfico, que es, o mejor dicho que era la hermosa Ciudad de los Palacios, con tantos transeúntes a mi lado ya no puedo apreciar si sigue siendo atractiva o no, sin embargo, eso no afecta mis sentimientos hacia ella ya que para mí continuará siendo siempre un lugar al que amo por haber nacido ahí.
Llegamos a la sinagoga y con lo primero que me topo es con un hermoso gato gris que desdeñosamente nos mira con la acostumbrada soberbia de estos felinos. Me acerco a acariciarlo y majestuosamente me ignora y se va a pesar de las palabras cariñosas que le prodigo. Tal parece que para ellos no existe todavía ningún adjetivo que pueda abarcar toda su altivez felina que los caracteriza.
Se acerca la guía y nos dice que empezaremos yendo al parque que está a unos metros de distancia de la sinagoga.

 

Comienza la historia

El motivo por el cual la explicación inicia en el Jardín de Loreto es porque se encuentra enfrente de la primera sinagoga ashkenazí fundada por los judíos provenientes de Europa del Este. El jardín se encuentra rodeado de la Escuela Nacional para Ciegos y de la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto que desafortunadamente no pudimos visitar pues se haya cerrada debido al daño estructural por haberla construido con piedras de diferente peso, por lo que únicamente la apreciamos por fuera siendo evidente su inclinación hacia un lado. Mientras la guía explica las razones que tuvieron los judíos para emigrar mi pensamiento se solidariza con ellos y me percato del sufrimiento que padecen todos aquellos que tienen que abandonar su tierra, sus raíces, sus costumbres, su comida, algunos hasta su idioma como en este caso. Las causas para la emigración son muchas: políticas, económicas, buscar una mejor calidad de vida porque en sus países no hay empleo o estos son muy mal pagados.
En el caso de los judíos fue porque el mundo estaba en guerra y en Europa se había desatado una terrible cacería hacia ellos, los nazis querían el exterminio de este pueblo por lo que muchos de ellos logran huir a Norte América. Sin embargo, a pesar de estar a salvo de la persecución de Hitler, algunos sienten tristeza por el pasado que dejaron atrás, sobre todo por los parientes que se quedaron en Europa atrapados en ese infierno o en los campos de concentración, otros más hasta sentimientos de culpa albergan por haber logrado huir.
Trato de imaginar lo que habrán sentido al llegar a una tierra desconocida, pobres, enfermos y sin poder darse a entender ya que ellos hablaban Yiddish. Aunque, como pueblo acostumbrado al éxodo, logran levantarse una vez más en esta tierra extraña y salir adelante a pesar de todas sus carencias. Los que llegan a la Ciudad de México se establecen en barrios pobres, como la Merced, empiezan a trabajar como aboneros llevando a diferentes casas sus productos y convenciendo a sus clientes que les compren con el gancho de que lo pueden pagar en abonitos. No obstante, es necesario crear entre ellos, los que migraron de Europa, un fuerte lazo de unión para que no se pierdan ni sus costumbres, ni su idioma, ni su comida y muchísimo menos su religión. Por lo tanto, deciden tener un templo para lo cual adquieren los edificios 71 y 73 de la calle Justo Sierra y en 1939 inician la construcción de la sinagoga terminándola en 1941. Ésta no solo fue lugar de culto sino que se usó también para eventos sociales como bodas. Su verdadero nombre es Sinagoga Nidjei Israel, aunque popularmente se le conoce como Sinagoga Histórica Justo Sierra 71.
Dentro de la explicación la guía nos muestra varios símbolos judíos como: La Mezuzah la cual se pega a las puertas de los hogares judíos y dentro de ésta se encuentra un pergamino que no se puede ver; los tzitzi se llevan en las esquinas de las prendas como un recordatorio de la mitzvot (mandamientos); el tallit que es un mantón de cuatro esquinas. Nos enseña varios símbolos más pero creo que con estos son suficientes.
Una vez terminada la visita, algunas pasamos a la tienda instalada en el lugar para comprar algún recuerdo. Salimos de ahí para dirigirnos hacia el Café Tacuba donde comeríamos. Luego de caminar varias calles y pasar por algunos comercios de ropa, zapatos, bolsas, lentes, comida etc. abriéndonos paso entre la multitud y el tráfico con unas banquetas sumamente angostas, por fin llegamos al restaurante.
Me lleve una sorpresa al encontrarlo tan cambiado ya que lo recordaba diferente. De estudiante iba con cierta frecuencia y en ese entonces tenía un ventanal muy grande que permitía mirar a la calle y ver como las personas iban de un lado para otro, unos caminando muy lento como disfrutando el aire, el paisaje, mirando aparadores otros, sin embargo, se dirigían de prisa tal vez a sus trabajos. Aunque ahora tiene más forma de restaurante, ya que en mis tiempos solo llegaba a café, se me hizo que estaba demasiado encerrado.
Ya no se puede ver a la gente deambulando por la calle. El menú no me satisfizo ya que pedí unos sopes pero en nada se parecían a los que comía en mi infancia con la señora de la esquina de mi casa. Lo único que valió la pena de estar ahí fue la convivencia con las amigas que reíamos y platicábamos mientras cada quién degustaba lo que había pedido.

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María de la Luz Aguilera H. es estudiante regular de PUPA (Programa Universitario para Adultos), y estuvo en el taller de Crónica Latinoamericana que imparte el Mtro. Luis Manuel Pimentel, en la Universidad Iberoamericana de Puebla, bajo la coordinación de la Mtra. María del Carmen Mota.