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alejandro tamariz campos- LOS ROSTROS EN EL ESPEJO -

LEANDRO MATA ZIJAR, metió los pies en la orilla del estero, el agua le recorrió los pies hasta la pantorrilla, justo cuando empezó a hundirse hasta los talones en el lodo, más frío aún, que empezó a recorrerle todo el cuerpo, hasta ponerle la piel de gallina, como las que llevaban a lavar al arroyo en las bateas su madre y su tía; pronto, el agua empezó a hundirse más en aquella agua fangosa hasta la cintura, con un cargador y la ropa en la mano izquierda, y en la derecha la súper sin el seguro, lentamente avanzó, y el agua empezó a subir más en su cuerpo, que su reflejo en el agua, pronto empezó a hacer eclipse en la luna reflejada, y solamente su cabeza y los dos brazos levantados, como si fuera una rama de árbol sumergido, con los restos sin mojar.

Leandro y las aguas, las aguas y Leandro, amantes desmedidos aguantando la respiración de los días, de las tardes soleadas de abril y mayo, de los días lluviosos de junio, y de los fríos de diciembre, zambullidos en aquellas pozas, y aquel recuerdo de tu piel de niño, como cuando te tirabas al arroyo crecido, y salías arrastrado cien metros abajo, con el consentimiento de esas aguas bravas que te querían, y que nunca fueron capaces de ahogarte; o como esas tardes de junio, cuando ni los celos de los aguaceros te alejaban de las aguas del arroyo, y ahí te quedabas, con la ropa  seca y segura en una hendidura de tepetate, con unas hojas de jémbero y unas piedras encimadas; como esos días lluviosos de agosto, cuando hiciste de aquel charco del potrero, un lodazal, y te metías con algunos cuates, hasta el cuello, solo con la cabeza de fuera en el círculo, a hablar de no se que cosa, y salías al arroyo a que te lavara el cuerpo con esas aguas besuconas y lascivas, que te dejaban la piel del cuerpo limpio, y los dedos de las manos arrugadas, de tanto amor húmedo y frío, húmedo y caliente, como se germinan y se pudren los amores, como se ha podrido tantas veces tu amor cálido húmedo en aquellos lechos húmedos en que te has bañado en sudor, y que te recordaron siempre ese amor de aguas cálidas y frías de tu pueblo, cuando te zambullías en esos muslos apretados como esas aguas, en las gotas resbaladizas de tu cuerpo, que incendiaban tu amor, para que se pudriera después tu amor en aquellos hijos de la humedad y del recuerdo de amantes horas en las aguas de la muerte acuosa, de la muerte brava y de la muerte tibia, como las tibias sábanas en las que la muerte engendraba tus lodazales putrefactos, tus soledades de coyote hambriento, tu hambre y tu sed, esa sed que nunca se saciaría, si no con la muerte manándote de los ojos, como las bestias del monte alto, aquel monte que siempre te humedeció los pies descalzos.

De pronto, un frío helado comenzó a recorrerle la espalda, y éste no era ese frío de aguas tan familiar, si no aquel frio que ventea al enemigo, como ese frio responder del caballo cuando presiente la víbora o la celada; y de pronto, el pánico empezó a aparecer, cuando vio unas luces centelleantes de entre las guásimas y los sauces de la orilla, como si fueran cocuyos resplandecientes, empezaron a hacerse mas grandes, y las líneas de luz comenzaron a aproximarse, casi con el sonido del brío de los caballos. Y Leandro, con el agua hasta el cuello, y avanzando lentamente, y hundiéndose cada vez más, que no le quedó más remedio, que agarrar la ropa, el cargador y la súper con la derecha, mientras con solamente el brazo izquierdo, comenzó ya a nadar.

Sueñas el mismo sueño cada noche, sueñas que estás corriendo como si corrieras entre las aguas, que tus miembros se mueven con lentitud y con dificultad como si estuvieras en la poza del arroyo, sueñas que estas a punto de ser prendido por la espalda, que sientes el frio del metal casi a punto de cortar tu carne, sueñas que están a punto de agarrarte, y que estas desarmado, que corres dificultosamente y con el pánico haciéndote estallar el corazón y las venas, sueñas la persecución siempre, sueñas los pasos del enemigo mordiéndote la sombra, sueñas la rabia, el coraje, la venganza, y la celada, siempre en desventaja, siempre sin tus armas, sueñas la cacería de siempre, donde tu eres la presa, donde tu eres la bestia perseguida y hambrienta, indefensa y herida de muerte, sientes el final próximo, sientes la fatalidad de la muerte, sientes esa necesidad de defender la vida, sueñas tu muerte, sueñas tu vida, sueñas a tu asesino, sin nunca poder verle la cara, sin poder reconocer al dueño de la mano ejecutora, sin oír su voz, sueñas la huida sin sonidos, sin reconocer los caminos, sin conocer el terreno en donde eres perseguido, en donde vas a ser ajusticiado, en donde se pudrirá tu carne en una tierra desconocida y lóbrega, como aquellos caminos extraños que recorres siempre, como esos rostros extraños, que siempre están presentes, como si soñando, repitieras tu muerte muchas veces, como si tu castigo fuera morirte muchas veces, como si tu muerte y tus miedos los renovaras día tras día, hasta que alguna vez suceda.

De pronto Leandro Mata Zijar ve llegar la orilla del estero, y siente el fondo, y en el fondo las piedras, y se apresuras a esconderse en la orilla y en un matorral se pone apresuradamente la ropa, los zapatos, y oye los caballos en la otra orilla, junto con las luces de las lámparas pasándole por encima, y ve que la pistola esta mojada, y lo más probable es que esta encasquillada, y que no le va a servir de nada, así que ya vestido y todo, empieza a ver por donde van a cruzar, y decide mejor quedarse escondido en la otra orilla, antes que avanzar, ve que toman por la izquierda, y toma unas piedras y las arroja a unos ramales secos más a la izquierda aún, haciendo que se tiren al agua los caballos en esa dirección, mientras, Leandro, se metió despacio en el estero, para regresar por el estero, con todo y ropa y con toda la desesperación por salir vivo de esta, con todo y la pistola y los cargadores, que de todas formas, ya se habían mojado, y se quedó solo con la cabeza de fuera, cerca del zacatal, mientras pasaron los caballos por el estero.

Sientes la llovizna cayéndote en la cara, sientes el frio abrasador de enero de la sierra, sientes el lengüetazo húmedo del frio metiéndosete hasta los huesos, ves los caminos lodosos, las vacas cerca de los potreros echadas junto al alambrado juntando sus cuerpos, sus fríos y sus calores, sientes el calor del caballo en las piernas, sientes unas enormes ganas de fumarte un tabaco de hoja, y decides tomar un trago de aguardiente. El calor del curado de nanche, te deja un sabor amargo en la boca, con restos de perfume frutal, mismo que vas saboreando al compás de los pasos del caballo, la manga va completamente empapada, y el impermeable del sombrero gotea constantemente. De pronto, ves una viejita con un costal de mazorca en la espalda que dobla el camino. Buenas tardes!, -Buenas tardes doñita. -Va a crecer el arroyo, porque más arriba estuvo lloviendo toda la mañana. –Si!. Recuerdas el arroyo serpenteante tendido sobre el camino real de la sierra, recuerdas esas crecientes de junio, cuando ibas a poner la red para atrapar pescado y acamayas, recuerdas los días de mayo cuando iban los del pueblo a echar cal en el arroyo, y todos se ponían a recoger el pescado en la orilla, recuerdas esos baños fríos de diciembre, recuerdas esas veces en que había ahogado, y recuerdas los días de echar atarraya, y recuerdas a tu abuela trayendo la mazorca y los plátanos, las mandarinas y los camotes, y recuerdas estas mismas tardes de llovizna y de frio asando yucas y comiéndotelas con miel, recuerdas los asados de elotes y de plátano macho, recuerdas a esas aguas bravas y generosas, que te daban de comer y que te daban morbo con las vidas que recogían, recuerdas en un sabor amargo y frutal de nanche tu niñez, y montado en los recuerdos y el tiempo lodoso de tus pasos de bestia de monte.

Leandro Mata Zijar metido en el agua del estero, recordó aquellas tardes de acamayas, cuando tendido en las cuevas y covachas de los esteros, se escondía en los zacatales que se desparramaban en el bordo del estero, y pensó, que esa necesidad de comer pescado, ésta vez te salvaría la vida, y se fue tanteando todo ese bordo desconocido, hasta que encontró lo que buscaba, y un lugar no tan generoso, pero si algo más seguro que seguir esa carrera que lo más seguro iba a perder con los caballos, y el duelo que su arma mojada no iba a dar a aquellos hombres que iban a matarlo, como esos sueños, como esa sentencia, que más que de cárcel era de muerte, era de destino infranqueable. De pronto, con una cabellera de zacate grama cubriéndole la cara, metido en un recoveco de la orilla, y con el cuerpo en el agua, oyó las pisadas del caballo en la otra orilla, sintió las pisadas enormes, en el silencio de la noche, y vio aquel cazador siguiendo la veta del lodo en la orilla, sintió el brillo de la lámpara siguiendo su senda húmeda, y vio aparecer la luz hasta acomodarse en su cara, oyó el primer disparo entrando en el agua, y sintió el plomo acuoso entrando en su carne y sintió su sangre mezclándose con el agua lodosa, como sus caminos y su suerte. Despertó sobresaltado en un sudor frio, como siempre despertaba de aquellos sueños, como siempre, esos sueños de la persecución, Leandro Mata Zijar tomó la pistola que siempre tenía debajo de la almohada, y vio el destello de la luna entrando por la ventana, solo era un sueño, un sueño de luna llena.

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

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