28 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)

En el centro del escenario, un hombre sobre los cuarenta: demacrado, barba de varios días, ojeras antiguas bajo los ojos opacos, cabello revuelto... Tan mal aspecto que pareciera recién escapado, sólo temporalmente, de una pesa-dilla que sabe recurrente de antemano. El público puede ver su rostro agotado a través del marco vacío de un espe-jo. Un espejo en el que el hombre se busca, presumiblemente, sin hallarse. Debajo, un pequeño mueble de baño muy modesto, comprado seguramente de saldo en unos grandes almacenes y montado con esfuerzo y vacilación luego.

Hombre:

El hombre lanza una mirada inexpresiva al espejo. Saca la lengua y la observa: blanquísima, aparentemente obliga-da a un largo encierro. Tira de sus párpados inferiores y escruta los ojos enrojecidos. Entonces esgrime una maqui-nilla de afeitar desechable extraída del armarito… Finalmente parece recapacitar y la arroja con desgana. Se enco-ge de hombros como quien piensa “y qué más da”. Saca del mueble una larga y rizada barba postiza, totalmente blanca, y se la coloca. Se quita el batín: más que delgado está esquelético. Se viste con un traje de Papá Noel. Le viene grande por todos lados; comienza a rellenar el hueco con hojas de periódico arrugadas. De rodillas, introduce en su saco bolsas de legumbres, de macarrones, algunas conservas… Y la guinda: una bandeja de pechugas de pollo frescas. Parece haber acabado su tarea. Se levanta. Entonces saca una foto de su raída cartera y besa tier-namente las dos caritas sonrientes: tres y cinco años. Un principio de lágrima escapa por el ángulo del ojo, pero el dorso de la mano es más veloz: no hay tiempo que perder, esa noche, al menos esa noche, tiene mucho trabajo. Vuelve a colocar la foto en su lugar y suspira como dándose unos ánimos que cada día resultan más difíciles de fingir. Superando su sentido del ridículo, se enfunda el gorro. Por un hijo se hace cualquier cosa. Revestido de una vitalidad casi olvidada, se echa el saco al hombro y se dispone a salir. Pero regresa frente al espejo. Deja el saco en el suelo y, con los índices de ambas manos, estira de las comisuras de sus labios hacia arriba, hasta lograr una innatural sonrisa, como la sonrisa pintada de un payaso triste. Sus cejas se arquean en un gesto satisfecho: ahora sí está preparado, dispuesto para interpretar su papel. Se vuelve a echar al hombro el saco y, a falta de lustroso came-llo, sube a lomos de una desvencijada bicicleta. Y sujetando con una sólo mano el manillar, mirando de frente hacia un objetivo que para el público resulta incierto, sale del escenario en precario equilibrio.


Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.