28 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)
El anciano se acaricia la larga barba blanca. Mientras lee la carta con timbre oficial frente a los espectado-res, va cambiando alternativamente de color como un camaleón indeciso o enfermo. Hasta optar por un rojo encen-dido que no hace presagiar nada bueno.
Anciano:
(Arrugando con furia el papel y lanzando la bola resultante lejos, con una energía notable para su edad.) Es infame. Un tipo como yo debería poder descansar finalmente. He cumplido con la sociedad. Después de tantos años de duro trabajo, me lo he ganado con creces. (Por un momento el enfado se convierte en abatimiento.) Y sin embargo ahora tienen la desfachatez de decirme que no hay dinero para nuestra jubilación, que tendremos que trabajar otras cuantas décadas más.... (De nuevo indignado, rezonga.) ¿Pero es que acaso un par de milenios lar-gos no han sido suficientes? ¡Que uno peina canas desde hace siglos, y ya no está para estos trotes! (Con un fugaz gesto de dolor. Llevándose la mano a una rótula que ahora flexiona a modo de prueba.) Hace tiempo que se me resienten las rodillas cada vez que toca sobrevolar el océano. ¿Pero es que no entienden que determinados trabajos han de hacerse en plenas facultades físicas? (Resopla. Mientras se quita el batín y las zapatillas de andar por casa, reflexiona en voz alta.) Pues nada, de nuevo al tajo. Otra vez en danza todo el día, de arriba para abajo. (Visible-mente preocupado. Como si acabase de darse cuenta de un conflicto añadido en el que no había pensado.) Verás cuando se lo diga a los muchachos... (Queda frente al público, con las piernas abiertas y los brazos en jarra. En camiseta de tirantes blanca y “bóxer” holgado de rayas, que resaltan aún más su vientre prominente.) Especialmen-te a Baltasar, con el genio que se gasta desde que, además, le retiraron la tarjeta sanitaria. (Viste despacio los suntuosos ropajes y se ajusta meticulosamente la corona. Sacude disgustado la cabeza.) Y encima éste se ha con-vertido en un trabajo de alto riesgo. Cruzando el espacio aéreo de Gaza, siempre te expones a que algún misil te deje seco. No sería la primera vez que nos tocase cambiar de camello. (Con gesto infantilmente malicioso. Frotán-dose las manos.) Sólo una cosa me consuela: si nosotros habremos de bregar todavía lo nuestro, qué no le quedará por delante a ese pipiolo en pañales de Santa Claus…
Ensimismado en sus pensamientos, ríe como un chiquillo que olvida su rabieta con un caramelo. Y, renqueante, sale del escenario arrastrando un saco un poco menos lleno que otros años. A mantener en pie, junto con sus com-pañeros, el improbable milagro.
El anciano se acaricia la larga barba blanca. Mientras lee la carta con timbre oficial frente a los espectadores, va cambiando alternativamente de color como un camaleón indeciso o enfermo. Hasta optar por un rojo encendido que no hace presagiar nada bueno.
Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.