28 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)

Sobre el escenario, una mujer aún joven, de unos cuarenta años. Está ojerosa y parece extenuada; se diría mayor de lo que en realidad es. Viste una bata bastante vulgar, gris como la marchita piel de su rostro.

Mujer:

Es un sinvivir. Desde aquella primera llamada… ya no puedo pensar en otra cosa. (Masajeándose insistentemente la sien. Con aire confuso y gesto torturado.) No hago más que vigilar el teléfono. (Se lleva compulsivamente la mano al pecho y se lo aferra. Respira afanosamente, con evidente dificultad.) Cuando suena, me sobresalto pensando que será… ÉL. (Deja caer los brazos, impotentes, a ambos lados del cuerpo. Gira el rostro ofreciendo su perfil, como intentando ocultar su vergüenza o su sufrimiento al público.) Y si no suena… me inquieto, e inicio la cuenta atrás hasta su próxima llamada. (A pesar de los esfuerzos por mantenerse entera, se le quiebra la voz.). Es como una enfermedad, un virus del que resulta imposible librarse. Porque yo sé que él sabe… Él es consciente de que ya no puedo pensar en otra cosa: no soltará su trofeo. Jamás me dejará marchar. Es una tortura. Ni con él ni sin él. Para mí ya no hay escapatoria. Como una mosca atrapada en una planta carnívora. Me engatusó, al principio, con sus melosas palabras. Me hizo creer que velaba por mis intereses, que se preocupaba por mi bien… (Con la mirada perdida.) Pero en realidad era otra cosa muy distinta lo que buscaba. (Se retuerce las manos. Suplicante.) Un respi-ro, sólo un respiro. Al menos, por un día. No pido más. Una noche, quizá, en la que dormir tranquila. En la que tratar de olvidar la pesadilla. Sin su permanente acoso. Sin esa voz metálica, mecánica, sin alma ni remordimiento, total-mente inhumana, que recuerda monótona mi error. (Gimiendo, ya sin pudor, de frente al público.) Qué podía hacer yo, si tuve que afrontar gastos médicos imprevistos ese mes… Era la vida o la hipoteca. Un mes, sólo un mes, y aprovecharon la ocasión. Estaban esperando, agazapados, para saltar sobre la presa al primer descuido. Siempre sobre la más débil y aislada del resto. ¡No puedo pagar los intereses de demora! Mucho menos, ahora. (Cayendo de rodillas y mirando al cielo.) No tengo a qué puerta llamar. Si me echan a la calle, no conseguiré más techo que la intemperie. (Se seca las lágrimas con los dedos y, más calmada, extrae una margarita de su bata. La mujer, alterna-tivamente, sonríe y se ensombrece, se ensombrece y sonríe, con cada nuevo pétalo que deshoja.) Llamará hoy también… No llamará… Llamará hoy también… (Hasta que la margarita se queda totalmente desnuda. Entonces la sonrisa se vuelve plena. Grita victoriosa y entusiasta.) Sí…

En una pequeña pizarra de cocina, bajo el epígrafe “BANCO”, coloca un cero desproporcionado, como una espera-da venganza que pone punto y final a una interminable fila de palitos, agrupados de seis en seis y amarrados con otro palito atravesado. Después dibuja un único y desprotegido palito en la columna titulada “sueño”.

Súbitamente suena el teléfono. La sonrisa muere en su rostro. Se cierra el telón sobre ella, como si la engullera.


Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.