27 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)

Escenario: totalmente vacío, a excepción de los fríos ganchos de metal que cuelgan del techo. De los animales que antiguamente transitaron la sala, sólo los ecos de las voces; los gritos amortiguados por los años, únicamente audi-bles por quienes ya se acercan al otro lado. Allí encontraron el fin, también, inocentes corderos.

En el centro de ese espacio rigurosamente desnudo y oscuro, una mujer de mediana edad, sentada en una silla de enea. Viste una túnica blanca, inmaculada, como recién estrenada. La cabeza, cubierta por un manto del mismo color que deja ver algunos mechones de pelo negrísimo, en los que despuntan unas pocas canas dispersas. La luz cenital, cautivada por ella, hace resaltar aún más su sencilla belleza, su rostro apenas maquillado. En su pecho izquierdo aprieta un bulto, envuelto en un pliegue de su propio manto. Ignorando la presencia del público, toda su atención se concentra en el contenido de ese envoltorio, convertido ahora en principio y fin de su existencia, en único eje del universo. Así ataviada, se diría una virgen.

Mujer:

(Se dirige a él con voz queda, una mezcla de ternura y pudor. Aún no parece familiarizada con su nueva condición.)

Me repetían que no me preocupase, que cada cosa llega a su debido tiempo. Que todo sucede, o no, según el Señor disponga. Quiénes somos nosotros para intentar oponernos a su insondable voluntad. “Tú no te martirices por eso. Llegará si está de Dios. Y si no, no llegará”, aseguraba el médico. Y ahora… (Pareciera contener las lágrimas. Quizá, de emoción.) Aquí estás. Ya has llegado. “¿Para qué empeñarse en costosas pruebas? ¿Por qué obstinarse en saberlo todo, si lo que haya de ser, será?”. Eso me decían. Y yo dudaba, lo confieso. (Sonríe. No se sabe bien si satisfecha o resignada.) Pero ahora sé que ellos tenían razón.

(Acuna el bulto de su pecho izquierdo lentamente, con una cierta torpeza. Con la torpeza propia de una primeriza, de una mujer que, por vez primera, se enfrenta totalmente sola a ese trance. Súbitamente un gesto de dolor cruza su rostro. Pero se rehace enseguida: no quiere que él la vea flaquear; no quiere que él sepa que alberga dudas, que no es tan fuerte y segura de sí como se empeña en aparentar ante todos. Especialmente, ante él. No, él no debe saber nunca lo que realmente siente por dentro. Él no ha de sospechar jamás su fatiga. Se excusa.) Aún no acabo de habituarme a esta sensación que me oprime el pecho. Ni a las secreciones tampoco. Ahora mi cuerpo es más tuyo que mío, supongo. Ahora vivo para ti. (Esboza una sonrisa forzada que se diluye lentamente. Susurra sombría.) O a pesar de ti, según los días. (Mueve la cabeza negativamente, como intentando convencerse con poco éxito.) No, no me quejo. (Ahora, definitivamente firme.) No, no quiero quejarme. Sería una ingrata si no reconociese todo lo que me has ofrecido. Si sólo supiese ver lo que me has arrebatado. Es sólo que… (Titubea.) Yo no te esperaba. No tan pronto. No ahora. Tenía muchos proyectos por realizar. Y ya no sé si habrá tiempo.

(Sujeta en alto, frente a los ojos, ese esquemático retrato, ese boceto, ese tosco negativo en el que ella ha pasado a convertirse en un simple apéndice de esa entidad que, de la noche a la mañana, ha cobrado vida propia. Que ahora tiene más densidad y peso que ella misma. Un fardo que a veces resulta difícil de acarrear. En esa fotografía no hay blancos ni negros: sólo una escala de grises. Porque desde el principio, en esa historia, han sido todo medias tintas: vaguedades, excusas, incoherencias… Nadie ha querido cumplir con sus obligaciones y responsabilidades. Nadie, salvo ella. Ella, que ahora afronta sola las consecuencias: el fruto de tantas omisiones y negligencias. Sosteniendo aún la radiografía.) Yo quería saber. Yo quería saber demasiado. Y esperaba impaciente pruebas y resultados que no llegaban. Y desesperaba. Porque yo quería saber: Yo quería ponerte, cuanto antes, un nombre. Ahora ya no me importa. He comprendido que forma parte de un designio escrito de antemano. Mi madre, mi abuela, probablemente, a su vez, la madre de ésta… Los médicos tenían razón; el sistema tiene razón: ¿para qué tantas costosas pruebas?

Si, al final, lo que haya de ser, será igualmente. Yo entonces nutría dudas, lo reconozco. Pero ahora veo claro. Sí, es cierto, si hubiese podido hacer todos mis controles mamográficos en las fechas aconsejadas, seguramente lo habrían detectarlo a tiempo. Pero entonces tú no estarías aquí. Y yo, que nunca quise tener hijos, que ya no podría tenerlos aunque quisiera, no acunaría un bulto en mi pecho izquierdo. Resulta irónico: los recortes me han dado algo que ya nadie podrá quitarme. Tú eres mío para siempre. (De repente se da cuenta de que, para ella, el tiempo tiene ahora otras medidas. Y rectifica serena.) Al menos, para lo que quede.

Las sombras caen lentamente sobre la improbable maternidad, engullendo sin prisa pero sin pausa, con más gloto-nería que hambre, la figura, aún inmaculadamente blanca. Menuda. Tanto que, probablemente, nadie la echará en falta cuando desaparezca.

Al fondo, entre las sombras, despunta una sombra espigada. Aún más oscura que la propia negrura circundante. No se mueve, no habla, no se impacienta. Simplemente espera.


Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.