3 de febrero de 2014

La penuria retarda el colapso, deja el camino lleno de piedras. La vejez no tiene reloj que mate las horas, y en la agenda se han borrado las líneas donde se pudieron  escribir citas previas. La curva de la espalda denota fatiga,  y su sombra dibuja el lastre que lleva sobre los hombros.

Sentada en el filo de la banqueta habla con un invisible interlocutor. Hurga en la bolsa para corroborar que tan solo hay pavesas que le ennegrecen las manos y ya no le queman el corazón.

El  entorno luce renovado brillo, y  las calles tienen cielos artificiales que suelen confundirse con la habitación de lo eterno.

La ciudad da la espalda a la miseria, la margina,  la esconde en sus orillas.

Los anuncios zarandean la pasión,  y en la acera, recargada sobre un poste de luz, ella: la excedida. Con el pelo blanco advierte su destierro.

Los autos circulan y, en su inconmensurable rodar, enrollan la cinta que eterniza.

La gente regatea  con la basura que obstaculiza su camino, y de manera fortuita  se  encuentra con la diminuta figura de la anciana: basta un parpadeo para eliminar el encuentro inoportuno.

La mugre tiñe las canas y su indumentaria; los andrajos los tiene remendados con la piel muerta.
 
El aire la persigue, la despoja de cualquier intento de regresar.

Las líneas paralelas que franquearon sus pasos ya no existen.

Con cada intención sufrió la inútil angustia del deseo.  

El tiempo mira al frente, hundiéndose sobre sus propias huellas.

La vejez la oculta, la guarda: es del tiempo en la cuneta, donde terminan los tropiezos y empieza la ceguera.

Duerme en la puerta de la catedral: sueña a sus hijos, charla, baila,  llora con ellos. Los  siente palpitar encerrados en la rejilla del pecho.

Sin demanda para el goce epicúreo de la vida: de entre las piernas le cuelga la matriz deshabitada: un colgajo fétido y vacio que ya no pone en jaque a los mortales.

La gravidez le dio significado: supo de amamantar y dormir niños, de cerrar la puerta donde se acaba el mundo; sobresaltos de celadora.

Transcurre la noche,  acentúa  el frio en las primeras horas de un nuevo día, un nuevo día que le quema los ojos.

El frío que media entre la madrugada y la plenitud de la mañana aumenta la rigidez de sus rodillas, la taladra, enterrando, aun más, los pliegues de su frente.

Un sol absoluto se apropia de la ciudad, enfatizando los sueños.

La miseria se acumula, robusteciendo  la agonía.

El aire tiene suspiros del pasado que dificultan el exhalar del presente.

Las monedas caen a sus pies sin necesidad de levantar la mano, y las arrugas de su boca se alisan, y su cuerpo se desdobla, y el sol le cepilla las canas.

En la frontera, por un instante, el resplandor la engaña. Pareciera sonreír, pero tiembla; pareciera besar la boca del aire, pero silba, traga aire.

Vuelve a caer… moribunda.

Abre y cierra los labios, engulle su historia; sacude la cabeza desasiendo el desvelo.

Leticia Daz GamaLeticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.