HISTORIAS DE SEXO (O CASI)
YOLANDA
Por: Jorge
Alberto Durán Ramírez*
PARA ROBERTO
Yolanda estaba lista para partir con su madre, nunca la había acompañado a esas ferias en las que vendía loza y ropa. Aun antes de que naciera, su madre viajaba periódicamente a distintos lugares exponiendo los artículos que ellos mismos elaboraban. ¿Por qué nunca fue con ella? Primero por que estaba muy chica, después la escuela, los amigos, flojera, muchos, muchos motivos y otros tantos pretextos lo habían impedido; pero ahora que iba a iniciar otra etapa de su vida, lejos de su familia, deseaba estar con su madre, acompañarla, llenarse de ese bullicio, de esa alegría que son las ferias.
Toda la
familia se había reunido para cargar la camioneta y para despedirlas. Yolanda
conocía el ritual pero ahora era parte de los que iniciarían el viaje. Cuando
ella despedía a su madre y al hermano que le tocara en turno acompañarla sólo
les decía adiós, no los abrazaba ni los besaba, no había motivo, en quince días
regresarían; pero ahora ella partía, sintió una necesidad imperiosa de abrazar
y besar a su padre y hermanos, casi suelta las lágrimas cuando la camioneta dio
la vuelta que hizo desaparecer las siluetas de su familia.
Mientras se
alejaba pensó que, tal vez, nunca había disfrutado a su familia, habían pasado
muchos momentos juntos, tristes y alegres; había compartido mentiras y
travesuras con sus hermanos; los había consolado en sus caídas y ellos hicieron
lo mismo; podía decirse que todo había sido perfecto. Sin embargo, la sensación
de vacío que se hacía en su estómago le decía que todavía podía hacer más por
ellos.
Al tomar la
carretera le impresionaron de manera especial los árboles, acompañantes mudos
de los viajeros, que a los lados del camino parecían ir abriéndose a su paso y
cubriéndola de la fuerte luz del sol que se asomaba apenas por entre las
montañas. Algo sucedía en su interior, todo lo que sus ojos veían tenía algo
distinto, había hecho viajes pero nunca el verde había sido tan intenso, ni el
azul del cielo tan brillante, ni el sol cegaba como ahora.
Vio a su mamá
que, con los ojos cerrados, descansaba para soportar el viaje que le esperaba.
El primer recuerdo de su madre que le vino a la memoria fue cuando de pequeña
quiso ayudarla a elaborar loza y rompió una jarra; la mujer, entendiendo sus
intenciones, en vez de regañarla le dio una bola de barro y le enseñó
cuidadosamente a darle forma a la masa. A partir de ahí las muñecas pasaron a
segundo término, el juego principal era hacer trastes de barro; las manitas
regordetas apenas si podían moldearlo, sus fuerzas se agotaban pronto pero no
era obstáculo para seguir jugando. Las primeras piezas eran terminadas por la
madre, pero pronto adquirió habilidad para su trabajo artesanal y a veces hacía
modelos distintos, atractivos; su madre siempre le dijo que esas piezas se
habían vendido primero.
Todavía
guarda uno de sus primeros platos, ahora lo utiliza como alhajero, bueno en
realidad no tenía joyas, algo de fantasía, unos aretes de oro que su padre le
regaló y otras cosas.
Cuando
cumplió quince años su padre se había acercado a ella para platicar, él mismo
la despertó con un beso y le dijo que no tenían dinero para hacer un baile,
pero que su madre prepararía su comida favorita y así celebrarían todos juntos
su cumpleaños, por ese motivo, porque ya era una señorita, le había comprado
esos aretes en forma de ave, que en lugar del ojo llevaba una piedra brillante.
Se llevó
inconscientemente la mano a las orejas y percibió su ausencia, desde que se los
regaló nunca se los había quitado y apenas unos días atrás los dejó pues a uno
de ellos se le cayó la piedra. Cómo le hubiera gustado llevar puestos esos
aretes, porque significaban para ella el primer acercamiento de su padre. La
primera vez que se dio comprendió cuan importante era para él, su papá le había
demostrado antes su cariño, y muchas veces, pero fue hasta esa ocasión cuando
percibió el gran amor que sentía por ella.
Cerró un
momento los ojos pues nuevamente se le estaban llenando de lágrimas: Le daba
miedo y tristeza abandonar a su familia, haber vivido con ellos todo el tiempo
y ahora tenían que separarse, se resistía a ello, se oponía a pensar que ya no
era una niña y que se había convertido en mujer, tenía que forjarse,
desarrollarse en su profesión, prepararse para valerse por sí misma.
Yolanda no
quería depender de otras personas, pero sí le gustaba ayudarlas. Su carácter
sociable le permitía entrar en contacto con la gente fácilmente y por eso tenía
muchos amigos a los cuales ayudaba, a veces sin que ellos se lo pidieran. El
haberse decidido a estudiar medicina le daría la oportunidad de ayudar a mucha
gente, de entregarse a los necesitados a través de su trabajo.
De principio
tenía que cubrir los requisitos para obtener su título y el alejarse de su
familia para hacer el servicio social era uno de ellos. Durante todo un año
estaría fuera de su casa, lejos de su familia y amigos. No se imaginaba
siquiera cómo sería su vida, tal vez si se dedicaba hasta el cansancio pudiera
evitar los recuerdos, pero si aún antes de partir el corazón se le encogía de
dolor, ¡qué sería de ella tan lejos!
Sus ojos se
posaron en una rosa que llevaba consigo, se la había regalado un amigo muy
especial. Ella acostumbraba darles a sus amigos rosas rojas en fechas
significativas: cumpleaños, día de la amistad, Navidad y a veces sin ningún
motivo, la rosa que ahora la acompañaba se la había dado Juan antes de
despedirse con una petición: quería casarse con ella.
Su relación
con Juan nació por una afición compartida: la música, oían juntos de todo tipo,
la escuchaban en silencio, unidos por el sonido y las miradas; nunca pensó en
una proposición de este tipo, no pensaba en casarse y aunque Juan era muy
especial ella no estaba preparada para unir su vida a un hombre, por importante
que fuera, primero tenía que hacer algo por ella misma, desenvolverse.
En sus labios
se dibujó una sonrisa recordando la timidez con la que Juan le había entregado
la rosa y con ella su corazón, nunca antes habían hablado de amor y en esa
ocasión él le dijo solemne: “Yolanda, he conocido algunas mujeres pero ninguna
me había interesado, nadie hizo que mi cerebro se turbara tanto, sé que soy
mayor que tú y aunque la diferencia no es mucha sí es necesario que tú vivas un
poco más antes de comprometerte con alguien y me gustaría que ese alguien fuera
yo. No me respondas ahora, tienes todo este año para pensarlo, cuando regreses
quisiera oír de tu boca que deseas ser mi novia y llegado el momento, mi
esposa”.
¡Su esposa!
Era la primera proposición matrimonial que le hacían y eso la emocionó hasta el
fondo de su alma, pero ¿podría vivir con un hombre?, ¿podría ella hacer feliz a
alguien?, ¿qué se necesitaba para aprender a ser esposa, amante, madre?
Definitivamente nunca se había preguntado esto y pensó que era mejor olvidarse
de ello por el momento, tendría todo un año para pensarlo, tendría una vida si
quisiera para madurar y darle respuesta a sus interrogantes.
Decidió
decirle a Juan que sí le gustaría ser su novia, que ese sentimiento tan
especial era amor, pero era conveniente esperar todo ese tiempo que estarían
separados para reafirmar lo que sus corazones sentían. También decidió en ese
momento, que tan pronto se instalara en su puesto, en sus ratos libres,
escribiría cartas para sus padres, hermanos y amigos, misma que entregaría
antes de partir definitivamente, en ellas describiría todos esos sentimientos
que pasaban por su mente, les diría todo lo que significaban para ella, les
haría sentir el amor que nacía de su corazón. También se hizo el propósito de
entregarse a su trabajo en cuerpo y alma, pero no para olvidar, sino porque la
gente a la que atendería así lo requería, porque su profesión era amor y
entrega a los demás.
Yolanda cerró
los ojos y nunca más los volvió abrir, la camioneta en que viajaba fue
embestida por un auto y sacada de la carretera, de las tres personas que
viajaban ahí solo ella murió; el culpable del accidente nunca supo lo que había
ocasionado pues se dio a la fuga, había dejado tristeza en los corazones de
muchas personas, pero lo más importante, había cegado una vida llena de
esperanzas en el futuro.
Junto al cuerpo de Yolanda se encontró la rosa, tocando sus labios, era el último beso que daba y era también el último que recibía, de una rosa parecida a las que ella entregó a las personas que amaba. Vivió dando flores y murió con una ¡la de su juventud!
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