LA ESPERA

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

 Quiero decirte algo que no puedo escribir, mejor aún, voy a escribirte lo que no debo decir.

A sabiendas de que no llegarías esperaba tu presencia, al subir al autobús busqué el rostro sonriente, al llegar a mi destino recorrí con los ojos para descubrir que alguien me esperaba, pero ni vi tu rostro ni me aguardabas.

Caminé al hotel, obtuve un cuarto que casi estuve a punto de pedir para dos personas y me dirigí a trabajar.

Pasaron dos largas horas de tensa espera, el sonido de unos pasos, el rin del teléfono, todo me hacía sobresaltar y tomarme de la silla para correr a buscar a quien no llegaría. Me asomé a la ventana con el pretexto de ver la lluvia pero en realidad con el deseo de ver un cuerpo conocido correr a mi encuentro; salí a comer, escogí un lugar desde el cual pudiera observar la calle y escuchar sus ruidos, no vi tu figura y tampoco escuché tu voz aunque varias veces me traicionó el subconsciente.

Regresé al trabajo y a la misma espera, los mismos sobresaltos y las mismas visitas a la ventana; al salir para cenar, la misma mesa y la misma silla.

Después de comer nada mejor que caminar, una calle recorrida tres veces de ida y tres de vuelta, con dos altos (cada vez) frente a los hoteles ahí ubicados, con ocho indecisiones de meterme y preguntar si estabas hospedada.

De nueva cuenta al hotel, a mi cuarto (¿habrá alguien preguntado por mí?). Tomo mis llaves y mis pies me llevan a través del corredor, las escaleras, otro corredor, y al fin la puerta (¿estarías dentro, esperándome?), abro el candado, prendo la luz y veo la cama vacía.

Me dispongo a dormir, son las ocho y media de la noche (¿tocará la puerta y no la oiré?), a las doce mis ojos no obedecen ya al corazón y por fin se cierran.

Al siguiente día se repitió la historia pero justo a las cinco de la tarde (no a las tres como convenimos) me convencí de que la espera había sido infructuosa y qué bueno porque en el momento mismo en que te hubiera visto, hubiera caído enfermo, de los nervios, de la dicha de tenerte para mi solito durante toda la noche. Y no te hubiera dejado dormir, y no precisamente amándote sino por el dolor que aquejaría a mi estómago y las continuas visitas al baño.

*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor.

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