GLORIA
Por:
Jorge Alberto Durán Ramírez*
René estaba sentado, como siempre, en la misma banca y a la misma hora, sólo que esta vez sus pensamientos no seguían a las parejas, quienes creyéndose a solas ( ¡A las 10 de la mañana y en pleno zócalo!) se dan ligeras caricias atrevidas y largos besos apasionados, tampoco reparaba en los niños que traviesos espantaban a las palomas al correr y levantar los brazos como si quisieran alcanzar las nubes; pensaba en Estela, hacia 10 años que se habían casado y todo parecía transcurrir tranquilamente, con ella había vivido enojos y reconciliaciones, travesuras y problemas, noches de pasión y desvelos de enfermedad, con ella tenía todo. Entonces, ¿porqué esperaba a Gloria? Tenía más de una década que no sabía de ella y de repente, se le aparece.
Había conocido a Gloria en la escuela años antes de que se
casara; cuando la vio por primera vez le llamó la atención su figura, frágil
como una espiga de trigo que podría ser rota con un suspiro, su andar rápido,
su mirada pícara, su forma casual de vestirse y el pelo alborotado como su
risa, le dieron ganas de abrazarla, de protegerla, de amarla.
¿Quién habló primero? no se acuerda, pero desde que
entablaron relación él la buscaba con cualquier pretexto, su presencia borraba
todo alrededor y sólo existían ellos dos, ni amigos, ni escuela, ni casa,
exclusivamente ellos dos.
Platicaban de muchas cosas, de Dios, del mundo, de canciones
y de los amigos, hablaban porque se bebían una a una sus palabras y eso les
refrescaba el corazón, el alma, el cuerpo. Apenas si tocó su cuerpo y fue con
un beso, sólo uno se atrevió a darle, pero fue suficiente para robarle lo que
le quedaba de razón; ese único beso le bastó para saber que por ella podía
dejarlo todo.
René no se explicaba todavía por qué, en lugar de dejar a
sus padres, se alejó de Gloria, había vivido lo suficiente para dejar su
soltería y formar un hogar, no tenía mucho dinero pero podía iniciar una vida
aparte, sin recurrir a nadie. Pero no, en lugar de ir tras del amor lo dejó a
un lado y se separaron, le había dolido y mucho, la soledad se había apoderado
nuevamente de él y lo acompañó hasta que conoció a Estela, se casó con ella y
al poco tiempo... los hijos, dos pedazos de cielo que llenaban con risas y
llanto su casa, iluminada con la presencia de esos tres seres maravillosos.
Nunca pasó por su mente que el matrimonio pudiera
deshacerse, jamás imaginó salir de su casa para no regresar, y ahora estaba
allí sentado, con una pequeña maleta a su lado, esperando a Gloria.
Vio el reloj, eran las 10:20, faltaban 10 minutos todavía
para que por la esquina apareciera su silueta ansiada, la sonrisa encantadora,
el pelo atado discretamente en la nuca, tal y como la había visto apenas hace
tres días, después de 10 años.
René acostumbraba ir al parque después de dejar a sus hijos
en la escuela, descansaba un rato y luego volvía a su casa, con Estela, para
almorzar y de ahí al trabajo, todos los días era lo mismo; sólo dos veces no
había regresado, la primera cuando un mitin lo dejó sin poder salir del centro
y la segunda cuando se encontró a Gloria y se pusieron a platicar tanto y de
tantas cosas que se le olvidó el hambre
y el trabajo, apenas le dio tiempo de pasar por sus hijos. No le dijo nada a
Estela de su encuentro con Gloria ni que se volverían a ver.
Miró nuevamente su reloj, eran las 10:35, seguramente algo
la retrasó (el transporte está cada día más insoportable), pero llegaría y
entonces le propondría huir, apartarse de este mundo e iniciar una nueva vida,
fugarse como dos adolescentes. Las 11:00, no importa, había esperado 10 años.
Las 12, ya es tarde, probablemente tuvo problemas con su familia (nunca les fue
agradable).
A las 12:30 René había pensado y repensado el encuentro con
Gloria, en Estela y sus hijos, en su fuga; tal vez era una locura lo que había
pensado hacer. Eran las 12:45, si se apresuraba llegaría justo para recoger a
sus hijos, se puso en pie y camino lento, se resistía a abandonar la banca y
con ella a Gloria; se volvió con la ilusión de verla aparecer en el último
instante y a lo lejos distinguió a la mujer anhelada, caminó presuroso a su
encuentro con una alegría desbordante, la espera valió la pena y cuando estuvo
a distancia de gritar su nombre se dio cuenta del error, no era Gloria, sus
ojos y el corazón lo habían engañado.
Dio la espalda a la esquina y a un futuro que quedaría sin conocer, Gloria era una ilusión, siempre lo había sido y así permanecería, por lo menos hasta que se volvieran a encontrar.
Más de la obra de Jorge Alberto Durán Ramírez: