30 de julio de 2013
La poderosa muerte me invitó muchas veces:
Era como la sal invisible en las olas,
Y lo que su invisible diseminaba
Era como mitades de hundimientos y altura
O vastas construcciones de viento y ventisquero.
Pablo Neruda.
Pachuca De Soto, tierra agujereada, de calles empinadas y cabellera desatada; de ahí viene Don Luis: el hombre de la memoria nonagésima.
El significado del tiempo ya no es un enigma para don Luis: Camina dejando huellas que se disecan sobre el asfalto del recuerdo, su andar gravoso lo hace parecer que camina para siempre.
Llegó a Puebla ceñido a las sabanas del aire, las sacudidas de Pachuca De Soto lo lanzaron a la búsqueda de otro lugar donde el viento no se comportase como un loco que escapa del cielo.
Del vientre cálido de su madre al pozo infernal de la mina “Dos Carlos”.
Apenas cumplía quince años cuando el camino de sus sueños fue desviado hasta el brocal de la cantera.
No le dieron más opción: desde entonces se soñaba con la boca llena de piedras, imitando la tos que había matado a su padre.
Cubierto por la tierra, pronto seria un rezagado, tan solo una paradoja de la muerte subterránea.
Don Luis suspira como buscando en un montón de abriles sus primeros años:
-En el pueblo solo había dos formas de vivir y morir: borracho o loco.
-Sin protector auditivo ni máscara anti polvo la suerte paleaba nuestro destino; conduciendo en carretilla y, como escombro de la mina, a los que alcanzaba la voladura.
-El viaje estaba ya planeado…
-Afuera nos esperaba el tren de la muerte.
-La explosión daría fin a la jornada extenuante de algún minero-
El aire batía la existencia de Dios, mientras la serpiente engullía a su presa.
Con la memoria lastimada, don Luis cuenta:
-Me opuse a la resignación de los compañeros:
¿Qué sentido tenía todo esto, sin la sombra de una esperanza?
-Entregados al destino, les veía dormir. Inutilizados y exhaustos no creían que el mundo nos ofrecía otros aires.
Insomne y empleando las luces temblorosas de las velas, Don Luis contradecía a la muerte:
-Todavía no, le decía a la muerte que me acechaba.
-En el mismo cuarto, lejos el uno del otro, adivinaba las pesadillas de mi madre.
-Ella me sacaba de aquel punto fijo en el que hincaba mi vida. Me hacia revirar al escuchar la acústica de su ronquido.
-Presa de espasmos respiratorios crecía mi sensación de poderío y la apnea de mi madre daba sentido a aquel enfrentamiento.
-La agitación espiritual nos hacia engendrar las peores predicciones y, la mecha del detonante temblaba en el corazón de ella y el mío.
Aquel agotamiento creciente, demoro la muerte de Don Luis y lo empujo hacia el cielo abierto.
El dolor perpetúa los recuerdos: su niñez esta en un nudo doble:
-Fui feliz hasta los ocho años. Cuando murió mi padre descubrí que a esta vida asistimos solos, él era la bondad; a sus veintiséis años ya no pudo ser más.
-A la luz de la vela mi padre crecía y se extinguía-
El padre de Don Luis alteraba la tristeza del pequeño espacio; abría la ventana para hablarle a las estrellas, distrayendo al niño del hambre, poniendo a su disposición la mesa del cielo.
Después de la muerte de su padre, la ventana ya no satisfizo el hambre del niño.
Miraba hacia el exterior, moviendo tristemente la cabeza y pensando en su indecisión, en su desconocimiento de sus propios deseos, alargando el cuello como para enrolarse en la loca carrera de los astros.
Fatigado y triste, le hablaba a su alma, al único interlocutor que compartía su sufrimiento y frustración.
-Una noche, después de muchas en las que mi padre se debatía entre espasmos, intentando sacar aquel habitante maligno que parecía recorrer su cuerpo sin permiso: me senté en el suelo a mirar como era derrotado mi gran hombre.
-No volvió a estar en paz, la toz no pudo sacar de sus pulmones la escoria de la mina.
-La vida ya no corría delante de él, en ese instante se le encaraba.
-Vi su cuerpo languidecer para dejar escapar el alma, tan solo me quedó abrirle la ventana.
-Quiero pensar que camina entre las nubes, y sus ojos me observan cada vez que me asomo por la ventana.
-Deje de cavar mi fosa cuando me di cuenta que la tos paleaba la tierra para mi tumba.
-La voladura me dejaba sordo, y al salir de la mina, de regreso a casa: un zumbido parejo que parecía no tener principio ni fin, también me dejaba mudo.
-Una sola idea oscilaba en mi cabeza: trasponer la oscuridad de muerte antes de perder la cordura e ir cada vez más lejos. Si no había luz en mi camino, llegaría al vacio de mi mismo. Quise conocer el secreto, el extremo en el que vivía: el sol dentro de la mina nunca llegó.
-Solo una niebla morosa aplazo mi salida.
El detonante se activo…
-¿Qué más he de temer si todo está consumado?
-Iniciaba el día, y yo me dirigía al parque a contemplar como anticipaban el fin los habitantes de Pachuca De Soto.
En el cielo de Pachuca se alineaban numerosas nubecillas.
-Me había alejado de la mina. El miedo era mi escudo y con él tendría que avanzar.
-Seguía cavilando, cuando…
-Se levanto un viento más fuerte, un grito de potencias elevadas que se desahogaron el día de San Juan.
-Aquel 24 de junio de 1949 la gente mostraba una sonrisa inusual, en ella estaba implícita la invitación a la fiesta del pueblo.
-En lo alto de la torre, la campana batía con fuerza su péndulo, acelerando el ritmo de los preparativos para la fiesta anual.
-No hubo aviso. La tierra seca partía en hiendes su cara sobre las banquetas. El sol jugaba a las escondidas y con sus ojos ardientes nos encontraba debajo de las marquesinas.
-De no ser porque la gente del pueblo se disponía a celebrar, la calma hacía días que asentaba su oficio en Hidalgo.
-Extrañamente el aire se mostraba en calma.
En el ombligo del día me senté en una banca del parque para dar tregua y descargar en el aire mi cerebro atiborrado de nubes.
-Al cabo de un par de horas los niños comenzaron a pasar llevados por la mano de sus progenitoras.
-Los gritos de los vendedores y los avisos que salían de las camionetas parlanchinas distraían mi mente, correspondiendo los saludos a medias.
-El sol quemaba a través de las nubes tenues, coloreadas, que lo envolvían.
Hubo un intervalo en el cielo que dio paso a la formación del torbellino gigante.
-Así nomás, y de pronto, cayó sobre el pueblo la manga del cielo.
-La tromba del día de San Juan en Pachuca vino a apoderarse de nuestras miserias.
-Alta, su sombra de agua mutilo la pobreza de Pachuca.
Como una enorme columna giro sobre sí misma, y al cabo de un par de horas, saco de su casa a hombres, mujeres y niños, llevándose muebles y autos al cauce del río.
Liberó a los reos, arrancando los candados de sus celdas. Del mercado “Benito Juárez y la Plaza de la “Cuchilla” tan solo quedó una plancha de lodo.
Recuerdo haber visto los deditos de algún niño asomados en el fango.
Mi madre y yo nos encontramos por indulto de Dios en un camino que se había salvado:
Nos fuimos, no teníamos nada que recoger.
Sin más ataduras corrimos para alcanzar al camión que nos llevaría a buscar otro destino.

Leticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.
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