He despertado otra vez
con una amarga sensación a crudo,
y unos ojos hinchados que no ven más allá,
de estas cuatro paredes sin futuro.
Voy a escaparme de todo,
envuelto en nubes de aguardiente puro,
voy a escapar de mi jungla,
envuelto en el fuego de este dolor tan agudo.
Los de Abajo.
Me he buscado por las calles y los bares,
me he buscado por tugurios y arrabales,
me he buscado por doquiera que yo voy,
y no me puedo hallar.
Soy un pobre vagabundo, mi reino no es de este mundo.
No me hallo, por más que le hago, no me hallo.
Julio Haro.
En medio de una mañana muy calurosa, húmeda, teniendo como mudos testigos a un par de moscas impúdicas queriéndose aparear y llevando a cabo el ritual literalmente en la punta de su nariz; él regresó de su línea mortal, de su coma etílico. La camiseta que transpiró la noche entera y ungida con marcados rasgos de la última cena a medio digerir y de manchas sanguinolentas venidas de su rostro, dan matiz a la fotografía perfecta para el génesis de su autocompasión. De súbito le llegó el suave pero picante aroma del escenario montado; rapsodia bacteriana hedionda (mezcla de alcohol, jugo gástrico y algunas otras cosas como ayocotes a medio digerir) ayudada por la súbita marea de calor matinal sin aire que la ventile; ésta es, una de esas mañanas donde no circula auto alguno, cuando las gallinas desaparecen de la faz de la tierra y nadie más, aparte de ellas, sabe cosa alguna acerca de poner huevos.
El primer indicio de que el anterior había sido un día difícil era el dolor lumbar que apareció al momento de levantarse de su camastro, y que de súbito le recordó a más de dos camareros del bar del que fue expulsado, pateándole el organismo. Esos animales pensaron que bien que él podría saldar dos veces la cuenta por el estado estúpido que presentaba, digno de un tomador consuetudinario de su calaña, esto es, de grandes ligas. Obvio, los patines en costillar, zona lumbar y rostro (a punto de dejarlo tlanquesho) fueron por haberlos mandado a chingar a su madre ipso facto al llegar la segunda cuenta (borracho, no pendejo).
El primer presagio de que hoy tampoco sería envidiable, fue al momento de ir a evacuar, aquella labor relativamente fácil por la soltura de intestinos que por estrés, por coraje, por tristeza, por el alcohol barato o por la andanada de tacos grasosos al pastor alemán que se refinó, venían hasta gorgoreando. El problema viene para cuando opta por limpiarse, en el primer movimiento que comienza un par de centímetros atrás del último pliegue del escroto, y que culmina en plena cavidad anal; instante en que los dobleces de papel higiénico ceden ante la presión excesiva de los dedos, dejándolos atascados en la pintura ocre más primitiva de la que dispone la humanidad.
-¡Puta madre, nomás esto me faltaba!- musita apretando la mandíbula y conteniendo entre dientes amarillos y desaseados una andanada de maldiciones, larga como rezo de 5 misterios. Esto, después de encontrarse con la novedad de que , al momento de bajarle la palanca al baño, el sonido hueco del sapo del inodoro, en repetidas ocasiones burlábase de él, indicándole que no tendría agua para limpiar el servicio, y por ende, ni para lavarse las manoplas de beis.
Como alcahueta, la noche misma evitó que otra peripecia le ocurriera; tuvo suficiente con la zapatiza de los tragacuandohay con filipina blanca. Pero hoy ya es otro día. Ahora, no sólo su vida se encontraba atascada en la majada, también su mano que recargaba en el muslo en un ademán que bien recuerda a un falso pordiosero con flojera. Con el pantalón en los tobillos, da cuenta de la ausencia de sus calzones (de Quito Ecuador) e inmediatamente comienza un lapsus angustia, al no recordar la manera en la que perdió la prenda referida.
-¿Qué importa? A estas alturas, ¿qué más puedo perder? -
No siente nostalgia por recordar a alguien en específico. Es la soledad que abrasa la voluntad, que corroe las pretensiones a diario, como agua buscando su cauce, que erosiona a su paso (si chinga puentes y caminos…). Es ese vacío en las entrañas que siente; no por haber vomitado ante el exceso grosero de alcohol, ni por las patadas futboleras que le hicieron sonar como perro bailarín, ni su mano marinándose en estiércol, tampoco la falta de dignidad, autoestima y calzones. Es la falta de esperanza; esa que se pierde caminando descalzo en el asfalto; que se extravía como moneda fugándose de la bolsa rota del pantalón; esa que se deja como teléfono móvil, olvidado en la barra de alguna cantina. Esa que se lleva el viento como hoja suelta, cuando te encuentras sentado en alguna banqueta ahogado con tus recuerdos. Esa que crece como las uñas y el cabello de la indigencia; que te hace llorar inexplicablemente como puberta víctima de su progesterona. Los sueños se pierden como la imagen reflejada en el agua, al caer una piedra; cuando de improviso despierta y lo arrancan de los brazos de Morfeo.
El tiempo no para aún cuando el escenario brinda esa sensación y el calor creciente que no se aliviaría con un ventilador (aire caliente circulando), así como nada para curar, ni aliviar paliativamente de momento el síndrome que le atañe. Quizás la muerte…

Hugo Islas (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) radica en Puebla, es amante de la música y las letras.
No me hallo/ El personal/
Cruda soledad/ Cuca/
Cuando su reloj falló/ Los Daniels/
Nada / Zoe /