Al pecho de la calle se le ha sellado, justo en el centro, una línea de acero; es algo parecido a los rieles de la vía del tren. Esta vía no es ferroviaria, por ella no avanza a grandes velocidades un tren de carga o pasajeros. Por sus hendiduras se desliza un bastón, el bastón lleva un ojo en el extremo; mismo, que, se aplica a la vía. La mano que lo dirige debe de empujarlo con fuerza para evitar que este salga de la raya; de ser así, el ojo perderá el control. Solo algunas calles tienen esta línea y,  para encontrar otra que haya sido sellada y hendida de plata: habrá que caminar a ciegas, en medio de titubeos, rodeando,  y de regreso sobre las mismas. En ocasiones estaremos al borde del abismo o,  en medio de un torbellino a causa de nuestra condición.

No todo es tan malo; en el ir y venir nos tropezamos con algún incauto como nosotros. Nos sonríe, creemos ver en él, el final de nuestra angustia; con la resulta de unir nuestra ceguera a otra: (mal de todos   consuelo de tontos)

En medio de toda esta trifulca, tampoco advertimos la brújula de los demás sentidos. Sumidos en el piso, estropeamos la evolución; al grado de terminar el ciclo vital: encorvados de tal forma que,  nuestro aspecto demuestra una desmedida testarudez.

Dejamos de percibir los momentos fugaces de la tarde, el despilfarre de aromas universales, aún las intromisiones, de leves o fuertes hedores que,  han de provocar el desbalance en el ánimo de la citada armonía, en el aromático cosmos.

Los perfumes de las horas, de cualquier hora, despejan sin darnos cuenta: algunas turbulencias en nuestro doblegado andar.
Sumado a esto…  ¿qué decir del contraste celestial?

¡Trinar arriba, estruendo abajo!

Erectos y, en el punto ciego; el resplandor nos doblega:


Empinados buscamos…  el agujero que absorbe y nos conduce al oscuro mundo.

Leticia Daz Gama

 

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.