“Dicen que por las noches de luna llena te conviertes en perro. Dicen que eres nagual.” Beto no me contestó. No le molestaba la pregunta. Continuaba tejiendo su atarraya con hilos de seda, moviendo una y otra vez la aguja de madera. A veces murmuraba sonriente, contando la malla para no equivocarse, meneando su joroba anudada a la espalda, como los nudos que apretaba en cada entretejido. Faltaba poco para el clímax de la luna y él despreocupado.

La gente dice que es hechicero, brujo, nagual, que por las noches de luna llena sale de su casa convertido en perro negro, corriendo por la calle hasta llegar al río. No tiene amigos, nunca nadie se ha acercado a su casa de jonote, ni escarbado la polilla en la única silla de madera, ni han visto el barro tiznado de las ollas en el fogón o el chical colgado de la viga de yagua. Algunos se imaginan que sobre un tapanco hace sus actos de magia, que por eso en las noches de luna llena la palma se incendia con una especie de brillo, y después lo ven saltar convertido en perro y su casa volver a la oscuridad. La gente que lo mira se esconde y no asoma la cabeza hasta que el sol está bien caliente.

Dicen que en ocasiones lo han perseguido con machetes y palos sin poderlo alcanzar, ni las piedras tocarlo; que sienten las piernas pesadas, como si hubieran jalado una carreta durante mucho tiempo y que, al siguiente día, Beto no pasaba por sus casas por temor a que lo apedrearan, o para no manifestar algún vestigio de su nagualismo. A la tercera mañana aparecían pescados abiertos por mitad, escurriendo la salmuera con el sol. Desde entonces piensan que se convierte en perro para atrapar peces.

“Ya se está acabando el pescado”, le dije. Beto encogió los hombros para indicar su despreocupación.

Siempre lo encuentro en el mismo lugar, tejiendo una atarraya y contando las mallas para saber dónde poner una creciente. A pesar de que habla poco no se molesta con mis preguntas, solo me mira por el reflejo de sus lentes amarrados a la cabeza con un hilo de seda. Nunca le ha interesado la pluma en mis orejas, ni ver de frente mis enormes ojos, para no sentirse comprometido a confesarme su secreto. Tal vez por eso me entretiene con el zangoloteo de su joroba.

“Nada más te alcanza para unos días, para los mismos que faltan mientras llega la luna llena”. No le dije eso para molestarlo, solamente buscaba que me confesara sus facultades para capturar peces, secarlos y comerlos todo el tiempo.

Nunca habla de su familia ni de su pasado. Nadie sabe desde cuándo llegó a ese lugar. La gente dice que cuando reubicaron el Chamizal ya estaba la casa, pensaron que nadie la habitaba, pues la hierba crecía poco a su alrededor, tal vez por las sombras del zapote, los capulines y los naranjos que la ocultaban, luego notaron las luces en la palma, el perro negro trotando por la calle hasta perderse en el río y, más tarde, los pescados secándose al sol en tendederos de pita. Dicen que se llama Beto. Nada más. Así oyeron cuando le gritaron en una ocasión, pero nadie supo si fue a él porque en ese momento otra persona atravesó veloz entre los mangales. Algunas veces le pregunté su nombre, pero nunca me respondió, por eso sigo llamándole Beto.

“Casi el mismo tiempo, ¿verdad?”. Continuó sin responder, pues estaba seguro que yo sabía el tiempo que faltaba. Muchas veces lo vi con pescados en el hocico; lo seguí desde el río hasta su casa. Sin embargo sé que le gusta mi amistad, por eso nunca me ahuyenta.

Esa vez salí de su choza, como en otras ocasiones, sin despedirme. Nunca he podido presenciar el incendio de su casa ni verlo convertido en perro atravesando el Chamizal hasta la ribera. Solo lo he observado en la playa, donde saltan los peces que saca del río.

Esta noche de luna llena también pasará lo mismo: arrojará los peces a la playa, los veré saltar con sus escamas de luna. Él no me ahuyentará porque soy su amigo, y porque sabe que los búhos no comemos nada de los naguales.

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