“La cena está lista”─ Se dijo para sí misma Emilia mientras desataba el delantal blanco amarrado a su cintura. Con pasos lentos se dirigió a la alacena, cogió un plato extendido y se sirvió una pequeña porción de su pasta con granos de elote y chile poblano recién horneada.Golpeaba el plato con el tenedor cada vez que intentaba llevar la comida hasta su boca. Sus manos temblaban demasiado debido al frío deplorable que albergaba su enorme casa. ¡Ah, cuánto hubiera deseado tener un nieto que corriera por aquí o por allá!─decía en voz alta señalando la sala y el jardín, esos espacios vacíos que ni los muebles más caros o las hermosas flores pudieron llenar.
Emilia había sido una mujer muy atractiva en su juventud, con un carácter dulce pero autoritario, lo cual, en ocasiones la ayudaba a conseguir lo que deseaba, aunque constantemente caía en el abismo de la soledad, ya que era muy común en ella aburrirse de las cosas y de las personas también.
Aquel día como durante los últimos 20 años, Emilia se retiró a su habitación después de cenar. Subió las escaleras en la oscuridad, ya sin miedo de caerse o de escuchar ruidos extraños. Llegó a su cuarto y sin prender la luz fue a su cama, allí se quedó inmóvil, ni siquiera sus ojos parpadeaban, sin embargo, sólo era el cuerpo el que aparentaba ser un bulto sin vida. Todos los días me levanto con el temor de no encontrarte más, me acerco despacio, temblando y cuando vuelvo a mirarte, no sé qué es peor: ver cómo tu rostro se llena de arrugas conforme pasan los años o pensar que pronto la vejez no se verá reflejada en ti ─pensaba, sin dejar de mirarse en el espejo que estaba frente a su cama.
De repente, se puso de pie como si algo la hubiera perturbado, entrecruzó sus manos y con la cabeza baja comenzó a caminar por el cuarto, recordando la melancolía que la había invadido el día anterior.
Anoche, me senté en una esquina de la cama, tomé el peine y comencé a peinar suavemente mi escaso cabello, quería pensar pero, ¿en qué?, ¿acaso aún tenía algo en qué pensar? Toda respuesta podía ser posible aunque ninguna sería verdad. Te miré, sonreí de forma burlona, y entonces pregunté: ¿qué sería de ti sin mí?, tú me miraste sin contestar y te tocaste el rostro con ambas manos como si apenas cayeras en la cuenta de tu edad. Escuché una carcajada retumbar en mis oídosy me enfadé mucho, ─¿es un juego? ¡Mírate! ─te grité exaltada y continúe─ dime, quién se acuerda de ti ahora, quién te invita una copa de vino o te saluda con un beso en la mano, ¡nadie!─.
Después de pronunciar esta última palabra, Emilia levantó la cara. Su imagen se desgastó en instantes y sus ojos reflejaban la gran nostalgia que había golpeado su débil cuerpo con la fuerza de un titán.
─No puede haber nada más terrible que ver como todo se te va de entre las manos─ dijo Emilia con una voz casi apagada y entonces tomó la posición de una noche antes: sentada en la esquina de su cama.
─Eres tan hermosa como tu madre.
─Gracias papá, pero… no me mires así.
─Así, ¿cómo? ─Respondió él sonriendo y continuó─ no temas, yo jamás te haría daño, sólo quiero demostrarte cuánto te quiero, ¡anda, ven rápido!
Me acorralaba en sus brazos y me llenaba de besos la cara, ─ ¡déjame!, la gente me está esperando─ le decía un poco aterrada. Tranquila, no pasa nada – decía él─. Me recargaba sobre la pared con fuerza, metía sus enormes manos debajo de mi playera y tocaba mis pezones con las yemas de sus dedos. Los rosaba una y otra vez hasta que éstos se endurecían.Era aún muy pequeña para entender, así que, cuando regresábamos a casa todo lo había olvidado o fingía que lo hacía. Muchos días fueron así o con diferentes caricias. A veces, sólo se recostaba en la cama y me abrazaba fuertemente guardando silencio. Me sentía incomoda, odiaba que se atreviera a tocar mi cuerpo, sin embargo, no lo creía malo, lo quise y todavía lo quiero.
Los recuerdos comenzaban a llegar de nuevo a su memoria, todo lo que escondía a la luz del sol, salía siempre desafiando a las sombras. Ella gritaba sus miedos, con un llanto incontenible, pero no dejaba de mirar a la otra.
─Quítate esa bata─ le ordenó aquella ─.
─No entiendo, ¿para qué?─contestó Emilia.
─Quiero asegurarme de que la piel se gasta.
─Está bien. Sólo permíteme mantener la vela apagada, me da vergüenza y…asco.
─ ¿Por qué? Si bien sabías que llegaría a pasar.
─ ¡Sí!, aunque no por eso me resigné. ¿Cuántas veces este cuerpo fue adorado noches enteras y cuántas más lo desearon muchos hombres?
─No lo sé─dijo sonriendo la otra─.
─Pues muchas─contestó Emilia desesperada─. Jugué a hacer el amor muchas veces y otras, simplemente lo fingí. Era estúpida y me gustaba saber que creían hacerme explotar con sus besos y sus caricias sucias y urgidas, ¡pobres!, no querían aceptar que era el dinero de su cartera el que me excitaba y me hacía gritar.
El silencio marcó el final de aquel diálogo absurdo, pero después de una larga pausa Emilia continúo.
Mi vida fue siempre un juego, el día a día una oportunidad para comenzar de nuevo, una oportunidad que me negué a tomar. Todo fue miedo, dolor y miedo. Prefería jugar con ellos, hacerlos felices una noche o unas horas dependiendo de cuanto pagaran y después decir: “siguiente” ─Emilia hablaba en voz alta sin temor de ser escuchada, pues bien sabía que sólo lo muros y los muebles la acompañaban y ellos, no dirían nunca nada, además quien no conocía a fondo su historia no tenía derecho de juzgarla. Sin detenerse a reflexionar sobre lo que llevaba tiempo contandocontinuó ─el primer hombre en mi vida no necesitó tener nombre, él era lo que me enseñaba: nada es perenne, lo que empieza tiene un final.A su lado recorrí los primeros metros del camino.
─Prométeme que jamás me dejarás.
─No hija, yo nunca te abandonaré.
Sólo los recuerdos merecían discreción, solamente ellos hacían callar a Emilia, para que luego, pasado el efecto que le provocaban, pudiera continuar relatando su historia.
Una mañana desperté y él ya no estaba, se había marchado sin decir adiós. Nunca volvió.Mi corazón sepultó al primer hombre en mi vida y con él se fue más que un montón de lágrimas, se fue mi confianza en las palabras y en eso que el hombre llama “felicidad”.Sin embargo, mi camino no fue diferente en su ausencia, quise aferrarme a lo que alguna vez planeó para mí, tal vez, de esa forma lo sentiría cerca.
Después de haber sufrido con aquel abandono, caí en la trampa una vez más: amé sin condición alguna, conocí a quien simplemente pudo darme minutos de cariño y un sinfín de frases de amor: “Tengo un regalo para ti, cierra los ojos y acércate despacio a tu ventana, ¿ya viste que bonita luna hay?, es tuya, te la regalo”.
─ ¿Me quieres?
─Sí, mucho, aunque eres la mujer más necia que he conocido.
─Que importa, así me quieres y así te quiero.
─Pude haber cambiado la vida que llevaba si eso me hubiera dado la certeza de que estaría a su lado mucho más que unos cuantos días, pero no, él también me dejó atrás.
─No quiero ser el segundo, tercero o cuarto en tu vida, así que prefiero que seamos sólo amigos. Alguna vez dijiste que yo era tu amor platónico, pues piensa que eso soy.
─Pero por qué, no lo entiendo. Dices quererme como yo te quiero, entonces por qué no dar una oportunidad a lo que sentimos.
─No funcionaría, no insistas.
Anoche mientras continuaba peinando mi cabello, recordando los porqués de mi existencia, el sabor de mis aventuras, mis amoríos de antaño y a aquel hombre que me regaló unas cuantas horas de su amor,como lo hago ahora, noté que mis ojos se veían cansados, mis manos temblorosas apenas tenían fuerza para hacer que los dientes del peine tocaran mi cuero cabelludo. Mi piel se ha gastado, perdió color y grosor, mis senos se han caído al igual que mis nalgas. Las ganas de vivir han expirado, sólo quedamos tú y yo, o mejor dicho, lo poco que queda de ambas.
Las horas de la noche transcurrían lentamente y Emilia seguía en el mismo lugar sin pretender siquiera dormir, cerrar sus ojos era como emprender un viaje que no tenía fecha de regreso. Levantó la bata, que sin saber en qué momento había caído al suelo y cubrió con ella su cuerpo. Se puso de pie frente a la intrusa, le dijo adiós y dio media vuelta.
Por primera vez en mucho tiempo sintió miedo, angustia y comenzó a cuestionarse: ¿por qué te dije adiós?, ¿a dónde iré que no estés tú?, ¿qué será de mí sin ti?La última pregunta causó estruendo en su mente, tuvo ganas de buscar a la otra, de verla una vez más. No había dado ni un solo paso y ya sentía el miedo aterrador de dejar a la intrusa. Si no te veo, ¿cómo sabré que aún existo?─le preguntó─.
Volteóhacia donde ella estaba y no pudo evitar derramar una lágrima.
─Eres lo único que me queda, la persona que no me abandonó a pesar del tiempo ni de cuánto daño le hiciera. Sigues aquí, cruzada de brazos, esperando a que reaccione y vuelva a ti ─le gritó excitada.
Cansada, se acostó Emilia, sin poder alejar de su mente la lágrima que vio resbalar por la mejilla de la otra y mirando el techo de su habitación se cubrió de oscuridad, de esa oscuridad lúgubre y misteriosa.
Los recuerdos venían a mí con más frecuencia, las paredes de mi cuarto eran retratos de los seres que habían estado en algún momento de mi vida y que por razones justas o injustas se marcharon de mi lado. El nudo en la garganta era insostenible.
─No trates de esconder lo que sientes. Déjalo salir – gritabas ─ tal vez mañana sea demasiado tarde.
Mis lágrimas no eran de dolor, más bien de felicidad, porque en un instante vi mi vida transcurrir, recordé y recordé con alegría los momentos buenos y malos. Me sentí libre de cualquier pensamiento y culpa, era como si me estuviera purificando de todos los sentimientos negativos que me había encargado de ahogar en el pecho. Así, me mantuve hasta el momento en que olvidé todo.
Los ojos de Emilia aún estaban húmedos cuando dejó de hablar, sus manos álgidas se quedaron cruzadas sobre su estómago y su cuerpo yerto sólo medio tapado con una sábana. La noche calló, el viento no soplaba más, la luna alejó su brillo de la ventana de esa pobre vieja, que se durmió con miedo esperando el amanecer para correr de nuevo a buscar a la otra que vivió enclaustrada en el espejo.

Patricia Estrada Torres cursó estudios de Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.