Breve la vida, apenas para vestir y quitarse el saco
de la casa a la oficina
entreacto, compromisos de trabajo, escapes
tiempo determinado
para el finiquito de un espejismo.
Leticia Díaz Gama
La calle está formada de casas cotidianas por aburridas, sus moradores son igual a sus construcciones: dos ventanas y una puerta, justo donde los ojos y donde se abre la boca; no hay más en las pálidas caras o en la pared olvidada desde hace años. Las capas de cal y piel se les han secado al sol y al infortunio, mostrando su historia como una resma de papel, hojas estropeadas por el humo que pulveriza poco a poco los días.
El edificio que infringe el orden de las casas está al final de la calle, mira desde lo alto y bifurca sus muros, uno da a la avenida que conduce al centro de la ciudad; el otro, por el contrario queda en una cerrada donde converge la misma gente desde hace años. Muy de vez en cuando llega un nuevo inquilino y si esto acontece es fácil advertirlo.
Al medio día las mujeres se detienen a perforar la vida de los vecinos; comparten de oídas, voces y cuentos. A veces son dos o tres las adivinas de los anhelos. Cuando el sol las apremia como un delincuente que osa arrebatarles la carne, cortan el hilo que teje la boca. Así enriquecen los días, diluyen el deseo: el suyo en el ajeno.
Son las seis de la mañana, la oscuridad predomina; el sol no deja al cíclope que lo habita avisar que se han de apagar las lámparas que iluminan la noche. El invierno prolonga la discusión con el afán.
En la cerrada, los sonidos se reducen para preponderar los ladridos de los perros, así como algún golpe ininteligible.
En ese marco se instala el alba, sacude su cabellera luz; sortilegio que acaricia el cristal de las ventanas.
Un hombre llegó hace días, vive donde termina la calle, en el edificio que traspasa como un adolescente la estatura baja de los hermanos.
Sale a la calle, camina, zigzaguea, sacude la cabeza, frunce la frente, aprieta los labios, por último gruñe hacia adentro, luego suspira dando paso a la frustración. Cuelga las manos en los bolsillos de la chamarra y; con la mirada en el pavimento, parece buscar lo perdido.
Lo invade un sopor como de enfermo. De un cien, solo tres monedas, la juventud dejó de ser su aliada, lo echó de su propia casa.
Sin dinero, enjuto y comprimido ya no pudo pagar el título alquilado: “padre de familia”
-La vi llorar delante del juez, decía ser víctima de mis injurias
-¿Cómo conmover a este extraño, a este hombre defensor de las mujeres?-
-Antes de la jubilación, ella vigilaba mi siesta, todos sobre puntillas, incluso el perro también dormía.
-Ahora me llama “ése”, ya no soy su amor
-No se puede ir en contra de tan apabullantes historias
-Yo mismo me encontraba tan asombrado
-juro que no la conocía
-¿De dónde saco esa falda?-
-Parece que la obtuvo al final de alguna fila
-¿Y ese temblor, y ese moqueo que acabó con la bolsa de los pañuelos?-
-Me enfadan tantas preguntas, pero…
-¿Todo eso hice, en tantísimos años?-
-La verdad no sé cómo me pudo aguantar
-¡Me hizo un monstruo!
-Mis hijos ya no son mis hijos; los dos, ella los tenía en el puño, como quien enarbola un fuete con el que amenaza al impío.
-¿Esto será el declive, el último viaje que emprenda?-
-Llegó el embargo que me cobró la vida.
-La instancia tiene nombre de mujer.
El semáforo lo regresa a la realidad, el color verde da el siga a los autos; en tres segundos sus recuerdos se trenzan en el humo que exhala el escape de un camión; como un analgésico de eficacia instantánea traga en seco y suspira… una muchacha cruza la avenida.
Leticia Díaz Gama amante de las letras radicada en Puebla, México.