El lugar de reunión era el mismo de siempre: oscuro y escondido. Nunca me había importado el viejo mobiliario, la puerta desvencijada, el sillón mugroso y con más de un alambre de fuera. Hoy me importó mucho menos.

 

Nos abrazamos por última vez. Habíamos resuelto ponerle punto final a esta historia de amor tardío y prohibido. Era el último beso: despacio, como dos adolescentes  juntamos nuestros labios con ternura y dolor. Así permanecimos hasta que la pasión se apoderó de nosotros. Poco a poco reconocí la urgencia inaplazable de su lengua. Olvidamos lo que nos rodeaba, que éste era nuestro último beso.


Todo desapareció: el entorno, la luz que se filtraba por los cristales sucios, el viejo mobiliario, la puerta desvencijada, la presencia de alguien que cortó cartucho para hacernos saber que, en efecto, éste era nuestro último beso.

 

Isabel Díaz Ángeles es bióloga de profesión y aprendiz de escritora.