LA EMBOSCADA

                      Por: Alejandro Tamariz Campos*

La lluvia caía constante, el frío de la madrugada ya te estaba calando los huesos, y sobre todo te estaba congelando las manos, la retrocarga podría encasquillarse, y entonces, sólo te quedaba la super fajada al cinto, ya casi no se oían los cuetes del pueblo, mañana de seguro todos iban a estar ocupados matando puercos unos, y comprando la carne para los tamales otros, entre ellos tu madre.

En la familia del aserrador, cual festejo, ahorita mismo están chillándole al cuerpo tendido en esa casa miserable, y ya estarían dispuestos la cruz de cal y las tablas para velarlo, de seguro ya habría ido el Agente subalterno del Ministerio Público a levantar el acta, a dar cuenta de que había sido asesinado por sorpresa, por la hendija de la cerca de tarro, que te permitió meter la retrocarga, y agarrarlo a dos metros, acostado en su catre, de seguro verían los cables cortados por el disparo, esos mismos cables que le permitieron ganarse la vida aserrando cedros, no le permitieron salvarle de este asesinato, la muerte le había segado la vida como a un árbol, nomás que a este no le sacarían tablas ni leña, este se iba a podrir todito.

                                 

                                  

Todavía recuerdas la plaza del viernes del todo santos de hace un año, a tu hermano entrando al billar con la tejana y la pistola fajada, los botines boleados, el cinturón de hebilla de ceromonel, y con esa mirada de cabrón que se cargaba, tomando cerveza siempre sin emborracharse, con una desconfianza que se sentía en cada movimiento suyo, lento, agazapado, muy difícil de sorprender. 

Por eso cuando lo mataron, tuvo que sacarlo un amigo de confianza, sabían bien que matarlo no era cosa fácil, siempre traía dos cargadores para querer bien a cualquiera, y quien sabe cuanto le dieron al aserrador para convencerlo. La cosa es que lo sacó al camino real, antes de cruzar el arroyo, antes de llegar a la posa del Paso, adonde te bañabas con los cuates, y donde bañaban a los caballos, ahí dicen que lo estaban esperando otros tres, y ahí de repente lo agarraron y lo apuñalaron hasta cansarse, sin darle tiempo de nada. 

Cuando lo fueron a levantar, tenía la cabeza apenas pegada al cuerpo, lo degollaron cuando agonizaba, algunos dicen que todavía se alcanzaron a oír sus gritos, los forcejeos con esos fulanos, le quitaron la pistola, pero ni un solo disparo hubo, se desangró en silencio en las hierbas amargas a un lado del camino que están en la cerca de alambre de púas de la huerta de naranja de Don Melitón Sánchez. 

Ahora la lluvia arrecia, oyes unos pasos que te interrumpen el recuerdo, de seguro te encontraron el rastro, o alguien te vio cuando corriste bajando la zanja, por las raíces que sobresalen del cerro de piedra negra que impide que se entierren a las mandarinas, y les dio tiempo de armarse hasta los dientes y de seguirte, oyes las pisadas cerca, están muy cerca y en dirección tuya, vienen por abajo del camino, ya no da tiempo correr, como estás de entumido y de friolento sería inútil, vas a disparar hasta que se mueran los más cercanos, y en la balacera vas a correr hasta llegar al cantil, si llegas, es probable que te escapes, ya se mueven los matorrales, es un caballo, apuntas a la dirección del ruido, calculas el movimiento, y sale un toro cebú, con otros tres novillos. 

Hace tanto frío que te acuerdas de ese café caliente con las gordas de chile verde recién salidas del comal, un plato de frijoles y un padezco de cecina, hasta hartarse, eso habías comido ayer al medio día, pero ahora ya el hambre hace saliva en la boca. 

Tamales piensas, tamales de puerco, o un molito, mole de guajolote y tamales de alverjón, chocolate caliente, pollo en pipián, aguardiente y cervezas frías, con el sabor de la comida de día de muertos, entre el olor de la flor de cempasúchil, el incienso y el copal, al altar y el olor a velas quemándose, el olor a pólvora de los cuetes quemados en las calles frente a tu casa. 

No los comerás hasta el otro año, porque si bien te va, en una hora te largas por el cantil hasta la sierra, y volverás si es que no te achacan el muerto a ti, porque si se dieron cuenta, no podrás volver a pisar el pueblo en un buen tiempo. 

Pero valió la pena piensas, ya no aguantabas la rabia que se te amargaba en la boca, como si fuera el sabor a la sangre derramada de tu hermano que desde hace muchos meses te hacía masticar tu coraje, porque tu hermano no estaba solo, ahora estas tú, y a ti no te interesa la justicia ni la cárcel para esos hijos de la chingada, esto sólo se resuelve con las armas, así se ha resuelto desde tu abuelo y desde tu padre, y no vas a ser el cobarde que se quede de manos cruzadas, cuando ese cabrón se pasea en las cantinas como si nada. 

Tenías que hacerlo, y con este ya van seis que matas, y si llegaras a necesitar dinero, volverás a matar, como decía tu tío, nunca robes, si necesitas dinero mata a un cabrón, pero nunca robes, como si fuese el emblema de la familia, como el escudo familiar que cuelga en las puertas de tus parientes, asesinatos, venganzas interminables, y un odio constante que sólo se sacia con sangre, con un juicio sumario que acaba dándole más altares a San Lucas, el santo de los asesinados, y un paria más, un proscrito, un tipo que huye y desanda sus pasos en caminos por los que nunca debió pararse. 

De esta te salvarás, porque confundieron el disparo con los cuetes del día de muertos, y mucho tiempo después supieron que tu lo mataste, inclusive tu le harás mañana la caja, se lo van a achacar a los Trujillo, todavía volverás a comer mole y tamales, y sólo te sacarán los soldados preso para Villa Juárez por muchos muertos más, algunos que no mataste, ya cuando tu leyenda sea grande, ya cuando “El FENA” sea tan temido que sea insoportable para este Mecapalapa de 1960. 

Mas de once hijos regados por donde quiera, con un corrido, múltiples caídas a la cárcel, ocho machetazos en el cuerpo y en la cara, preñando a una mujer y a su hija al mismo tiempo, de pistolero, comprador y vendedor de armas, y de carnicero de puercos, y de pocas ocasiones de carpintero, así te ganarás la vida, así te ganarás la muerte. 

Nunca mataste a alguien de frente, siempre fue en las sombras, siempre un trabajo bien hecho, y nunca alguien será capaz de cobrarte una sola muerte con la misma moneda, tus fantasmas te rondarán y será peor esta sentencia de mantenerte vivo y verte envejecer, y ver pasar tu gloria marchitándote en un claustro polvoriento de culpas y de recuerdos añejos, con ron intentarás pasarte esas palabras, esas que te dijeron como y cuando murieron, “El José Nene”, “El Teban”, y todos tus cuates de andanzas, como si la sentencia fuera dejarte vivo de testigo, mejor hubiera sido morir con el frió penetrar de las balas.  

Pero no, la justicia es más cabrona de lo que piensas ahora, nunca sabrás como va a llegar la muerte, y esta tampoco va a asomar la cara en forma de enfermedad o de presentimiento, ahora seguirán las andanzas, hasta que un lejano día, soleado, tranquilo con la brisa otoñal de Puebla, una emboscada estará dispuesta, y te va a tomar con un amigo y con un hijo tuyo, y la muerte te apretará la garganta, lentamente. –Siento que me estoy mareando Raúl-; en unos minutos te tome la vida, a pleno día, de frente, y se lleve tu tan ajetreada vida sustentada por tanta muerte. 

Vale por mi Tío Pancho, en esta historia que no es verdad, pero que tampoco es mentira.

* Alejandro Tamariz Campos (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.