El cielo de veras que no es éste de ahora
el cielo de cuando me jubile
durará todo el día
todo el día caerá
como lluvia de sol sobre mi calva.

Mario Benedetti.

 

El teléfono despertó de su letargo… en la tercera llamada la mano de Laura descolgó el auricular. Su piel intensificó el tono apiñonado, los labios entreabiertos le dejan un hueco. Con los ojos avispados trata de adivinar el lugar desde donde Mike habla; la sorpresa provoca su alergia; en un estornudo millones de gotitas llueven  sobre la alfombra.

Mike había anunciado su llegada en un par de semanas más; ahora la llama,  la espera en el centro, frente a Sanborns, tiene dos días en la ciudad.

Una curva traza la calle y en lo que parece su principio, de un lugar profundo lo ve acercarse: es uno, es todos, ayer, hoy,  rostros que viven; reviven en él. Su corazón se expande,  privatiza con su halo la lía de hermanos. Tropiezan con la gente, son como ciegos en la calle, todo les estorba ante la prisa de encontrarse en el abrazo. Mike empuja la puerta del restaurante y cede el paso a Laura. El pequeño pasillo que da acceso al bar está flanqueado por vitrinas llenas de cristal que en sus cortes tienen la orden de plagiar los destellos de la noche. Cinco pasos para llegar a la escalera con igual número de peldaños.

El bar atrapó la noche; sobre las mesas hay velas, tiemblan furtivas e indiscretas alisan  contra el techo rubia cabellera. La mesera se acerca. Mike ordena sin consultar a Laura:

-café y pay de queso-

Las palabras llevan prisa. Sin orden para establecer el diálogo, chocan, sin esperar la respuesta a sus interrogatorios.

En la mirada de ambos los recuerdos se anegan, el tiempo adelgazó la epidermis  del alma, lo cotidiano fragmentó el deseo, fue fácil triturar la farsa, un hombre se quedó sin hijos.

Los hermanos se nutren de condolencias han llegado desde el fondo de los empeños, fraternos se ofrecen dulce acritud.

Mike ha regresado a casa, Laura percibe olor de moho, piensa en los hombres que se humedecen por dentro.

Laura sacude la cabeza, el polvo de ayer se aleja.

La mesa redonda se llena de planes, edificaciones sobre cimientos huecos.

- me siento suspendido en el aire-

Laura recurre al oficio femenino, hilvanar costuras de hombres rotos.

-En este pedazo de mapa, lejos de tu costa tienes casa.
Ocupa el silencio en limpiar, descansa la lengua.
En cada recoveco te vas a encontrar-

Afuera  la tarde se fatiga, se arropa.
Gris, el día tiende su sabana, bosteza vaho frío, empuja la basura sin resentimiento, lista la pausa, tal vez mañana… transcurren los días, uno, dos, quince.

Mike se atraviesa, la angustia lo sigue con su navaja, el corazón a fuerza de la herida lo delata.
Llega a la casa sin mirar las calles que pisa.
Los faroles alumbran hastío vencido.
Las paredes están pintadas de blanco silente.

En otro lugar el teléfono irrumpe con un timbrar antiguo, molesto; la mañana  llega a ocupar su turno. Laura cobra deudas a la noche y deja sobre la almohada su angustia enmarañada.

Laura descuelga el auricular:

La comunicación es mala, el zumbido y aleteo de una mosca le dan al momento el sentido de realidad, Laura está angustiada, escucha por un instante, sólo emite una frase:

-Mike no te vayas, espérame-

Frente al espejo se refriega los ojos, lamenta no poder borrar el azul grisáceo que le hunde la mirada.

Laura da salida a tantos poquitos acumulados. Antes de salir en busca de Mike, llora.

En el departamento de Mike dos cajas representan la espera, quizá  estén llenas de su conciencia flagelada.

Laura no encuentra las palabras; durante el camino a casa de Mike pensó en cómo convencerlo de quedarse y ahora se repliega en sus mocedades.
Detiene los pasos sobre el tapete de bienvenido, así como los golpes sobre la puerta que le han de avisar a Mike de su presencia.
Laura  se arregla (las mujeres llevan consigo un reflejo), humedece el cojincillo del dedo índice y lo aplica en las ojeras, acomoda su peinado de forma que le oculte la palidez en las mejillas.

Sentados frente a frente armonizan recuerdos.

La tarde transcurre, Laura se despide.
Las palabras claves no salieron del escondrijo.

El invierno llega a la ciudad, se unifican las actividades, la gente camina más de prisa; busca en los aparadores todo aquello que soborne su fragilidad.

El comercio cumple los más preciados deseos, los días transcurren afectados por la publicidad, formando en los sentidos nubes que esconden un año lleno de sobresaltos.

Mike camina sobre sus vestigios.

Sueña que en las manos le crecen flores, un goteo con grandes intervalos las mantienen húmedas y rojas.

Enero no ha llegado sobre montura de reyes.

 

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