HOMBRE:
Nunca le prometí nada. Eso lo supo desde el principio. Sabía del daño que se le podía causar a tres pibes chiquitos que no tenían la culpa de que el padre se calen…, bueno, se enamorara de otra mujer.
Iba a su departamento los jueves, cuando salía de las reuniones del comité. Sonaba convincente que nos quedáramos con los muchachos hasta altas horas tratando de arreglar el mundo.
Un departamento chiquito alquilaba. Lleno de boludeces: cajitas, animalitos de cerámica, caracoles, cuadritos. Tenía un afiche grande del Che arriba de la cama.
Te digo que no es fácil acostarse con una mina bajo esa mirada.
Lo que la volvía loca de mí era mi labia. Cuando yo hablaba, se le insinuaba el hoyuelo en la mejilla izquierda… entornaba los párpados y dejaba escapar una chispa de esa luminaria de ojos celestes que portaba.
Esa chispa era suficiente para encenderme la sangre. Entonces yo me enca-ramaba a mi discurso como un jinete a su corcel encabritado, y como en los westerns, terminaba pasándome a los caballos de la diligencia, que, aclarando la metáfora, venía a ser ella misma.
Yo sé que tuvo muchos tipos. Pero yo fui el primero.
Un par de veces intentó cortar, aduciendo que nunca iba a poder hacer su vida. “Si tu vida soy yo” le decía. Y le preguntaba si le hubiera gustado más estar en el lugar de mi mujer.
Una mina inteligente. Militante. Con una sensibilidad…
Si me hubiera hecho caso, hubiera llegado lejos.
Pero no. Todas terminan aflojando. “¡Casi veinte años esperándote!” Me gritó. ¿Esperándome? Si yo siempre estuve.
Que quisiera satisfacer su instinto maternal era problema de ella. Yo ya había tenido por demás con tres.
Ahí está. Casada. Con un tipo que vende tapas de inodoros. Así lo conoció. Se le rompió la tapa del inodoro, fue a comprar una y el vendedor le tiró un lance. Le ofreció ir a colocársela. Una mina como ella, seducida por… dos pibes tiene.
Yo no entiendo. Una lástima. Por las cosas que son capaces de perderse las mujeres…