- Del Sueño a la Poesía -
 

I
Cuando despertó, ella ya no estaba, sólo sus brazos tenían el recuerdo de su cintura, y aún quedaba el aroma de su cabello sobre las sábanas, cerró los ojos con mucha fuerza, como si así hiciera que volviera a aparecer su figura junto a él, quiso por un instante pensar que el despertar fue un sueño, y que ella continuaba en las dunas de su soledad, en la aridez de su amor sediento, pero todo fue inútil, ella definitivamente no estaba más, se llevó su amor y sus besos, se llevó esa enorme ternura que convertía su tierra árida en un jardín de flores, que hacia brotar manantiales de sus recuerdos de cerros de tepetate y cascajo, lejos quedo aquel aire fresco de naranjos en flor y de la abundancia ácida de la fruta en la tierra negra.


“…la veía fijamente mientras masticaba naranjas, y lentamente empezó a imaginar el azúcar en sus labios, y supuso que la dulzura de su voz era fruto de esa enorme cantidad de frutas, dulces y chocolates que comía, así como ese dulzor y esas mieles, se destilaban en el café claro de sus ojos y esa manera de mirar que siempre lo desarmaba, poco a poco empezó a poner más atención en su boca, pero no en lo que decía, ni en el modo de masticar, si no en lo dulce de su voz, aún más melosa en la manera de mencionar su nombre, imaginó su nombre hecho de miel sólida, cristalina, como si fuese una combinación del amarillo miel con el amarillo oro, un metal dulzón transparente, o de miel solida de valor incalculable, así se imaginaba de valioso su nombre, nombrado con aquella boca azucarada, así se esculpían en la ternura de su voz, las vocales y consonantes en un sonido que lo empalagaba, que le deslumbraba con el color amarillo de la miel y del oro de sus palabras, así la veía esculpiendo un monumento sonoro de miel dorada de naranja, casi podía oler su nombre de aquellas palabras, casi podía olerlo como esas guayabas moradas que cortaba en el campo, como el olor fermentado del mango criollo de sus tierras calientes, como huele la tierra con las primeras gotas del aguacero de junio, como huele el jobo asoleado en las gramas bajas, así de fermentado le olía su nombre saliendo de aquellos labios carnosos, como si su boca fuera una molienda y su nombre cañas de azúcar, como si su voz fueran miles de abejas sonoras y sus letras fueran extrañas grafías fonéticas de polen amargo de flores recolectadas por su atención y su voluntad de nombrarlo, destilando un dorado dulce sabor de…”


Se dio la vuelta, y tomo un cigarrillo, había un silencio verdaderamente insoportable, así que prendió el televisor y puso algún canal, como si así no se encontrara solo sin ella, como si ese contenido, imagen y sonido cualquiera, le acompañara en su abandono, le atenuara un poco su ausencia, porque efectivamente, ahora estaba sin ella, y nunca más volvería a verla, así que pensó entonces en el aroma de su pelo, el olor de almizcle de su cuello, y se concentró en no perder detalle de su aroma, de la tersura de su piel, de lo rosado de sus mejillas, quiso memorizar a detalle la horma de su cintura en su brazo derecho, del sabor tibio de sus labios, de la frecuencia de su risa que se parecía a una cascada sobre piedras negras cayendo violenta en estruendoso choque acuoso, arrítmico, sincopada, a destiempo como disonancias atrevidas de una improvisación desatada por el tropel, por el carácter típico de los latinos, como si la memoria le rindiera un tributo cantado en elegías y romances, en cantos épicos a esos amores heroicos, como aquel canto del himno patriótico a ese amor secular y perverso, ese canto al amor que no está de acuerdo a la ley civil ni a la ley religiosa, aquellos amores paganos y profanos, que no se conocen, si no en estas memorias sumamente particulares, y sumamente solitarios, a estos amores que no impulsan la poesía ni el arte formal, si no a esta memoria del tiempo, que no son fuente de grandes novelas ni de grandes aprendizajes, si no solamente de un misterio indecible, inexpresable, solo audible con el silencio agazapado de la memoria del recuerdo, como este recuerdo que estaba construyendo, que estaba forjando de este material con el que están hechos los sueños.


“…un sabor de metal, un sabor de sangre en la boca, a contraste del placer, del sabor dulzón de su recuerdo, le quedaba el amargo sabor de su ausencia, le quedaba un sabor de vacío, como si el estómago retuviera su angustia, su desesperación de ella por no tenerla más, un hambre y una sed de ella, la enorme desesperación del tiempo que se iría estirando cada vez más lejos de aquel amor, de su amor, hasta que solo queden ruinas, como esos viejos cascos de hacienda de sus tierras frías, donde quedaban vestigios de la vida, aquí quedarían vestigios de este amor, de su vida, de sus vidas, de ese enorme misterio que hace conspirar el universo para que se unan por no sé qué cosa, como se unieron en estas tierras áridas que a fuerza de sudor de llenó de flores, y que ahora en su ausencia, volvía a quedar condenado el terreno a las espinas y a los venenos que se producen en los desiertos, a la terrible soledad de una tierra avara que no da nada, solo el sabor amargo que deja la soledad de ella, como si fuese la tristeza que viste la tierra cuando Deméter se interna en el hades, así quedaban estas sabanas tibias, solo a suspirar por ese regreso, pero sin la esperanza de que llegue la primavera a estas tierras, que serían desierto sin ella, que probablemente conducirían a la locura, como las apariciones fantasmagóricas de los espejismos de aquellos oasis falsos, mentirosos, más producto del deseo que de la realidad, elogio de la locura, y de la desesperación, como la de esta ausencia, enorme y silenciosa…”


Dio un suspiro profundo, que le hizo doler el pecho, más aún del dolor que de por si tenía clavado como una espina de huizache, sintió el cuerpo adormilado, pesado, como si no tuviera ganas de abandonar el lugar y el recuerdo, como un viejo que se aferra a su tierra porque en ella desando sus mejores pasos y sus mejores glorias, así el sendero del dulce de sus labios en sus palabras, y en su inmensa ternura, y al fin, se levantó del campo, se despegó del recuerdo de sus caricias, para empezar el primer día sin ella, el primero de varios días, quizás el punto cero de aquel amor, para medir el tiempo en términos de ese amor, para fechar la historia desde antes de ese amor, o después de ese amor, para seguir ahora en el tiempo y espacio que parecían inimaginables, los días sin ella. Valdría decir, que ese día, lo empezó con el pie izquierdo.

 

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* Alejandro Tamariz Campos es egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

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