
12 de enero de 2022
Agente encubierto
Víctor Pimentel sostenía que los crímenes a mujeres en Ciudad Juárez se debían a extraterrestres. Tan peregrina afirmación era apoyada por la revista Hermes. Una de esas publicaciones que abordaban cuestiones paranormales.
Y que nadie, o casi nadie, se atrevería a tomar en serio. Si alguien tuviera la paciencia de leer sus artículos, se sorprendería. Se sorprendería muy poco al revisar los argumentos esgrimidos, carentes de originalidad y llenos de clichés. No había nada que hubieran escrito autores de la talla de Frank Edwards o Brad Steiger.
La inventio era la misma de siempre. El autor aducía fotografías de supuestos platillos voladores que coincidían con los lugares donde se habían cometido los crímenes. Era obvio que se trataba de las típicas imágenes borrosas tomadas con alguna cámara desafortunada. Pimentel se valía de la negligencia y ocultamiento de las autoridades para sostener la existencia de un complot de grandes proporciones en el que imbricaba al gobierno mexicano en un acuerdo secreto con alienígenas. Según el periodista, el Estado les daría permiso de hacer experimentos con mujeres a cambio de tecnología para extraer petróleo.
Como dije, nadie o casi nadie, tomaría en cuenta a tales sujetos. Quizá mi afirmación tuviese efecto en un país civilizado, pero en éste, definitivamente no. Y es que en México, las publicaciones como Hermes, se insertan bastante en la cultura popular. Nunca pude entender por qué tenía que venir a esta ciudad tan solo por un escritor sensacionalista. Y es que era mucho lo que estaba en juego. Ahora mi cabeza pende de un hilo. Un peligro que nunca imaginé me acecha ahora, y eso que presumía conocer todos los riesgos de mi profesión.
Confieso que estábamos implicados en los crímenes de Ciudad Juárez. Era un asunto que siempre me desagradó y del que nunca quise tomar parte. Los juicios éticos de tipo personal no cuentan en nuestro negocio, y es que la seguridad nacional tiene prioridad, tiene prioridad por encima de cualquier otra cosa. Como dije, el motivo de nuestro viaje se debía al charlatán Pimentel. Nuestra misión consistía en secuestrarlo para averiguar cierta fuga de información.
Para tal propósito adaptamos una bodega en Casas Grandes como casa de seguridad. Teníamos respaldo del gobierno mexicano al que también le preocupaba el asunto, por lo que delegó en nosotros la solución. Mi función era totalmente periférica y se limitaba al registro de cada paso en la operación.
Recuerdo que caía nieve y la extensión de esa bodega me daba la sensación de estar en alguna base del Polo Norte. Por aquellos días mi escenario se limitó a los pasillos y rincones repletos de artefactos inútiles de aquel lugar. Esa noche me encontraba sentado, fumando y rascando la pared con mis pies cuando Víctor Pimentel llegó escoltado por los muchachos. A decir verdad nunca esperé que fuera un hombre de aspecto insignificante. Su estatura era demasiado baja.
Craig y Williams, quienes se encargaron de raptarlo, eran infantes de marina altos y fornidos que hacían parecer al invitado como un niño escoltado por el maestro rumbo a la dirección.
La enorme gabardina café y el sombrero de ala ancha le daban un aspecto anacrónico. Parecía un personaje arrancado de los años cuarenta. El tamaño de sus lentes, fondo de botella, hacían parecer ridículos el bigote y la boca, que apenas y se veían. Más que periodista parecía un burócrata. Uno de esos sujetos sumidos en la mediocridad, y de los que suelen encontrarse en cualquier dependencia de gobierno. De aquellos que no pueden evitar manifestar su resignación al anonimato.
Fue conducido a una habitación acondicionada como celda. Durante las siguientes horas sería interrogado por el director Harry. Desde mi asiento podía escuchar su fuerte y violenta voz, parloteando un español bastante tosco.
Parecía monólogo ya que nunca pude percibir la voz del prisionero en ese rato en el que me mantuve haciendo figuras de humo con el cigarro. Al terminar la sesión, el director salió con un rostro descompuesto por la ira. Se apresuró a reunirse con los demás miembros del equipo para discutir futuras acciones, me dejó a mí a cargo de la vigilancia.
Ingresé a la celda por pura curiosidad. No dejé de sentir pena por el hombre al verle en tal estado de indefensión. Estaba sentado con las manos esposadas por atrás, mirando hacia el suelo. Tomé una silla y me senté frente a él, y entonces me dirigió la mirada. Observé que en la mesa contigua había números de la revista Hermes. Tomé un ejemplar para examinarlo. La portada estaba dedicada a uno de los artículos de Pimentel, en donde se veían unas luces con fondo oscuro que eran difíciles de distinguir de unos fanales de automóvil en la noche. El título decía Ovnis en Ciudad Juárez. Más claves en torno a las muertas. Estuve hojeando su contenido por unos momentos. Luego me acerqué a él para quitarle las esposas y el ofrecí un cigarro. Yo encendí otro mientras veía como le temblaban las manos, haciendo que le a la boca. Había muchos aspectos de la cultura mexicana fuera difícil llevarse el cigarrillo. Había muchos aspectos de la cultura mexicana que desconocía, y francamente ignoraba: ¿Si aquí, los magos y charlatanes tenían que creer sus falsas doctrinas por falsas que fueren. Nos miramos por largo rato hasta que se atrevió a preguntar:
- ¿Qué va a pasar conmigo?
- Eso dependerá…- Respondí con mi español mejor que el de Harry. Y abriendo otra vez la revista comenté que él no estaba aquí por sus excéntricas ideas acerca del fenómeno OVNI, sino por mencionar nombres que no debían ser revelados. En sus escritos mencionaba a nuestros contactos en el gobierno y la policía mexicanos. Además de que los implicaba peligrosamente en el asunto de Ciudad Juárez. Lo que queríamos era conocer el nombre de su informante en la organización. Traté de convencerlo de que más valía que cooperara. Mientras le explicaba la situación, noté que su nerviosismo aumentaba. El miedo apenas lo dejaba hablar.
Al concluir me levanté para rondar por el cuarto y esperar así una posible respuesta. Pimentel preguntó si éramos de la milicia.
- La gente del ejército siempre tiene una marca. – me dijo. Entonces me senté otra vez frente a él.
- ¿Sabes qué es un asesino serial? Es uno delos peores monstruos que pueda haber. Durante mucho tiempo estudiamos su conducta. Nuestros criminalistas registraron cada detalla de su manera de operar, de su conducta, motivaciones y formas de matar. Son las máquinas de matar más perfectas que hay. Dotados de una inteligencia superior al promedio. Pero usted cayó en el juego, porque se dedicó a difundir rumores de extraterrestres asesinos.
En ese momento Williams y el director Harry irrumpieron en el cuarto. Tenía que retirarme para dejarlo en manos de ellos. Al levantarme del asiento, Víctor me agarró del brazo por unos instantes.
- No soy más que un títere…
Regresé a mi puesto para escuchar los gemidos que después vendrían de la celda, sin embargo, no podía dejar de pensar en lo último que me había dicho el periodista. Había algo pertubador en sus palabras. ¿Qué habría querido decir?
Se decidió la ejecución del prisionero a las doce de la noche. Yo seguía sentado en el mismo lugar. Leía el Washington Post cuando vi a Craig acercarse a la puerta preparando su arma. Desde entonces todo se volvió borroso. Sin sentido. Solo conservo la memoria de algunas cosas que pasaron después. Recuerdo a Williams correr hacía nosotros, gritando que Pimentel se había salido de la celda. Luego vino aquel terrible sonido de campanas que nos aturdía. Aquel sonido era como si campanas de varios tamaños, cientos de ellas, resonaran al mismo tiempo. Una figura gigantesca, monstruosa que se asomaba por la ventana. Lo último que recuerdo era que estábamos fuera del almacén y que Harry le disparaba a algo. Luego me veía corriendo en la nieve. Y eso fue todo.
Víctor Pimentel siguió publicando como si nada hubiera pasado. Y ahora mi cabeza pende de un hilo. Por un lado, la Agencia sospecha de mí, y por el otro, alguien me utiliza. De una cosa estoy seguro y es que Víctor Pimentel es un cadáver viviente, con dos disparos en el pecho y que está siendo preservado para ser movido por los hilos de una mano inconmensurable.
Nicholas Gutiérrez Pulido, integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin