En una choza muy humilde, muy lejos de la civilización global vivía una familia campesina dedica a la siembra de granos y hortalizas. Todos ellos compartían la comida y se dividían el trabajo, a la hora de estar juntos el mayor de edad y jefe de familia les decía a todos con voz cansada,  pero llena de sabiduría: “de lo necesario que nos falta lo justo nos dará la vida”.

Los hijos  trabajaban a la par de su padre observando la experiencia que tenía y no importaba el amanecer lluvioso, trabajaban hasta el atardecer tempestuoso y aunque la familia entera de ese hogar tenían sumas necesidades eran felices, no les alcanzaba la noche para dormir y el día no era suficiente para trabajar.

En sus ojos brillaba el deseo de ver la aurora y de contemplar la luna, todo eso se daba porque en sus rostros maltratados por sol y sus manos duras y toscas se encontraba el valor oculto del trabajo y  el valor oculto de la felicidad.

Cada  día eran  los mismos  esfuerzos, luchar por lograr la cosecha de los sueños,
único  propósito de alcanzar. Los padres siempre inculcaron a sus hijos el trabajo y les enseñaron que en sus manos dependía el crecimiento y futuro de los granos.

La  comunión que existía entra la familia y la siembra se transformaba en un milagro que con muchas ansias esperaban todos juntos: la cosecha de los granos.

Todo lo anterior fue como una película que pasó en segundos por su mente, fue lo último que pensó, fue lo último que imaginó, la cuerda se tensó y el musculoso cuerpo del verdugo tiró la palanca que cegó la vida del hombre que en su infancia aprendió la lección de lo necesario y lo justo.

Leobardo_Cruz_Magario_3*Leobardo Cruz Magariño (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es abogado y amante de la lectura y la poesía.

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