Verona Urbana resurge como una fiesta de colores y sonidos. Carnaval de máscaras extrañas y luces intermitentes.

En las sombras que proyectan las luminarias amarillas se reinventa noche a noche una historia interminable.

Mirándose de lejos, Romeo sigue a Julieta, a toda velocidad.

Corren para llegar a tiempo, antes de que amanezca, en sus camas de niños deben estar.

Se miran y sienten que todo comienza de nuevo. Se despiden con un beso, sabiendo que es el primero de un capítulo más.

Él trabaja mucho.  Ella estudia… para dejar de pensar. Tratando de hacerse fuertes y sintiéndose  cada día más débiles y sin voluntad.

Pero zozobran al estar separados y al estar juntos...igual. No necesitan que se odien sus familias, los abismos entre ellos surgen de su infierno personal.

Ni la eterna Rosalinda, ni algún aspirante a Paris ocasional pueden separarlos pero tampoco hay nada que los una jamás.

Sin entender y sin escuchar…a Romeo le falta valor y simplemente se va.

Julieta nunca lo entiende y sobre sus lágrimas brillan las luces de la ciudad.

No hay veneno que acabe con el dolor, no llega la locura jamás, y despierta cada mañana casi sin desearlo, por costumbre y nada más.

Dejando pasar el tiempo y contando siempre con los favores del azar, encuentran la forma de decirse tres palabras…nada más.

En esta Verona Urbana y en plena modernidad, donde los finales no existen, Romeo y Julieta dejan puertas abiertas para poder regresar sobre sus propios pasos y volverse a encontrar.

Es inacabado, loco y absurdo, más no por ello puede terminar. Es sólo el amor que no muere, por más intentos, por más distancia…resiste sin menguar.

Romeo grita en la ventana de Julieta, ella se asoma…sin encontrarlo jamás.

Mónica E. Pérez García es maestrante en Educación en la Unversidad Marista y Psicóloga por la UAM-X

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