Patricio era un maestro poco convencional. Gustaba de convertir su salón de clases en un autentico laboratorio del pensamiento. Cada día al entrar a él, escribía en la parte más alta del pizarrón y con letras grandes:
“Hasta donde quieres llegar hoy”
Acto seguido daba la bienvenida a sus alumnos diciéndoles que la clase del día era la fiesta del saber y que como tal había que disfrutarla.
A pesar de que sus alumnos apenas cursaban la primaria gustaba mucho de plantearles retos que les hiciera comprender que eran parte del mundo y que ellos tenían un compromiso con su comunidad.
En una ocasión pidió a sus estudiantes de sexto grado que pensaran en una idea para transformar el lugar en que vivían y que lo pusieran en practica. De esa forma, el grupo inició campañas ecológicas de limpieza de parques, jardines, de su escuela. Fueron con el presidente municipal para pedir un lugar seguro para que ellos pudieran jugar, en fin...
Patricio tenía fama de revolucionario por tal motivo no siempre era muy bien aceptado por su director que no podía entender como ese maestro de pequeña estatura sacaba a los alumnos en horas de clase a medir la cancha, o el por qué a cada rato pedía permisos para llevarlos al campo o a los museos en lugar de enseñar como se debe y como lo hacían los demás maestros: dentro del aula y con las bancas acomodadas en filas perfectas.
A pesar de las continuas reprimendas, Patricio no cambiaba. Él amaba su profesión pero la concebía de manera diferente. No creía que él tuviera que enseñar; por el contrario, estaba convencido que los alumnos tenían que aprender y que el aprendizaje solo llegaba cuando se descubría por el esfuerzo y la iniciativa individual. Por eso, continuamente cuando alguno de sus estudiantes le preguntaba algo, lo animaba a que el mismo encontrará la respuesta diciéndole: “el saber esta en ti”.
Cada vez que empezaba un curso escolar les decía a los niños que la escuela era como una gran cazuela de mole y que de ellos dependía con que pieza del guajolote se conformaban ya que del alimento que obtuvieran dependería que tan lejos llegarían en el camino de la vida.
En general, todos sus alumnos lo estimaban porque siempre tenía para todos una palabra de aliento. Se preocupaba por sus problemas y buscaba platicar con ellos. En el recreo jugaba con ellos y quienes lo veían siempre decían que parecía un niño.
Al terminar su trabajo en ocasiones visitaba a los papas de sus estudiantes para comentarles sobre sus avances y la mayoría de las veces visitaba orfanatorios y asilos acompañado de una guitarra con la cual trataba de hacer más llevaderas los ratos de soledad que en ocasiones acompañaba a los niños y viejitos que en ellos vivían.
Otro de sus pasatiempos era el de visitar hospitales para platicar con los enfermos. Quienes lo trataban se sorprendían de su optimismo a pesar de que su vida de ninguna forma había sido fácil.
Patricio no conoció a sus padres y fue educado en un orfanatorio. Pocos sabían que había pisado una correccional de menores porque en dos ocasiones lo sorprendieron robando hasta que guiado por un maestro se prometió no volverlo a hacer jamás.
En homenaje a ese profesor que tanto lo había ayudado decidió seguir la misma profesión . Al poco tiempo de graduarse se casó; sin embargo, a los dos años su esposa falleció victima de una enfermedad terminal.
Las navidades para Patricio eran una época que le inspiraba mucho y siempre buscaba contagiar a sus alumnos de ese sentimiento.
Este año había decidido hacer algo diferente y a sus alumnos de sexto les propuso “Dar sentido a su Navidad”
Sí, además de la frase “hasta donde quieres llegar hoy”, el último día de clases, antes del receso escolar, Patricio anotó como tarea “Dar sentido a tu Navidad”. Los alumnos le interrogaron sobre qué es lo que debían hacer; a lo que él les respondió:
- Piensen en que es para ustedes la Navidad y según lo que piensen que es realicen acciones congruentes con ello.
La Navidad de Patricio no fue diferente a la de años anteriores. Con su aguinaldo, compro suéteres que llevó al asilo, les llevo una piñata a los viejitos, les organizo una posada y cenó con ellos. Después, con su guitarra cantó algunos villancicos y algunas canciones de Agustín Lara.
Antes de la medianoche, Patricio estaba de regreso en su hogar. Frente al retrato de su esposa rezó, platicó, lloró, rió y se durmió pensando en que habrían hecho sus alumnos.
De regreso a la escuela, Patricio pidió a los niños dijeran como habían hecho la tarea.
Carlos fue el primero en alzar la mano. Con voz firme dijo:
- Para mí la Navidad es la época de los regalos, así que junto con mis papás fui de compras y en la noche de Navidad los abrí todos y me puse a jugar con ello.
Carmen comentó:
- Para mi la Navidad es la época en que todos arreglamos la casa con moños y cosas bonitas así es que junto con mi mamá y mis hermanos compramos muchas cosas para adornar el arbolito, el nacimiento y la casa.
Martín intervino y dijo:
- Mis papás son muy católicos y como la Navidad es la celebración del niño Dios, la noche de Navidad nos la pasamos en la Iglesia y después nos fuimos a cenar un enorme pavo.
Uno a uno Patricio fue escuchando a sus estudiantes y con desilusión se percato que ninguno de ellos entendía el sentido de la Navidad hasta que Gabriela, una niña, de estatura mediana, que raramente intervenía, comentó.
- Yo platiqué con mis papás y les dije que la Navidad era la época en que la esperanza nace cuando alguien decide nacer para dar su vida por la salvación de la humanidad por lo que los invite a honrar ese acto de generosidad compartiendo con aquellos que menos tienen por lo que visitamos un orfanatorio y yo lleve a los niños los juguetes con los que ya casi no jugaba; ahí llevamos nuestra cena y la compartimos con todos los niños. Definitivamente, cuando salimos del orfanatorio, mis hermanos y yo coincidimos en que esa había sido la mejor Navidad de nuestras vidas.
Un gran silencio se apoderó de todo el salón. Ya ninguno intervino. La campana sonó y todos los niños salieron al recreo. Sus rostros reflejaban una gran luminosidad. Compartieron sus alimentos, jugaron juntos y no se pelearon.
Patricio, desde una ventana sólo esbozo una sonrisa. La Navidad llegaba a su escuela en enero y esperaba que ahí se quedara todo el año.
*Juan José Cesín Vargas es catedrático del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla, autor de los textos: "Educación para la vida y formación permanente: Futuro de las Escuelas Normales” y “Coro Normalista de Puebla. 45 años de alimentar el alma con sus voces”
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