juan jose cesin vargasEl invierno había llegado. El viento frío soplaba recorriendo una a una las pocas calles de San Matías, un pequeño pueblo enclavado en la sierra poblana.

Desde una ventana, María contemplaba el deambular de las gentes. Familias completas desfilaban por aquella calle.

Las risas se confundían con el silbar de la ventisca; mientras que, a paso presuroso, los padres cargaban el árbol que durante toda la época navideña ocuparía el lugar de honor en su hogar.

Dos lágrimas rodaron por las mejillas de María. Los recuerdos llegaban uno a uno a su cabeza. Sí, hace apenas un año atrás ella caminaba por esa misma calle de la mano de sus papás en busca del anhelado árbol. Un chocolate caliente era la recompensa después de la travesía. Después, recordaba María, pasaban horas juntos adornando el árbol y poniendo el nacimiento.

Este año las cosas habían cambiando. Las matemáticas restaron un miembro a su familia. Octubre con su viento otoñal se había llevado a Patricia, la mamá de María, y con ella muchas otras cosas.

Pedro, su papá, se sumió en la más profunda depresión. Apenas si hacía caso a su hija. Después del trabajo se pasaba horas caminando por el parque del pueblo. Su caminar era lento mientras sus ojos examinaban cada milímetro del suelo.

Cuando Pedro llegaba a su casa, una mesa perfectamente puesta lo esperaba junto a su hija que dormitaba en una de las sillas. Generalmente, Pedro no probaba alimento. Cargaba a su hija y la dejaba en su cama mientras que él tardaba horas en conciliar el sueño.

En la mañana, al despertar, María siempre se hacía las mismas preguntas:
¿Por qué su mamá tuvo que irse tan pronto?
¿Por qué ella, a sus diez años, se sentía tan sola?
¿Por qué su papá se había olvidado de ella?
¿Por qué la Navidad se había alejado de su casa?
¿Por qué en su casa no había un árbol de Navidad?

Como todos los días, Pedro se levantó temprano. Se arreglo, dio dos sorbos al café que le había preparado María y salió rumbo a su trabajo. No recordaba que aquel día era 24 de diciembre. Desde la partida de su esposa, para él todos los días eran iguales: solos y sombríos.

María tenía la esperanza que su papá la buscaría temprano para buscar el árbol de Navidad para después decorarlo juntos. Sin embargo, dieron las seis de la tarde y Pedro no llegaba. Como era su costumbre, al salir del trabajo, Pedro cabizbajo recorría el parque esperando que el tiempo apresurara su marcha y las horas pasasen más rápido de lo habitual.

Cansada de esperar, María tomó una decisión. Sorprendería a su papá, iría al bosque y traería el árbol más bonito. Se decía que seguramente con el regreso de la Navidad a su casa, la tristeza abandonaría a su papá y ella, también, volvería a sonreír.

Armada de optimismo partió rumbo al bosque; camino y camino observando todo lo que a su paso le rodeaba. En el trayecto vio muchos árboles. Todos ellos hermosos pero todavía ninguno le entusiasmaba tanto. De pronto, quedo frente a un frondoso pino que despedía un aroma a paz que le recorría todos sus sentidos. Sí, se decía a si misma; éste es el árbol.

Pedro llegaba a su casa un poco antes de las diez de la noche. Abrió la puerta y se dirigió a la cocina esperando encontrar a su pequeña hija dormitando sobre una silla junto a una mesa perfectamente bien puesta. Su sorpresa fue mayor al percatarse que María no estaba. Recorrió cada rincón de su casa, buscó en el pequeño jardín más María no aparecía.

Angustiado, Pedro salió a la calle a buscarla; preguntó a cada uno de los escasos transeúntes; tocó en cada puerta pero la respuesta era la misma: nadie había visto a María.

En su desesperación meditó sobre lo que había sido su comportamiento durante el último año. Sí, había dejado sola a su hija, el pedacito viviente que su adorada Patricia le había dejado. Se culpaba por haberse sumido en la tristeza sin pensar que María estaba viviendo algo similar y el no estaba para consolarla, para ayudarla, para salir adelante juntos. Ahora parecía que también la perdería.

María contemplaba el pino mientras un aire gélido recorría todo su cuerpo. No sabía como llevarse aquel hermoso árbol y tampoco sabía como regresar a casa. Pensaba en su papá y también en su mamá, en lo felices que eran juntos. Estaba cansada, su pequeño ser temblaba y a cada minuto se sentía desfallecer. No pudo más. Muerta de frío y miedo cayo junto aquel pino que, seguía pensando, regresaría la felicidad a su hogar. La sombra de la muerte se dejo sentir en aquel paraje cuando una pequeña luz bajo de lo alto y tomó a María junto con el frondoso pino bajo el cual descansaba.

Con los pies cansados de tanto caminar, con el ánimo por los suelos y el rostro desencajado Pedro emprendió el regreso a casa. El reloj de la iglesia de San Matías dejaba oír las doce campanadas que anunciaban la media noche.

Pedro abrió la puerta y un juego de luces lo deslumbró. Rápidamente se dirigió a la sala y para su sorpresa un hermoso pino decoraba su casa y junto a él, exactamente acostada a sus plantas como un gran regalo de Navidad, dormía su pequeña hija con un rostro azulado por el frío.
Emocionado Pedro corrió hacia ella para abrazarla. María despertó, y todavía temblando, al ver el árbol exclamo: ¡papá, papá llegó la Navidad! ¡Otra vez seremos felices!

Al ver el entusiasmo de su hija, Pedro alcanzó a decir: si hija ha llegado la Navidad y yo no me volveré a alejar de ti. Mientras se fundían en un abrazo, con gran asombro vieron como una estrella levitaba hasta posarse encima del árbol y en medio de una luz ambos vieron como Patricia sonreía mientras agitaba su mano despidiéndose de ellos.

Dos golpes en la puerta interrumpieron a María y a su padre. Al abrir una fila de velitas que eran empuñadas por todos sus vecinos quienes con alegres cánticos los invitaban a unirse a sus festejos. Esa noche, María y Pedro jugaron, rieron y se sintieron invadidos por una gran paz.

María encontró su árbol y con él recuperó a su papá.

Pedro se acordó de vivir y recuperó a su hija.

A veces el dolor nubla la esperanza pero siempre existe una luz que nos indica que siempre hay un camino que seguir. Esta es una de las enseñanzas de la Navidad. Siempre estamos naciendo a una vida nueva y de nosotros depende aprovechar todo lo bueno que la vida nos obsequia con cada amanecer.

*Juan José Cesín Vargas es catedrático del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla, autor de los textos: "Educación para la vida y formación permanente: Futuro de las Escuelas Normales” y “Coro Normalista de Puebla. 45 años de alimentar el alma con sus voces”

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