EL MONSTRUO

Por: Fabio Alvarado García[1]   

Hace algunos años, cuando trabajaba en una revista municipal de protección e información social a la ciudadanía, me sucedió algo tan inesperado como inusitado. 

Aunque ya pasaron bastantes ayeres de lo ocurrido, lo recuerdo con bastante claridad y nitidez, que todavía no puedo olvidar el haber sido testigo de una tragedia tan amarga como inusual. 

*  *  *

La Directora General de la revista era una mujer muy profesional y emprendedora.

De férreo carácter, exigía el máximo rendimiento de todos sus empleados. Seca, sin ninguna gracias y sin escrúpulos, era tan triunfadora en su negocio como tan odiada entre sus subalternos. 

De ella podía esperarse tanto lo mejor como lo peor. No siendo madura ni añeja, tampoco era sensual o bella. En medio de tantos atributos le faltaba el más importante: sentirse amada. Tal vez por ello, sus exigencias rayaban en la dureza, e incluso, en la ofensa. 

Corría el rumor de que su marido hacía tiempo que la engañaba con una bailarina de un elegante y conocido centro nocturno. 

La Directora parecía no hacer caso de esas murmuraciones y se concentraba con mayor ardor en el trabajo. 

Sin embargo, después de un tiempo, su marido se mostró cariñoso con ella. Hasta se hubiera dicho que en verdad la amaba. 

Mi labor, dentro de la revista, era la de entrevistar y encuestar al público sobre diversos temas. A veces tratábamos temas como el maltrato intrafamiliar, el aborto, el adulterio, madres solteras; en fin, según fuere el tópico solicitado por nuestra Directora, a petición, a su vez, de las demandas de la misma sociedad. 

De cada trabajo que se hacía se archivaba el cuestionario y la fotografía de la persona entrevistada. La proporción de los entrevistados era aproximadamente de tres o cuatro a uno a favor de las personas de sexo femenino. Debido a los temas manejados por los reportajes eso era de esperarse. 

Mi labor era netamente de campo, y por lo tanto, tenía que salir a buscar las notas que justificaran mi trabajo. Auxiliábame un fotógrafo, buen compañero, que ilustraba mis entrevistas con excelentes impresiones fotográficas. 

Pero déjenme contarles lo que me sucedió: 

*  *  * 

“Esa fría mañana, mi compañero el fotográfo y yo, caminábamos por una calle muy conocidad y transitada buscando indigentes a los cuales entrevistar. El tema que ahora interesaba a la revista era el malamente denominado “Miseria en las calles”. 

Cuando llegamos a un semáforo, observé que casi todas las esquinas que formmaban esos cruces estaban muy socorridas por los indigentes. Bendije a todos los santos por nuestra buena suerte. Si lográbamos entrevistar a todos ellos no habría necesidad de que nos desplazáramos a otro lugar. 

De un plumazo, podríamos terminar la faena, y además, en un tiempo récord. Incluso digno de anotarse an el tan mentado Libro de Guiness. 

Una viejita muy encorvada y con una barbaridad de años a cuestas fue nuestra primera entrevistada. Me acerqué a ella y me presenté:

-Señora, buenos días. Soy reportero de la Revista “Cambios”. Estamos trabajando e investigando sobre el tema llamado “Miseria en Las Calles”. Me gustaría hacerle algunas preguntas relativas a este asunto. 

Barriéndome con la mirada, y sin el menor interés, me contestó: 

-¿Qué quieres saber de mí? ¿O quiere burlarse porque soy pobre? 

-De ninguna manera. Con todo respecto, me gustaría hacerle unas preguntas. Es para completar mi trabajo, sabe Usted. 

-¿Cómo puedo saber eso? ¿Y si me está mitiendo? 

-Vea Usted, es mi identificación- saqué la credencial que me acreditaba como reportero de la revista y de inmediato se la mostré. 

La miró unos segundos, y después me observó a mí, como para comprobar que, en efecto, era yo el de la fotografía en la credencial. 

-Bueno…¿Qué quiere saber? -habló con más confianza. 

Encendí mi grabadora portátil. Una vez que ya estaba en marcha, pregunté: 

-¿Qué edad tiene? 

-¿Es necesario? –preguntó con cierto fastidio.

-Sí –le respondí amablemente.

-¡Uuuuyyy, ya ni me acuerdo. Pero creo que como 72 años! 

-¿Tiene familiares? 

-No, joven. Ya no tengo ninguno. 

-¿Cuánto tiempo tiene pidiendo limosna? 

-¡Uuuuyyy, yo creo que más de lo que Usted tiene de edad, jovencito! 

-Y en éste lugar, ¿Cuánto tiempo tiene de ganarse la vida? 

-El suficiente como par conocer a todos los otros pordioseros y a toda la gente que camina por estas calles.  Mientras me decía lo anterior, con un gesto de su cabeza, señaló a los demás menesterosos que ocupaban las otras esquinas. En todo momento, mi buen compañero no perdía el tiempo. Su cámara fotográfica no paraba de emitir los clásicos zmbidos y siseos de cuando está trabajando a la perfección. 

-¿Son sus amigos? –seguí preguntando. 

-¿Qué dijo? –respondió con un ligero tono de sorpresa. 

-Los demás integrantes, ¿son sus amigos? –repetí. 

-Si lo fuéramos no nos pelearíamos por las limosnas. 

-Entonces, no son unidos. 

-¡Claro que no! ¿Todos tienen sus propios “clientes”. Además, nadie le quita sus “clientes” a otro compañero. 

Continué interrogándola, pocos minutos más, en el mismo tenor, para cumplir con las metas del cuestionario. Al finalizar, no sé por qué, tuve la ocurrencia de preguntarle: 

-Señora , de los otros indigentes, ¿a quién me recomienda entrevistar? 

Pensando su respuesta unos momentos, al mismo tiempo que veía hacia una de las esquinas que estaban a mi espalda, me respondió: 

-Al que Usted quiera, excepto a esa mujer. 

Para no ser indiscreto, giré la cabeza con lentitud, dirigí mi vista hacia la esquina, en la que una mujer estaba sentada, con la espalda recargada en la pared. Esa mujer, a su vez me veía detenidamente. No podía ella adivinar, claro está, lo que la vieja me decía, pero su aspecto, aún a esa distancia, era dolorosamente penetrante. 

Vestía pantalones negros de mezclilla extrañamente muy cuidados y limpios para el modo de vida de un menesteroso. Llevaba una gruesa chamarra, del mismo color que los pantalones, en la misma condición que éstos, y una blusa negra, para variar, cerrada en todos sus botones hasta el cuello. 

Pero lo que hacía particularmente morbosa, bizarra y agresiva a la vista a esa infeliz mujer, era la tosca y grotesca máscara, de un color similar a la piel humana, que usaba para cubrirse el rostro y la cabeza. Podía verse muy corriente, zurcida y remendada con parches de tela, como de ese material con el que suelen hacer sus máscaras los luchadores profesionales para entretener y deslumbrar al público durante sus actuaciones. 

A través de las mal trazadas circunferencias que daban salida a la vista de la enmascarada, dos gotas, tan azules como el más diáfano de los cielos de primavera, percibibles notablemenete aún a esa distancia, seguían posándose sobre mí con el terrible peso de su inmóvil silencio. 

-Dentro de una bolsa de plástico, justo al lado de ella –habló de nuevo la anciana –juto con uno o dos panes, siempre guarda una botella perfectamente tapada. No puede distinguirse el líquido que la botella contiene pero con esas maratónicas jornadas debe de ser alguna bebida preparada con frutas o un refresco para calmar su sed. Pero, figúrese Usted, jovencito, nunca bebe de la botella. 

¡Qué extraño!¡Mendiga y desperdiciando la comida! 

Y eso no es todo. 

Aún falta más. 

Frecuentemente, un hombre de porte distinguido, se acerca a la mujer para dispensarle una limosna. A veces llega a la misma hora, pero no lo hace todos los días. Los va alternando. El hombre estaciona su lujoso auto muy cerca de la esquina. Baja, en unas ocasiones, con cajas y regalos, y en otras, sin nada. Pero cuando baja sin ningún paquete en las manos es porque le ofrece un gran fajo de billetes de alta denominación que la chica acepta y guarda rápidamente por entre sus ropas. Después de eso, el hombre se aleja. Nunca los he escuchado platicar. 

¡Es un misterio esa mujer! 

¡Ni siquiera conozco su voz! 

*  *   * 

Procedí a despedirme de la anciana y caminé, seguido de mi compañero, decidido a alejarme lo antes posible de ese lugar. Para irnos, debíamos de atravesar la calle y pasar muy cerca de la embozada mujer. Oculta y protegida por su horrenda máscara, levantó la cara, y con ella su vacía mirada. 

Sin mover mi cabeza, firé mis ojos y miré los de ella. Quedé petrificado. Ningún brillo de vida animaba su mirada. El más fiero de los tiburones hubiera tenido mayor expresión en sus ojos que esa desdichada. Desprovistos de todo sentimiento, me veían, me escrutaban, me desnudaban, no sólo del cuerpo, también del alma. 

Sólo fueron unos segundos pero quedé apabullado por su hierática mirada. 

Despacio, muy despacio, dejó de mirarme. Bajó lentamente su cabeza mientras pasábamos de largo. 

No pudimos realizar más entrevistas ese día. Regresamos a la oficina y depositamos el material, para su posterior revisión, en el escritorio de la Directora. 

Al otro día, fui llamado a presentarme a la Dirección General. La Directora me recibió con una mal disfrazada alteración. 

Creí que sería presa de uno de los agrios e insoportables arrebatos de mi jefa por no haber podido entregar toda mi carga informativa. Pero, afortunamadamente, no era ese el motivo. 

-Buen trabajo, Señor Pantoja –comenzó la Directora – Fue excelente su entrevista. Pero como ya se cumplió el objetivo de tal investigación  he decidido que ahora se involucre en una tarea más importante. He dispuesto que Usted y su ayudante viajen a la capital del país para realizar unas entrevistas muy importantes con algunos de los Secretarios de Estado de la Nación. Ya tengo las reservaciones del hotel y los boletos de avión para el fin de semana. El viaje está calculado para unos siete u ocho días como máximo. Asigné una buena cantidad de dinero para sus viáticos. Quiero que no carezcan de los recursos necesarios para desempeñar una gran labor. Puede Usted obtener mayores datos e información de su labor en éste sobre. 

Inmediatamente me entregó un sobre que más bien parecía una caja, y por cierto, estaba bastante pesada. 

El viaje duró más de lo que estaba planeado. 

No fueron siete u ocho días, fue aproximadamente el doble del tiempo estimado. Sin embargo, dado el rigor del trabajo, el tiempo se fue como el agua. 

Cuando regresamos a la oficina nos esperaba una insólita noticia: ¡La Directora General había fallecido! 

Durante nuestra ausencia tuvo un fatídico accidente. Al atravesarse una de las avenidas principales, tratando de subir a su automóvil, un pesado trailer la arrolló destrozándola y matándola al instante. 

Durante algunos días reinó la pena e incertidumbre que toda pérdida de un ser humano conlleva. Al esposo, viudo ahora, todo los trabajadores de la revista le dimos nuestro más sentido pésame. 

¿Qué deber social puede ser más ingrato e indeseado que el de dar el pésame? 

No obstante, nadie en las oficinas dejaba de pensar en su respectivo trabajo. Con la ausencia de la fundadora y organizadora de la Revista, perdíase la cabeza, y sin ésta, el cuerpo no puede sobrevivir. 

De esa manera, nadie sabía qué le deparaba el futuro a la Revista. Pero era casi opinión unánime que la misma desaparecería. 

Podíamos ir pensando en buscar un nuevo trabajo. Aunque en mi caso era casi un hecho. Por haber sido tan cercano colaborador de la Directora, mi trabajo dependía exclusivamente de ella. Ahora, sin la presencia de ella, mi función carecía de sentido. Así que, no esperando que me llamara el viudo, renuncié sin más ni más. 

El viudo aceptó mi renuncia. Pero me pidió, como un último favor a mi antigua jefa, que juntara todas sus pertenencias y material periodístico que había en las oficinas. 

Al día siguiente, me presenté muy temprano para cumplir con el encargo del esposo de la Directora. Rápidamente comencé a empaquetar todas las pertenencias de la estricta Directora. Cuadros, libros, revistas, apuntes, archivos, grabaciones y demás objetos que cabrían en la misma clasificación, incluída una botella vacía que al destaparla para oler su contenido despidió un ligero olor semejante al de un ácido muy corrosivo; llenaron un gran número de cajas en el proceso de limpieza que llevé a cabo. 

Casi al final de mi tarea, lo único que restaba por guardar, era un sinnúmero de fotografías que se acumulaban en un enorme archivero. Cuando traté de sacar uno de los cajones superiores, debido a mi pésimo cálculo del peso del mismo, éste se vino abajo con gran escándalo desparramándose todo su contenido en casi todo el piso. Cientos, tal vez miles de fotografías, quedaron esparcidas a mi alrededor. Controlando mi fastidio, me arrodillé para empezar a levantar las fotografías. 

Al principio ni siqueira las veía y simplemente las arrojaba al cajón de mala gana. Poco a poco, algunas empezaron a llamar mi atención. Ahora ya las veía con calma, y enseguida, las depositaba dentro del cajón. Había fotografías de bellos paisajes en lugares remotos, de cumbres empenachadas con nieves perpetuas, de momentos graciosos o chuscos, de autos de carreras en plena acción, de combates de lucha y de boxeo con las muecas más emocionantes que uno pueda ver, de un coro de niños cantando en una presentación, de una bellísima  y exhuberante bailarina de danzas exóticas en diversas psoses provocativas, como: girando la cadera y coqueteando con las manos, con un dedo sobre sus labios pidiendo silencio y mirando sensualmente con sus celestes ojos. También estaban entremezcladas, con todas éstas fotografías, las placas que tomamos durante mis últimos trabajos para la revista. Entre muchas otras, pude distinguir las fotografías que obtuvimos de la anciana que pedía limosna. Mi compañero le tomó impresiones desde muchos ángulos a la viejita: de perfil, de frente, con la avenida como fondo, y de espaldas a los demás mendigos, con ella en primer plano. Sin embargo, había una que turbó mi ánimo. Era una fotografía, con la toma abierta, donde la ancianita no posaba, en la que la mujer misteriosa de la espantosa máscara aparecía extrañamanete cerca de la lente. Podía verse toda la fuerza de su mirada. La frialdad con la que lo hacía acentuaba el añil de sus ojos. No cabía duda de que mi compañero había realizado un buen trabajo. Decidí conservar sólo dos fotografías: la de la voluptuosa bailarina y la de la mujer de escalofriante aspecto. Estaba seguro de que nadie notaría la falta de dos fotografías tan comunes de entre tantas tan bien hechas y de mayor importancia. 

Finalmente, terminé con mi labor y pasé a despedirme del esposo de la Directora. El único pensamiento que ahora me preocupaba era el de encontrar lo antes posible un nuevo trabajo. 

Durante varias semanas busqué un empleo. En el área que yo manejaba y me desempeñaba estaba todo cubierto y muy competido. El único lugar que encontré, como empleo temporal, fue de mesero en un cabaret. 

¡Ni hablar! ¡Algo se tiene que hacer para vivir! 

Al principio, me agotaban en gran medida las desveladas, pues trabajaba de martes a domingo; pero, al poco tiempo, me acostumbré a la vida nocturna y a todas las bondades y placeres que ésta puede brindar cuando se lleva con orden y medida. ¡No existe nada más gratificante y excitante para el cuerpo y el espíritu que las mujeres y el alcohol!

Cierta noche, un hombre totalmente ebrio, sentado junto a una de las prostitutas del cabaret, dormía grotescamente sobre la mesa, entre el líquido derramado de su bebida y manchas de vomito. 

A través de los juegos de luces multicolores, alternados con períodos de penumbra, se podía ver el triste espectáculo que daba ese borracho. Dos de los guardias de seguridad se acercaron a la pareja. Apartaron a la muchacha y levantaron en vilo al parroquiano, llevádolo como se hace con los toreros: en hombros, depositáronlo en una pequeña banca que estaba atrás del centro nocturno y ahí lo dejaron. 

Pareciéndome conocido aquél individuo salí un momento para verlo más de cerca. Al hacerlo, no me costó mucho trabajo en reconocer en ese beodo al esposo de mi desaparecida jefa. Dándome lástima por su situación, hurgué en su pantalón buscando las llaves de su automóvil. Cuando las encontré, rápidamente identifiqué su vehículo. Abrí la puerta del copiloto y después fui hasta él. Rodee su tórax con mis brazos, y jalándolo, lo llevé hasta su auto. Durante el pequeño camino a su automóvil, no paraba de mencionar el nombre de una mujer: Tania. 

*  *  *   

-¡Tania! –le pregunté al capitán de meseros del cabaret cuando volví a entrar -¿Quién era Tania? 

-Mira, muchacho –contestó el capitán después de unos segundos –Es mejor que no te metas en problemas. Haré de cuenta que no me preguntaste.
 

-El hombre que sacaron hace rato era el esposo de mi antigua jefa –expliqué –Cuando lo subí a su automóvil sólo mencionaba ese nombre. Hasta creía que lloraba cuando lo decía. 

-Hummm… ¿Eso decía? 

-Sí, Señor. ¿Cómo cree que lo engañe? 

-Te creo… te creo. Sólo que no quería que nadie lo supiera. Soy el único que queda desde que se abrió el cabaret hace seis años. Pero, por tu vida, ¡promete que nunca dirás nada! ¡Es por la propia seguridad del negocio! 

Emocionado por la curiosidad, contesté: 

-¡Por supuesto, Señor! ¡Prometo jamás decir lo que Usted me diga! 

Todavía titubeando un poco, empezó a decirme el capitán de meseros: 

-Cuando se inauguró el “Walhalla” era un lugar fino y elegante. No como ahora, que es de medio vuelo. Los mejores hombres de la sociedad venían acá. Gastaban grandes sumas de dinero. Nosotros les dábamos razones para ello. Presentábamos excelentes espectáculos con mujeres muy bellas, más que en cualquier otro centro nocturno de la ciudad. Era de esperar que algunso clientes frecuentaran a las chicas. Que salieran con ellas. Incluso que se enamoraran de ellas. Pero tampoco faltaba que las esposas se enteraran creando algunos problemas. ¿Qué querían? ¿Qué sus maridos fueran fieles con esos bombones de chicas? 

¡Al diablo la fidelidad! 

Hubo una chica. La más hermosa potrilla de las que pisaron la pista del “Walhalla” –continuó el capitán –que con su sola mirada embrujaba a quien la viera. Tenía el cuerpo más excitante y exuberante que uno se pudiera imaginar. Bailaba con la fuerza de un huracán y con la gracia de las olas del mar. Se contorsionaba como una serpiente, y al besar, parecía que amaba y mataba al mismo tiempo. ¡Puro éxtasis, muchacho!. Se enroscaba en el cuello de su amante en turno, y llevándolo al paraíso de las emociones, con sus besos, parecía que lo trituraba, pero de sensualidad. 

-¡Vaya mujer! –interrumpí -¿Tan bella era?. 

-Por más que te la imagines no podrías ni acercarte a su verdadera dimensión –prosiguió -¡Era toda una diosa! 

-¿Era? 

-Bueno, es mejor pensar así. 

-No entiendo. ¿Qué pasó con ella? ¿Dónde está? ¿Con quién se casó? 

-Ni una ni otra cosa, muchacho. 

-¿Qué fue de ella entonces? 

-No creo que realmente te interese saber eso, muchacho. 

-¿Por qué no me interesaría saberlo? –pregunté lleno de curiosidad. 

-Mira, es algo que no es muy agradable de recordar, y mucho menos de platicar. Máxime que puede traer situaciones incómodas y bochornosas –habló el capitñan con persuasión, seguido de un profundo silencio de mi parte. 

Todavía no entendía bien el significado de esas palabras, cuando él continuó: 

-Esa mujer, Tania, salía con algunos de los clientes más importantes. Pero con ninguno duró mucho tiempo. Sin embargo, con uno de ellos, salía continuamente. Todos decían que realmente se habían enamorado uno del otro. 

Mientras el capitán hablaba yo le miraba y escuchaba con gran atención. 

-Ella se volvió su amante permanente. Todos lo sabían aquí en el cabaret. Pero lo que nadie supo fue lo que pasó unos días antes de que, Tania, tuviera un grave accidente. 

Tomó aliento por unos instantes y continuó con su relato: 

-La esposa de ese hombre llegó un día, entre semana, a muy temprana hora al cabaret. Como era mediodía solamente me encontraba limpiando el piso y el mobiliario. La mujer se acercó y me preguntó si estaba la mujer que realizaba el espectáculo principal, el del “Infierno”. Así se llamaba el número de Tania que presentaba aquí en el cabaret. Se hacía rodear por un enorme círculo de fuego, que levantaba grandes llamas, con un sombrero que escupía una lengua de fuego, al mismo tiempo que malabareaba antorchas encendidas con sus delicadas manos. ¡Qué portento de espectáculo! ¡Sí señor!.

-Entonces, realmente era única la tal Tania –interrumpí el relato.

-Ni quien lo dude –contestó. Tan única, que no pensó nunce en el futuro. 

-¿Ya murió? –pregunté con verdadera curiosidad. 

-¿Morir?. No, mi querido amigo. ¡Algo peor que eso! ¡Murió en vida! 

-¿En vida?. No entiendo… explícame eso. 

Mirándome fíjamente a los ojos, esperó unos momentos, y de repente, me preguntó: 

-Has visto alguna vez un monstruo?.

-¿Un qué? –pregunté a la vez, desconcertado. 

-Sí, pues. Un monstruo. Un ser casi humano pero no igual. 

-Me temo que no sé qué es a lo que te refieres… pero… no… no he visto un monstruo de esa especie que dices. 

-Después de que se informó lo mejor que pudo sobre Tania, aquélla mujer que habló conmigo se despidió y se fue. Nunca más la volví a ver. 

-¿Pero qué pasó con Tania? –pregunté rápidamente. 

-¡Calma! –se apresuró a decir el jefe de meseros -¡Todavía no termino!. Una de esas noches, Tania tenía que presentar su espectáculo. Aunque era un día entre semana y era malo para las ganancias, la sola mención de su nombre, bastaba para llenar todo el recinto. Sin embargo, llegaron tres sujetos que nunca habían entrado antes al “Walhalla””. Pidieron una mesa del fondo y nadie reparó en ellos. Aunque no parecían de fiar, la velada transcurrió sin incidentes. Ya casi  para cerrar, uno de ellos, habló por largo rato con Tania. Finalmente, ella pareció consentir con los deseos del caballero. Se cambió de ropa, tomó sus cosas y salió… para… ya no regresar… 

Las últimas palabras las que había dicho con una grave entonación. Como queriendo olvidar lo que alguna vez vio.Como si quisiera comprender cómo es que nunca sabemos qué nos puede suceder. 

-Y despues, ¿qué sucedió? –musité. 

Después de encender un cigarrillo y exhalar la primera bocanada de humo, dijo: 

-Empezaba a caer la noche cuando llamaron por teléfono al “Walhalla”. A esas horas, el único que siempre estaba era yo. Tú lo sabes. Soy siempre el primero en llegar y el último en salir. Llamaban del Hospital Santa Teresa. Preguntaron por mí, y al informarles que era yo el hombre que buscaban, me pidieron que fuera para allá urgentemente. Al llegar al Santa Teresa, me indicaron a qué cuarto tenía que dirigirme. Fui caminando hacia allá con enorme preocupación y lleno de incertidumbre. 

Cuando llegué al pabellón al que pertenecía ese cuarto, un letrero indicaba de qué se curaba a los enfermos que ingresaban a él. “Quemados”. Al leerlo se me encogió el alma y mi corazón brincó agitado. Busqué el cuarto que me habían indicado: el 20. Por ser un hospital de interés social, no había puerta, así que, entré sin anunciarme. 

Detuvo su relato un momento y volvió a fumar de su cigarrillo: 

-No podré olvidar nunca la insufrible desdicha de esa muchacha –habló con voz ronca y grave -¡Qué desgracia la de ella!. Desfigurada en toda la cara, el cráneo casi a flor de piel, con toda la piel de sus brazos y manos deshecha; cogíale una enorme quemadura, desde sus pies, pasando por las piernas y las asentaderas, que terminaba a media espalda por un lado y en el busto por el otro. De todas las candentes heridas brotaba una sanguinolenta supura, que al más leve contacto, arrancábanle tales bramidos y quejidos que hubieran echo posible hacer llorar de pena y lástima a una estatua. 

-Sólo la reconocí por la maltrecha ropa que estaba sobre una silla al lado de la cama –siguió. Cuando me vio se soltó a llorar. Lloró y lloró por un largo rato. Lo hacía con tan grande sufrimiento que aún sueño con esos gemidos que ahogaban el alma. Me pidió que nunca dijera lo que le había pasado. Que nunca nadie lo supiera. Lo único que pude prometerle fue cumplir su deseo y que de dinero, aunque fuera poco, durante algún tiempo podría llevárselo. No pude despedirme de ella. Tanto era el dolor de sus heridas que le provocaban atroces espasmos. Una enfermera entró y le inyectó una poderosa droga que deinmediato la sedó. 

Al salir del cuarto un doctor me esperaba. 

Habló conmigo. 

Le expliqué quién era ella y quién era yo. 

Con gran calma, procedió a explicarme el calvario de la chica. Tres hombres, con engaños, la habían  llevado a un paraje lejano. A una cabaña. Ahí la violaron y golpearon salvajemente. Aturdida e indefensa por la golpiza, permanecía en el piso con sus ropas hechas jirones. En eso, una mujer entró y se acercó a la víctima. El doctor supuso eso por los entrecortados comentarios de la chica referentes a que el ruido que producían esos pies al caminar era de zapatilla de dama y no de calzado para caballero. La desconocida mujer destapó una pesada botella y vertió su contenido sobre la humanidad de la víctima. Entre los infernales gritos de dolor que profería la chica por las quemaduras que el líquido le producía podía distinguir las risas burlonas de la mujer. Después de eso, poco recuerda o casi nada. Salvo que la arrojaron a una obra en construcción. Esto puede ser cierto, también supuso el médico, puesto que fueron unos albañiles los que reportaron el hallazfo de la desfigurada muchacha. 

Cuando terminó de narrar todo el jefe de meseros hubo un prolongado silencio. Sólo pude tragar con dificultad mi propia saliva. 

Ya repusto de esa impresión, comenté: 

-¿Seguiste viéndola? 

-Sólo una vez –contestó. 

-¿Qué te dijo? 

-¿Respecto al trabajo?. Pues nada. 

-No. Sobre el accidente. 

Movió su cabeza de lado a lado. 

-No conviene ni es bueno que lo sepas. 

-¿Por qué no?. ¿No soy de fiar? –inquirí. 

-¡Tú sí!. Pero los demás no –apuntó. 

-¿Cuál es el motivo por el que no me quieres decir lo que te dijo ella? 

-Te lo voy a decir, pero que conste que no es invención mía –suspiró convencido –ella me comentó que estaba seguta de que lo que sucedió no era fortuito. Estaba segura de que alguien la había mandado eliminar. Y que, casi  en un cien por cien, ese alguien era la esposa de uno de sus amantes del “Walhalla”. Por cierto, era necesario que yo no dijera nada aquí en el trabajo. Para que no hubiera posibilidad de que esa mujer se enterara de dónde y cómo se encontraba Tania. 

Pensando sobre algo que me parecía extraño, le volví a preguntar al jefe: 

-Oiga, jefe. ¿Tiene Usted una fotografía de la tal Tania? 

Mirándome sorprendido, me respondió: 

-¿Para qué quieres tú una fotografía de ella? 

-Con tanto jaleo y relajo quisiera conocer a la mujer que provocó semantes pasiones. 

No muy convencido del todo, el jefe se levantó de su lugar y fue al cuartito que le servía de oficina administrativa del “Walhalla”. 

-Bueno… ya que insistes… te voy a enseñar una fotografía de Tania. 

Buscó en un cajón de su escritorio y regresó de inmediato. Abriendo el álbum del fotografías de las chicas que habían desfilado por el negocio me señaló una de las páginas centrales. 

-Mira. Esta es… ¡A ver si dejas de molestar con tu curiosidad! 

Con una pose similar a las mejores de Marilyn Monroe la mujer de la fotografía lucía no menos sensual y bella. Aunque a mi gusto la chica de la fotografía era aún más hermosa que aquella famosa actriz. 

Con un atuendo de una sola pieza, abierto en el vientre y por tada la espalda, de material plateado y muy brillante, la dama lucía como una diosa. Con las piernas separadas y haciendo una ligera genuflexión, detenía con una de sus manos, a la altura del pecho, un diminuto plato del cual brotaba una llama incandescente: y con la otra, besábase el dedo índide que tenía colocado sobre sus excitantes labios. 

Su negra cabellera caía insinuadora sobre uno de sus hombros haciendo resaltar el profundo azul de sus bellos ojos. Sus delicados rasgos armonizaban con su figura a la perfección. El cuerpo, de perfectas formas, parecía contonearse al capricho de su dueña, logrando con ello, un mayor impacto a todo aquel que viera la fotografía. 

-¡Qué hermosa! –exclamé. 

-Te dije que era única –apuntó el jefe. 

Durante el resto de la jornada no dejé de pensar en todo lo que me platicó el jefe. No dejaba de ser interesante a la vez de extraño ese acontecimiento. Todo parecía indicar que, efectivamente, lo que le pasó a la bailarina era una venganza. Una vulgar venganza provocada por lo scelos. El misterio radicaba en saber quién era aquél hombre que se enamoró de Tania porque la esposa de ese sujeto era la autoria del bestial ataque. 

De pronto, llegó a mí la luz de la verdad. 

Corrí a la pequeña oficina del jefe y busqué nuevamente la fotografía que minutos antes me había enseñado. 

Mirándola detenidamente, observé alque que ya había visto, pero a lo que no puse atención. 

La hermosa Tania ocupaba casi toda el área de la fotografía, pero ahí, casi en uno de los bordes de la misma, aparecía un hombre que sonreía y aplaudía sonoramente. Ella, con un gesto muy sensual, le pedía silencio. El, por lo visto, no hacía caso y seguía aplaudiendo. 

Ese hombre era… ¡el esposo de mi antigua Directora!. 

Creyendo resolver el misterio corrí de inmediato a mi casa. Saqué las fotografías que tenía guardadas desde que dejé mi anterior trabajo. 

No podía haber duda. La bailarina era Tania. Y de nuevo aparecía en ella el esposo de mi malograda jefa. ¿Pero cómo había llegado esa fotografía a manos de la Directora?. 

¡Los hombres por supuesto! ¡Alguno de los hombres que salieron con ella esa noche fatal! ¡Trabajaban para la Directora dándole información sobre las infidelidades de su  esposo!. 

Tomaron esas placas para confirmar la identidad de la muchacha.

¡Claro! 

¡La mujer que fue a pedir informes sobre Tania no podía ser otra que la misma Directora! 

¡Por eso el capitán del bar la confundió con una de las amigas de Tania y no reparó en darle detalles de la rutina de ella! 

Pero lo que realmente estaba haciendo era confirmar su presencia para esa noche fatídica y ultimar los detalles de su jugada. 

¡Ah! ¡Resultó entonces ser la Directora una vulgar criminal!. 

Pero , ¿cómo murió la Directora? 

Nadie supo la razón del accidente…ella iba a subir a su vehículo cuando… 

¡Por supuesto!. 

¡Tan claro está! 

¡Qué tonto por no haberme dado cuenta antes!. 

¡La Directora murió en la esquina de enfrente de donde pedía limosna la ancianita que entrevisté…Dios miío…frente a la horrorosa mendiga de la máscara! 

¡No puede ser! 

¡No puede ser lo que estoy pensando! 

¡La Directora no trataba de subir a su vehículo: trataba de bajar! 

¿Será cierto lo que estoy pensando? 

El hombre… el hombre que la viejita decía que le daba grandes limosnas a la deforme… 

¡Oh, por todos los Santos! 

¡ERA ELLA! 

¡ELLA ERA EL MONSTRUO! 

Creo tener la respuesta a todo. 

¡La Directora sabía dónde encontrarla!. 

Vio las fotografías de mi entrevista. Así supo cómo encontrarla y decidió acabar de una vez con ella. La botella que encontré debió ser la que usó para guardar el ácido que tiró sobre la bailarina. De seguro la encontró con su esposo, que en ese momento le daba dinero a la menesterosa. No se contuvo, y en medio de su furor, bajó precipitadamente del automóvil. El pesado trailer circulaba por ese lugar y …lo demás ya lo sabemos. 

Sin embargo, ¿qué podía decir del asunto y a quién? 

Pronto olvidé esa experiencia. 

*  *  * 

Cierto día, tuve que pasar de nuevo por esas calles que frecuentaban los indigentes. 

De momento no me acordé de nada, pero cuando distinguí a lo lejos a la menesterosa de la espantosa máscara, un escalofrío recorrió mi cuerpo. 

De golpe, recordé todos los incidentes que llevaron a esa infeliz a tan ingrato destino. 

No sé qué lo provocó pero me ví caminando hacia ella. 

Me detuve frente a la mujer y traté de sacar torpemente unas monedas. 

Mientras lo hacía, pude notar que la famosa bolsa con una botella que la anciana mencionó que siempre tenía a su lado, brillaba por su ausencia. 

Ya no había necesidad de utilizarla. 

Como no tenía dinero fraccionario saqué de la cartera todos mis billetes. Una fotografía de la hermosa bailarina con traje plateado se asomaba junto a ellos. 

-Tenga buena mujer –le dije con palabras corteses, al mismo tiempo qu ele sonreía cálida y sinceramente. 

Detrás de su muralla de silencio, y oculta del mundo entero, sólo me observaba con esa penetrante mirada. 

Quería preguntarle y decirle muchas cosas pero las palabras se me atoraban en la garganta dejándome seca la boca. 

-Aún con todas sus tristezas y sufrimientos –recuerdo que le dije –la vida es bella y siempre debemos luchar por ser felices. 

Sorprendida por mis palabras, en medio de su imperturbabilidad, parpadeó ligeramente. 

-Hasta pronto, Tania –me despedí. 

Creí percibir, a través de su grotesca máscara, una leve mueca que simulaba ser una sonrisa.

Rápidamente me alejé con apurados pasos. 

Saqué de la billetera la fotografía, y sin pensarlo, la rompí en múltiples pedazos. 

Poco antes de doblar por la esquina, giré la cabeza y dirigí mi vista hacia la desfigurada muchacha. 

Por entre los huecos de su espantosa careta, ella también me miraba.          



[1] Fabio Alvarado García (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), ha realizado trabajos de literatura, en especial ciencia ficción, estudios de álgebra, estadística y electrónica. Fabio Alvarado es Abogado y Maestro en Tecnología Educativa y Master en Física y Ciencia de Materiales.  El presente cuento forma parte de su primer libro Una pequeña ayuda y otros cuentos © (2002). Sabersinfin.com agradece al autor compartir su obra con nuestros lectores.