¡Te quiero! -exclamó el joven pretendiente al mismo tiempo que abría los brazos. ¡Te quiero tanto como tiempo tiene la vida!¡No lo puedo evitar!.
La hermosa muchacha escuchaba con desinterés y fastidio las palabras de su interlocutor.
CUESTIÓN DE ESPERA
Por: Fabio Alvarado García[1]
Para Estela, que vive en mi corazón…
¡Te quiero! –exclamó el joven pretendiente al mismo tiempo que abría los brazos. ¡Te quiero tanto como tiempo tiene la vida! ¡No lo puedo evitar!
La hermosa muchacha escuchaba con desinterés y fastidio las palabras de su interlocutor.
Frunció los labios que estaban pintados de un suave matiz grana, arqueó las cejas y miró disimuladamente hacia un lado mientras dejaba que el joven, motivo de su rechazo, hablara y hablara sobre las cosas del amor.
-¡Ya estuvo bien!¡Vete, no te quiero ver! –repentinamente ordenó la chica casi en un grito.
-¡Al menos déjame entregarte las rosas que traje para ti! –suspiró desanimado el incomprendido galán.
De mal talante y con desgano tomó el ramillete de fragantes rosas, y con violento arrebato de enojo, las arrojó al bote de basura que estaba junto a la puerta de su casa.
Dio media vuelta y entró a su hogar cerrando la puerta con un sonoro y estruendoso golpe.
Cabizbajo, el muchacho sacó el ramo del bote de la basura y se alejó con paso cansino.
Herido mortalmente en su corazón, sus ojos enrojecieron, y presas de enorme dolor, libres ya de su prisión, las lágrimas brotaron y por fin… escaparon…
Muy cerca de ahí, en un edificio de varios pisos de altura unos niños jugaban con un pesado y puntiagudo pisapapeles metálico en forma de tetraedro que habían sustraído del escritorio de su padre.
Desde la terraza del séptimo piso, uno le pidió al otro que lanzara el objeto. Luego, agachóse simulando sentarse como catcher de béisbol esperando el lanzamiento.
Tomando fuerza y haciendo la imitación de un pitcher el otro niño lo aventó en dirección a su hermano que ya estaba en cuclillas.
Siguiendo el vuelo del objeto con la mirada el catcher adivinó la mala puntería que describía. Estiróse brincando lo más que pudo pero no pudo atraparlo y el pisapapeles cayó y cayó hacia el vacío.
Un distraído joven con un ramo de rosas caminaba al lado del edificio. Absorto como estaba sólo alcanzó a percibir que su entorno se ennegrecía perdiendo totalmente el conocimiento.
* * *
Tenía años que vivía en la más oscura miseria en compañía de aquellos seres deformes, ciegos maltrechos.
Cantaban y bailaban todos los días en la misma calle para obtener unas cuantas monedas y comprar con ello algún mendrugo de pan.
Ese otoño era extremadamente muy frío. Las ráfagas de viento cortaban y herían la piel preludiando un invierno inmisericorde.
Una bella mujer, elegantemente vestida, con un abrigo negro de piel muy fina y con una bufanda que le cubría el cuello, caminaba por una céntrica calle.
Observó que un gran número de transeúntes se apiñaban en cierto lugar y, de pronto, acercase con curiosidad.
Abrióse paso por entre la multitud que formaba un semicírculo frente a una desafinada pero entusiasta banda musical.
Como algunas personas aplaudían ella también comenzó a hacer ese movimiento, cuando, helándose de pies a cabeza, quedóse mirando impávida a uno de los menesterosos.
Con el rostro de un idiota, privado de cualquier emoción, envejecido prematuramente, y con el cuerpo encorvado y desnutrido, uno de los indigentes cantaba y bailaba con la cabeza torpemente rapada que lucía una gigantesca, repugnante y añeja cicatriz que la atravesaba de oreja a oreja.
Él también la miraba con ojos vacuos carentes de todo vestigio de lucidez, inteligencia y cordura. La mujer, paralizada por la impresión y la sorpresa, dejó de aplaudir pero con la mirada fija en esa piltrafa que reparaba en ella.
Cesando en su canto y su baile, acompañado siempre de un sucio pandero, aquel menesteroso asió una flor marchita que algún desconocido había depositado en el tazón de metal en el que pedía limosna.
Caminando con torpeza hacia la dama que atónita le veía llevaba la seca flor apretada contra su pecho.
Ante el silencio de la muchedumbre que aquel acto causaba, el idiota entrególe la flor a esa bella dama. Y como si hubiera hecho una inocente travesura regresó a su puesto en la deprimente orquesta riendo y brincando como un chiquillo.
De los jaspeados ojos de la dama escapáronse lágrimas de lástima y tristeza por la tragedia de aquel infeliz que algún día la había amado.
Rápidamente trató de alejarse de ese lugar cargando en su alma el enorme torrente de dolor y melancolía que la inundaba.
No dejaba de apretar contra sí aquella flor, que alguna vez, como ella, también había sido bella.
Mientras sus pasos la alejaban de ese lugar, todavía tuvo tiempo de escuchar el canto de esa voz, que aunque ya insensible a toda comprensión, alguna vez la acarició con sus palabras:
"quisiera besar tus labios con el ardor del fuego, sellarlos con tu olvido que es el que me hace correr más veloz que el viento..."