EL ÚLTIMO MANDAMIENTO

Por: Fabio Alvarado García[1]  

Ahora entiendo muchas cosas que ignoré por toda mi vida. Siempre tuve la impresión de que solamente eran coincidencias.

             Pero desgraciadamente la verdad era otra. A pesar de ello, aún no podría explicarla del todo.

             Aunque mi vida se diluyó en comprenderla necesitaría volver a vivir para entenderla. Sentir en cada palabra, cada acto, cada encuentro que tuve con EL. De tan sólo pensarlo túrbase mi alma y huye enloquecida de pavor erizándose mi decrépita piel.

             Ya no tengo necesidad de sentir tales emociones si ya no hay razón para ello. Sin embargo, algo me dice que estoy completamente a salvo en el lugar que ahora me encuentro. No sé qué es más espantoso: si volver a verlo o escuchar sus lamentos e insanos llamados.

             ¡Por el Cielo!

             ¡No permitas que me encuentre, Señor!

             Fui el más pequeño de tres hermanos. Mis padres, personas comprensivas y cariñosas, nos llenaron de amor y afecto. ¡Cómo recuerdo la admiración que yo sentía por mi padre, modelo de rectitud y entrega: pero, por encima de todos, por mi hermano mayor!

             Nadie hubo más enigmático en el mundo que mi hermano. Su nombre mismo ya movía a pensar en algo más allá que la simple realidad. Frente a él perdían fuerza y vigor la Moral y la Fe.

             Todo empezó un día sumamente nublado y lluvioso.

             Encontrábame sentado en un cómodo y mullido sillón contemplando el caer de la lluvia que golpeaba rítmicamente el cristal de una gran ventana. El sueño hacía ya presa de mí, cuando se acercó mi hermano tocándome con ambas manos que colocó sobre mis hombros deteniendo mi cabeceo.

             -“La vida es como la lluvia” -habló con voz ronca- “humedece pero siempre desaparece”.

             Desperté rápidamente de mi sueño pero no le contesté.

             Volvió a hablar, pero ahora su voz adquirió un tono de cierta malicia mezclada con rencor:

             -“¿Te gustaría vivir después de morir?”

           -¿Cómo es posible realizar eso?-atiné a decir después de unos segundos.

             Haciendo una gran pausa, como para que entendiera sus palabras, me respondió:

           -          “¡YO LO SÉ!” –casi gritó. “Lo he realizado antes, mucho antes. Quiero que de ahora en adelante tú me acompañes hasta el fin de los tiempos”.

          Su voz cambiaba lenta pero sensiblemente. Había un aire de maldad, soberbia y oscuridad en ella. Afuera, en la calle, aumentaba el rugido de la tempestad. Parecía que al sonido de la voz de mi hermano lo tomara como una orden para aumentar en potencia y furia.

          Tal parecía que tuvieran un hechizo mágico que desataban y desbocaban la destrucción.

          Mi cuerpo temblaba como una de las desgraciadas hojas de los árboles que eran azotados inclementemente por el terrible temporal.

         Soportando el peso de sus poderosas manos aún manteníame aprisionado bajo ellas.

         Hueca como su mirada volvió a resonar su tenebrosa voz: 

         -   “Yo estuve ahí. Estuve en la montaña. Confió en mí, pero nunca supo que aprendí más de lo que me dio. ¿Sabes cuál es el último mandamiento? ¿No, verdad!. Los sacerdotes nunca lo mencionarán y si lo hacen es para su propio beneficio. Vaya bondad. ¡Allá ellos y su mediocridad! Yo confío en ti. ¿Quieres saberlo?

         -¿Cuál es? –murmuré con un pánico que helaba la sangre en las venas.

        Acercó su cabeza a la mía.

       Muy lentamente, musitó unas palabras en un idioma desconocido. No obstante, yo las entendía perfectamente, pero no por ello dejaban de herir mis oídos:

         -¡ADORARÁS LA LUZ MÁS BELLA!

         No pude contenerme más. Me levanté zafándome de la prisión de sus manos y lanzándome a carrera abierta busqué refugio en mi habitación.

        El cielo temblaba con los truenos. Las irritantes luces de los rayos laceraban mis ojos dejando mayor oscuridad al desvanecerse en la negrura del horizonte.

        El tiempo pasó lentamente pero nunca olvidé ese encuentro con mi hermano. De repente, mi otrora querido hermano enfermó misteriosamente.

        Su mal aumentó y aumentó. Sus actos eran tan irracionales y extravagantes que salíanse de todo contexto lógico y humano.

        El médico le diagnosticó esquizofrenia precoz aguda. Tal enfermedad, dijo, era una demencia caracterizada por una disociación específica de las funciones psíquicas y pérdida del contacto de la realidad. Era la consecuencia lógica de la imposibilidad de reaccionar normalmente ante problemas vitales que el organismo no ha podido resolver satisfactoriamente por sí mismo.

        Tuvo que ser hospitalizado con el peor de los pronósticos. Su tratamiento consistía en dosis masivas, tres veces al día, de Clorhidrato de Biperideno, Levomepromazina y Valium. Tres fulminantes hipnóticos.

         El fin no podía ser otro. La pena abatió nuestro hogar. Nada es comparable a ser testigo impotente de la desdicha de los padres por la triste suerte de un hijo.

         Tardé años en curarme de aquel dolor y de borrar de mi mente el sufrimiento de mi atormentado hermano.

         La vida siguió su curso.

       Crecí, estudié una carrera importante y conseguí un excelente trabajo. Me enamoré de la chica más hermosa y me casé con ella.

        Fui padre de dos fuertes hijos y de una linda nena. 

       Así transcurrió mi vida.

      Al pasar los años mi esposa murió de un ataque al corazón y el dolor volvió a mi vida. No sin esfuerzo, lo superé y conseguí salir avante.

     Muy pronto, quizá a mis ojos de padre, demasiado pronto, mis hijos se casaron e hicieron su propia vida.

     Nuevamente la pena y la soledad volvían a ser mis compañeras inseparables. Enfermé y quedé postrado en una silla de ruedas. Desde mi ventana, que mira hacia un lindo jardín, permanecía horas enteras disfrutando el resto de mis días.

      ¡¿Qué más puede hacer un anciano?!

     Por fin, un lindo atardecer, cuando ya el sol se ocultaba más allá de las nevadas montañas, vi a mi hija que caminaba hacia mí con un niñito en el pasillo que conducía a la puerta principal de mi casa.

       Ese niñito es mi nieto. Pero casi no lo veo. De hecho, sólo una o dos veces y eso cuando estaba recién nacido. ¡Cómo pasa el tiempo! 

       Desde lejos, observé algo en mi nietecito que me inquietó alarmándome sobre manera. Percibí en sus ojos un brillo. Un resplandor como no lo veía muchísimos años.

      De momento, no logré recordar exactamente lo que me angustiaba. La piel se me erizaba  más y más con cada paso que el niñito daba.

      ¡Oh Dios! ¡Ahí venía!

     ¡Me miraba! ¡Por todos los santos! ¿Por qué dejaste que se acercara a mí?

    ¡No!

    ¡No! 

    -¡Hola, papá! – me saludó mi hija al mismo tiempos que besó mi mejilla.

    Mudo e impávido como estaba no le pude contestar. Un nudo se atoraba en mi garganta. Sólo acerté a abrir desmesuradamente los ojos.

    El niño se soltó de la mano de su madre y caminó lentamente hacia mí. 

    ¡Por la Providencia! ¡Que no me toque! –supliqué inútilmente para mis adentros.

   Sentí su fría manita como tocaba mi pierna. Simulando darme un beso se pegó a mi oreja derecha y susurró con aquella voz tan lejana que ya daba por olvidada:

    -   “¡ADORARÁS LA LUZ MÁS BELLA!” 

    Sabiendo que esas palabras eran el motivo de la profunda tristeza que reinó en mi vida se alejó de mí caminando de la mano de su madre. Cuando ya iban a entrar a la casa volteó su carita hacia mí y dibujó en sus labios una demoniaca sonrisa que conmocionó mi ser. Relucieron sus siniestros ojitos y desapareció en el interior del hogar. 

       Al mismo tiempo, su sonrisa me recordó otra que ví algún día. También temblé de terror cuando recordé su nombre. Era el mismo que tenía mi finado hermano.

     Tarde lo entendí todo.

     ¡Era ÉL! 

     ¡ÉL había venido por mí!

     ¡Aléjenlo de mí! ¡Aléjenlo de mí!

     ¡Señor, apiádate de mí! 

     Lo último que escuché durante el ataque de apoplejía que cegó mi vida fueron las palabras de mi hija que sólo aumentaron mi espanto y agonía: 

     -¡MOISÉS! -¡TU ABUELO SE MUERE!. 

     -¡MOISÉS!.   



[1] Fabio Alvarado García (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), ha realizado trabajos de literatura, en especial ciencia ficción, estudios de álgebra, estadística y electrónica. Fabio Alvarado es Abogado y Maestro en Tecnología Educativa y Master en Física y Ciencia de Materiales.  El presente cuento forma parte de su primer libro Una pequeña ayuda y otros cuentos © (2002). Sabersinfin.com agradece al autor compartir su obra con nuestros lectores.