24 de diciembre de 2019

Al bajar del camión era aún temprano. La niebla era fresca y el sol una esperanza. El olor a naranjos madurando, a savia y floripondios le dio la bienvenida. Echó a andar hacia la entrada de la población a donde había llegado al azar, porque hubo un momento instintivo en que se decidió y tomó un pasaje hacia la lejanía.

Las calles empedradas con macetas floridas por doquier le animaron el momento y se fue adentrando en subida al centro de Jonotla, población serrana. Era una aventura que por primera vez estaba emprendiendo sola, a sus anchas, sin el repelar y los berrinche de nietos, ni las discusiones y regaños de las madres, hijas, que terminaban dejándole a ella la carga.

La belleza del lugar y los saludos de las personas que iba encontrando le dieron confianza. Se sentó en el parque, a un lado del kiosco y observó en derredor, sacó un bocado que traía, pero volvió a guardarlo, pues no tenía hambre. La emoción de estar sola, sin exigencias ni imposiciones era genuina. Recorrió el centro, pequeño, sin grandes obras, sencillo, pero completo. Visitó la biblioteca, el palacio municipal, y luego descendió hacia la iglesia en cuyo atrio descasaba un poste de voladores y las ruinas de una fachada que evocaban tiempos de otros siglos. Recogió unos dátiles de las palmeras que custodiaban la entrada y luego decidió ingresar al templo. No era muy creyente, pero podría admirar el arte sacro. Olor a madera, incienso y flores de nochebuena. Callado y solitario a esa hora el templo era un espacio que llamaba a la meditación. Se hincó y respiró profundo, se quedó vacía de pensamientos y emociones; cerró los ojos y volvió a respirar grande de nuevo, dejándose invadir de la majestuosidad energética del macrocosmos. Gracias porque estoy aquí. Gracias por este momento de bien y libertad. Se inundó de una magia de plenitud. Las dolencias articulares, los problemas con la familia, las culpas, las obligaciones dejaron de existir. Un llanto silencioso le fue lavando el alma y la mente. Cuando salió y se fue al peñón, por el bosque, al río en esas fechas y horas solos, se sentía ligera. Se abstrajo con el paisaje de la serranía, oyendo y mirando el agua verde claro, traslúcida y viva, cantando con los pájaros y los insectos. Otra vez se le anegó la mirada. ¡Era tan bueno estar así y allí!

Días atrás había sido su cumpleaños y como siempre, deseaba que pasara desapercibido, para evitarse las escenas que ya eran comunes en las reuniones de familia. Tener que ponerse a guisar, para todos los hijos con esposos y esposas y nietos que llegaban tradicional y puntualmente a felicitarla, ahora por sus casi 70 otoños; tener que tragarse el pastel que una y diez veces les había dicho que no le gustaba porque le caía mal la lactosa y el dulce; atenderlos hasta por 3 días ya que aprovechaban el puente y las vacaciones, para evitarse los quehaceres y obligaciones propios; porque allí estaba la madre abnegada, fuerte, poderosa y protectora que les cuidaba a los críos, alimentaba gratis a todos, les daba regalos que despreciaban; usaban trastos, baño y hasta su ropa, con tal de pasarla concha como sin darse cuenta.

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Muchas veces se preguntó en qué había fallado, qué culpas pagaba con esos hijos ingratos y abusivos que poco faltaba para que llegaran a la violencia extrema. Porque los reproches y acusaciones eran cotidianos. Y el esposo… que hace años ya no era eso sino un huésped, hijo grande, quien se unía a los otros, para reclamar atención y exigir beneficios.

Le dolía el cuerpo, le ardía el alma, el corazón le brincaba de inconformidad y fastidio, pero nunca hacía algo, para cambiar las cosas. No podía, se sentía culpable, sin ellos,vulnerable, temerosa del qué dirán y a dónde ir, vieja y sola. Y como dice la religión…es tu destino de Eva. Da, sin recibir, porque el premio está en los cielos.

Hubo un momento de lúcida rebeldía donde clamó al universo que vibrara a contracorriente, para ella. Fue cuando pensó en fugarse el 24, vísperas de la navidad, unas horas o, quien sabe…

Empacó algo de ropa, sus enseres personales y se salió muy temprano, antes que empezaran los ajetreos del día aun laborable. Que si ya prendiste el baño, que dónde dejaste mi toper para poner mi desayuno, mi blusa rosa no la lavaste y hoy la quiero; ya sabes que tienes que llevar al niño al colegio y quedarte a junta: mi niña no se va a ir sola a la escuela, solo porque mi hermana tiene junta … Ábreme la puerta que no sé dónde dejé mis llaves y se me hace tarde. Siquiera me hubieras preparado un café no que me tendré que ir a mi reunión de club en ayuno por tu culpa; por ahí les das de comer a mis niños, porque hoy llego tarde; y a la mía la llevas al ballet… no se te vaya a olvidar pagar mi nexflix… Te tomé un billete de 500 prestado, luego te devuelvo…
Llegó a la terminal y pidió un boleto. Que me lleve a un lugar bonito y lejos, donde no haya mucha gente.

Y se fugó con su locura egoísta, sin su miedo. De la inconsciencia de sus prójimos, tan cercanos….

Para nada echaba de menos las luces navideñas, la cena, los regalos inútiles, ni los abrazos hipócritas tradicionales.

Durmió a sus anchas, se levantó hasta que se le dio la gana, comió frugalmente y pensó en no volver tan pronto. Les había dejado una nota: “Hoy quiero vivir una navidad distinta. Salgo fuera”. Estaba domesticando el miedo.

Le lloverían los reproches: Eres una ingrata, una inconsciente, cómo te vas así y en un día como hoy; una estupidez; Qué tal si te pasa algo, qué egoísmo, cuanta locura… Bla, bla, bla. Pero ella, ahora sorda, podría sonreír al saber que recurriría a la audacia memorable de fugarse, cuando se le hinchara la gana. Porque le había encontrado el gusto y lo volvería a hacer.

 

 Celia Tobón