¿DÓNDE ESTOY?
Silvia Liliana Senatore*
Silvia Liliana Senatore*
Era un domingo de otoño cuando la tarde terminaba, hora en que los últimos y suaves rayos del sol bañan las copas de los árboles diciendo un dulce y suave hasta mañana, la hora en que los papás y mamás -después de la cosecha y de una dura jornada de trabajo- llaman a sus hijos para el regreso a casa, quienes siguen corriendo y jugando alegres y llenos de risa con toda esa energía que los niños nunca pierden.
El “Tipa-Tipuana” veía cómo las sombras de la noche llegaban. La noche producía a nuestro amigo “Tipa” muchísima inseguridad y miedo, miedo a las sombras sin rostro que van y vienen y que se mueven furtivas entre sus amigos, que saltan, gritan sin quedarse quietas y producen… ruidos desco-noci-dos…, que lo hacen tem-m-m-mb-l-a-r-r-r-r todo, desde las raíces hasta las horas del follaje. Y Tipa se ponía muy triste.
Uno a uno sus amigos se transformaban en ausencia, por más que trataban de aferrarse con todas sus fuerzas al suelo sus raíces era vencidas por los intrusos y sus armas destructoras, y de pronto sintió que algo lo aprisionaba desde el fondo de su raíz y lo tiraba para arriba con fuerza. Estaba muy asustado – sabía de la maldad y codicia de los hombres, a quienes alguna vez vio perseguir a sus animalitos de la selva- movía sus ramitas de un lado a otro en pedido de auxilio, pero nadie lo socorría, nadie podía ayudarlo. Sólo escuchó una voz que decía: “¡Este ejemplar es realmente hermoso, vamos a ponerlo en un lugar muy bonito para que todos los disfruten cuando sea grande!”.
Sintió miedo porque no sabía que le iba a pasar, pero la palabra “HERMOSO”, sonó lindo, le gustaba, así que bajó sus ramitas y soñó con ser grande e imponente.
Así llegó a la Gran Ciudad de Buenos Aires - nunca había escuchado hablar de la ciudad, mucho menos había estado de visita en alguna- buscaba a su alrededor a sus compañeros, ¿Dónde estoy? Se preguntaba y seguía mirando desconcertado. Sintió que unas manos ásperas, fuertes y grandes lo tomaban con mucha suavidad y lo sacaban de ese incómodo camión en el que viajó con cientos de otros árboles, todo aplastado y amontonado sin poder mover ni siquiera sus hojitas y lo llevaron a ese lugar, el cual después supo que era el Parque Avellaneda.
El señor con gran esmero hizo un profundo pozo en la tierra justo enfrente de la única calesita y lo plantó; acomodó sus raíces le colocó unas pelotitas blancas, mucha, mucha tierra negra a su alrededor y finalmente en círculo puso.
A él le alegraba mucho que los niños vinieran a verlo y jugaran a su alrededor mientras juntaban sus semillas en forma de pajaritos tratando de hacerlas colar tirándolas al aire, se alegraba tanto que muchas veces creía que él también corría junto a ellos expandiendo sus semillas aladas al viento, mecía su copa y ramas al compás del canto de sus amigas las aves, quienes con su trino y aleteo también participaban del juego. Quería que los niños estuvieran la mayor cantidad de tiempo posible a su lado, le daba alegría y traía recuerdos, de cuando él siendo pequeño, nacido en la selva Formoseña, donde miraba para arriba y apenas podía ver un poquito los rayos del sol, miraba a los demás árboles de “Tipa” que lo rodeaban, de veinte, treinta y hasta cuarenta metros de altura y decía: ¿Seré alguna vez tan grande e imponente como ellos o siempre seré pequeño?
Así se fueron pasando los días, los años, pero que una mañana, muy, pero muy temprano escuchó ruidos extraños, muy extraños, la tierra temblaba, se sacudía sin parar, escuchó voces y gritos humanos, tractores, palas gigantes, se llevaban todo, maderas en forma de punta para que las personas y niños que pasearan o jugaran en el parque no lo pisaran.
De cualquier forma los rayos del sol al darle de lleno y estar sobre él durante todo el día hizo que creciera rápidamente, así de pronto se dio cuenta que las maderitas puestas para cuidarlo ya no hacían falta, incluso sintió una enorme alegría el día que unas pequeñas manos se colgaban de sus ramas, pero eso no se comparaba con la alegría que sintió aquel amanecer que despertó y vio como de sus ramas brotaban unas hermosas flores de color amarillo.
Él pensaba que al llegar el otoño se volvería un poco triste ya que los niños no vendrían tanto al parque, pero nunca pensó que esas flores amarillas le traerían alegría para todo el año; después vendrían las semillas pajaritos, después el crecimiento infinito hacia el cielo y la felicidad sin fin, asimismo Agosto y su fruto en samara es de unos 4-7 cm de longitud, conteniendo generalmente una semilla de color rojiza, pero por lo que más orgullo sentía era saber que existió un antepasado famoso denominado “Tipa de la Independencia” llamado así por haber sido testigo de la jura a la Bandera Argentina realizada por el ejército auxiliar del Perú el 13 de Febrero de 1813.
Muy orgulloso “Tipa” se dijo para su adentro muy íntimo: ¡Sí que perteneces a este lugar Tipa!, ¡Sí que hay cosas por las que vale la pena comprometerse con tu lugar, en este caso con tu nueva casa, el parque!, ¡Sí que importa lo que hagas y sobre todo cómo lo hagas! En definitiva, hay que mirar más allá de nuestras necesidades y pensar que somos parte de una gran cadena de VIDA, todos somos necesarios, todos somos útiles, todos somos importante para la vida.
Ese día gracias a “Tipa” los chicos aprendieron tocándolo, observándolo, acariciándolo que toda especie arbórea es muy importante para el presente y el futuro de la naturaleza y de todos los seres vivos del planeta.
Aprendió mientras crecía que sería un árbol de gran porte y que llegaría a crecer hasta 40 metros de altura con un diámetro de 1,50 m, de fuste mediano y generalmente recto, con una corteza gruesa de color pardo grisáceo y ramas gruesas y numerosas, tendría esa copa densa, redondeada y tan preciosa como sus familiares.
Estas ramas a su vez se irían dividiendo en otras de diámetro menor que a su vez lo hacen en ramas más pequeñas. También escuchó muy atentamente una mañana a los especialistas en siilvicultura decir a un grupo de docentes y alumnos que lo vinieron a observar para hacer un trabajo para la escuela, que su resina era de color rojo la cual se solidifica en contacto con el aire, que florece de Junio a
Esa noche, cerró sus deshojadas hojas del día y las sombras no invadieron sus sueños felices, en el que recordaba las miradas asombradas de cada niño al ver volar sus semillas, al sonreír y hacerlas girar discutían por guardarlas en los bolsillos de sus delantales gastados y ya no tan blancos.
En fin era muy feliz, aún a pesar que a veces el eucalipto que se encontraba a unos metros le decía para hacerlo enojar: “¡Eh “tipa”! ¿Al final cómo te llamas? Porque algunos te dicen “tipuana-tipa”, otro “caña fístula” o “varapita”, además esos nombres suenan a que eres un árbol paraguayo y no un árbol autóctono de Argentina como dices.
El “tipa” contestaba: “Mirá eucalipto introducido, yo soy autóctono a pasar de que mi nombre “tipuana-tipa” sea de origen guaraní y significa palo o árbol colorado, además para que sepas tengo hermanos “tipa” blancos, no como tú que a pesar de ser muy conocido en Argentina no eres autóctono y tienes como 450 especies distintas en el mundo y no sabes cuál es tu origen a pesar que el nombre te lo dio un norteamericano.
Y así la discusión seguía día tras día, se tornaba agotador ese diálogo competitivo y sin sentido, hasta que el viejo ceibo, dueño y señor de la flor nacional de la República Argentina y del Uruguay interfería y decía: “¡Basta, acá no estamos para discusiones de origen, sino para hacer la vida más agradable a la gente que nos visista en el parque, brindarles sombra para que todos se sientan más frescos bajo nuestras copas cuando se refugian de los fuertes rayos del sol en las tardes de verano, darles alegría, descanso y serenidad, que puedan aprender a disfrutar al observar nuestra belleza naturalmente, junto con las aves que anidan en nuestras ramas y alegran con su canto cada mañana, somos el albergue de cientos de vidas silvestres, cada uno tiene un deber con la naturaleza, tenemos que seguir moderando el clima, mejorando la calidad del aire, produciendo oxígeno, regulando la humedad del amiente conservando el agua, atenuando el viento, reteniendo las partículas de hollín y polvo, etc., etc., etc. ¿Les parce poco importante nuestra labor? ¡Basta! Amigos tenemos mucho por hacer, liberemos nuestras semillas al cielo, que se desvirguen y despierten en otros lugares, con nuestras creencias y pasiones, con la certeza de que estamos construyendo un mundo diferente para todos, entonces, solo entonces la huella infinita de amor hacia la madre naturaleza anidará en muchos corazones… despertando a otros que han estado adormecidos como nuestras semillas, con esa tremenda fuerza que nos da la seguridad de querer vivir en paz, en un ambiente ENTERO Y SANO sin preocuparnos en nuestros orígenes, en poderes, menos en destrucción y peleas que no llevan a nada bueno. Podemos pensar en el dolor de la tierra al estar siendo destruida y no hacer nada para evitarlo o podemos unirnos para buscar caminos para defenderla y protegerla.
En ese preciso momento la calesita –como todos los días al atardecer, transformaba mágicamente cada sonrisa de un niño, en un voto de esperanza, en un voto de fe y de vida- abre sus puertas con su musiquita rechinante de caballitos, aviones, autitos y helicópteros, comienza a sonar vuelta tras vuelta y a envolver toda nuestra savia – murmura Tipa- “como un verso incompleto en busca de su rima…”
Todos los árboles callamos, nos miramos con vergüenza propia y ajena por las discusiones sin sentido y en silencio sin decir una sola palabra muy despacito nos fuimos a dormir.
* Senatore, Silvia Liliana. Maestra de Grado / Maestra de Ciclo
Uno a uno sus amigos se transformaban en ausencia, por más que trataban de aferrarse con todas sus fuerzas al suelo sus raíces era vencidas por los intrusos y sus armas destructoras, y de pronto sintió que algo lo aprisionaba desde el fondo de su raíz y lo tiraba para arriba con fuerza. Estaba muy asustado – sabía de la maldad y codicia de los hombres, a quienes alguna vez vio perseguir a sus animalitos de la selva- movía sus ramitas de un lado a otro en pedido de auxilio, pero nadie lo socorría, nadie podía ayudarlo. Sólo escuchó una voz que decía: “¡Este ejemplar es realmente hermoso, vamos a ponerlo en un lugar muy bonito para que todos los disfruten cuando sea grande!”.
Sintió miedo porque no sabía que le iba a pasar, pero la palabra “HERMOSO”, sonó lindo, le gustaba, así que bajó sus ramitas y soñó con ser grande e imponente.
Así llegó a la Gran Ciudad de Buenos Aires - nunca había escuchado hablar de la ciudad, mucho menos había estado de visita en alguna- buscaba a su alrededor a sus compañeros, ¿Dónde estoy? Se preguntaba y seguía mirando desconcertado. Sintió que unas manos ásperas, fuertes y grandes lo tomaban con mucha suavidad y lo sacaban de ese incómodo camión en el que viajó con cientos de otros árboles, todo aplastado y amontonado sin poder mover ni siquiera sus hojitas y lo llevaron a ese lugar, el cual después supo que era el Parque Avellaneda.
El señor con gran esmero hizo un profundo pozo en la tierra justo enfrente de la única calesita y lo plantó; acomodó sus raíces le colocó unas pelotitas blancas, mucha, mucha tierra negra a su alrededor y finalmente en círculo puso.
A él le alegraba mucho que los niños vinieran a verlo y jugaran a su alrededor mientras juntaban sus semillas en forma de pajaritos tratando de hacerlas colar tirándolas al aire, se alegraba tanto que muchas veces creía que él también corría junto a ellos expandiendo sus semillas aladas al viento, mecía su copa y ramas al compás del canto de sus amigas las aves, quienes con su trino y aleteo también participaban del juego. Quería que los niños estuvieran la mayor cantidad de tiempo posible a su lado, le daba alegría y traía recuerdos, de cuando él siendo pequeño, nacido en la selva Formoseña, donde miraba para arriba y apenas podía ver un poquito los rayos del sol, miraba a los demás árboles de “Tipa” que lo rodeaban, de veinte, treinta y hasta cuarenta metros de altura y decía: ¿Seré alguna vez tan grande e imponente como ellos o siempre seré pequeño?
Así se fueron pasando los días, los años, pero que una mañana, muy, pero muy temprano escuchó ruidos extraños, muy extraños, la tierra temblaba, se sacudía sin parar, escuchó voces y gritos humanos, tractores, palas gigantes, se llevaban todo, maderas en forma de punta para que las personas y niños que pasearan o jugaran en el parque no lo pisaran.
De cualquier forma los rayos del sol al darle de lleno y estar sobre él durante todo el día hizo que creciera rápidamente, así de pronto se dio cuenta que las maderitas puestas para cuidarlo ya no hacían falta, incluso sintió una enorme alegría el día que unas pequeñas manos se colgaban de sus ramas, pero eso no se comparaba con la alegría que sintió aquel amanecer que despertó y vio como de sus ramas brotaban unas hermosas flores de color amarillo.
Él pensaba que al llegar el otoño se volvería un poco triste ya que los niños no vendrían tanto al parque, pero nunca pensó que esas flores amarillas le traerían alegría para todo el año; después vendrían las semillas pajaritos, después el crecimiento infinito hacia el cielo y la felicidad sin fin, asimismo Agosto y su fruto en samara es de unos 4-7 cm de longitud, conteniendo generalmente una semilla de color rojiza, pero por lo que más orgullo sentía era saber que existió un antepasado famoso denominado “Tipa de la Independencia” llamado así por haber sido testigo de la jura a la Bandera Argentina realizada por el ejército auxiliar del Perú el 13 de Febrero de 1813.
Muy orgulloso “Tipa” se dijo para su adentro muy íntimo: ¡Sí que perteneces a este lugar Tipa!, ¡Sí que hay cosas por las que vale la pena comprometerse con tu lugar, en este caso con tu nueva casa, el parque!, ¡Sí que importa lo que hagas y sobre todo cómo lo hagas! En definitiva, hay que mirar más allá de nuestras necesidades y pensar que somos parte de una gran cadena de VIDA, todos somos necesarios, todos somos útiles, todos somos importante para la vida.
Ese día gracias a “Tipa” los chicos aprendieron tocándolo, observándolo, acariciándolo que toda especie arbórea es muy importante para el presente y el futuro de la naturaleza y de todos los seres vivos del planeta.
Aprendió mientras crecía que sería un árbol de gran porte y que llegaría a crecer hasta 40 metros de altura con un diámetro de 1,50 m, de fuste mediano y generalmente recto, con una corteza gruesa de color pardo grisáceo y ramas gruesas y numerosas, tendría esa copa densa, redondeada y tan preciosa como sus familiares.
Estas ramas a su vez se irían dividiendo en otras de diámetro menor que a su vez lo hacen en ramas más pequeñas. También escuchó muy atentamente una mañana a los especialistas en siilvicultura decir a un grupo de docentes y alumnos que lo vinieron a observar para hacer un trabajo para la escuela, que su resina era de color rojo la cual se solidifica en contacto con el aire, que florece de Junio a
Esa noche, cerró sus deshojadas hojas del día y las sombras no invadieron sus sueños felices, en el que recordaba las miradas asombradas de cada niño al ver volar sus semillas, al sonreír y hacerlas girar discutían por guardarlas en los bolsillos de sus delantales gastados y ya no tan blancos.
En fin era muy feliz, aún a pesar que a veces el eucalipto que se encontraba a unos metros le decía para hacerlo enojar: “¡Eh “tipa”! ¿Al final cómo te llamas? Porque algunos te dicen “tipuana-tipa”, otro “caña fístula” o “varapita”, además esos nombres suenan a que eres un árbol paraguayo y no un árbol autóctono de Argentina como dices.
El “tipa” contestaba: “Mirá eucalipto introducido, yo soy autóctono a pasar de que mi nombre “tipuana-tipa” sea de origen guaraní y significa palo o árbol colorado, además para que sepas tengo hermanos “tipa” blancos, no como tú que a pesar de ser muy conocido en Argentina no eres autóctono y tienes como 450 especies distintas en el mundo y no sabes cuál es tu origen a pesar que el nombre te lo dio un norteamericano.
Y así la discusión seguía día tras día, se tornaba agotador ese diálogo competitivo y sin sentido, hasta que el viejo ceibo, dueño y señor de la flor nacional de la República Argentina y del Uruguay interfería y decía: “¡Basta, acá no estamos para discusiones de origen, sino para hacer la vida más agradable a la gente que nos visista en el parque, brindarles sombra para que todos se sientan más frescos bajo nuestras copas cuando se refugian de los fuertes rayos del sol en las tardes de verano, darles alegría, descanso y serenidad, que puedan aprender a disfrutar al observar nuestra belleza naturalmente, junto con las aves que anidan en nuestras ramas y alegran con su canto cada mañana, somos el albergue de cientos de vidas silvestres, cada uno tiene un deber con la naturaleza, tenemos que seguir moderando el clima, mejorando la calidad del aire, produciendo oxígeno, regulando la humedad del amiente conservando el agua, atenuando el viento, reteniendo las partículas de hollín y polvo, etc., etc., etc. ¿Les parce poco importante nuestra labor? ¡Basta! Amigos tenemos mucho por hacer, liberemos nuestras semillas al cielo, que se desvirguen y despierten en otros lugares, con nuestras creencias y pasiones, con la certeza de que estamos construyendo un mundo diferente para todos, entonces, solo entonces la huella infinita de amor hacia la madre naturaleza anidará en muchos corazones… despertando a otros que han estado adormecidos como nuestras semillas, con esa tremenda fuerza que nos da la seguridad de querer vivir en paz, en un ambiente ENTERO Y SANO sin preocuparnos en nuestros orígenes, en poderes, menos en destrucción y peleas que no llevan a nada bueno. Podemos pensar en el dolor de la tierra al estar siendo destruida y no hacer nada para evitarlo o podemos unirnos para buscar caminos para defenderla y protegerla.
En ese preciso momento la calesita –como todos los días al atardecer, transformaba mágicamente cada sonrisa de un niño, en un voto de esperanza, en un voto de fe y de vida- abre sus puertas con su musiquita rechinante de caballitos, aviones, autitos y helicópteros, comienza a sonar vuelta tras vuelta y a envolver toda nuestra savia – murmura Tipa- “como un verso incompleto en busca de su rima…”
Todos los árboles callamos, nos miramos con vergüenza propia y ajena por las discusiones sin sentido y en silencio sin decir una sola palabra muy despacito nos fuimos a dormir.
* Senatore, Silvia Liliana. Maestra de Grado / Maestra de Ciclo
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