LA BESTIA DE CUATRO CABEZAS Y YO
- Relato -
Por:
Alberto Reyes*
Ha
sonado el despertador al fin, y entrecierro los ojos por el rayo de luz que
entra por tu ventana, me acostumbro y los logro abrir totalmente de una vez.
Observo a mis alrededores pero tú no estás, has decidido marcharte a hacer tus
pendientes.
Me
estiro y bostezo, expulsando el sueño que todavía quedaba en mí, me levanto de
la cama e inmediatamente busco mi ropa que junto con la tuya está regada por
todo el suelo. Mis pantalones, mi camisa, mis zapatos, mi ropa interior, sí,
tengo todo ya. Mientras me visto viene a mi mente una infinidad de
pensamientos, pero el que más punza mi cabeza es el tuyo, ¿por qué no te quedaste
hasta que me despertara? ¿Qué cosas tenías que hacer? ...
Ya
con mi cuerpo vestido, entro a tu baño a lavar mi rostro, el agua tibia me
termina de despertar, al levantar la mirada, me encuentro de frente con tu
espejo y dentro de él a una persona infeliz, insegura, pero sobre todo,
masoquista, no deseo verla más, cierro la llave y me dirijo al toallero donde
me seco. En tu cocina yace un plato con una ensalada de frutas y junto una nota
que dice “FUI AL GIMNASIO, NO ME TARDO”, ahora ¿cómo debo reaccionar, con
alegría de saber de que te acordaste de mí o con enfado al entender que
preferiste ir al gimnasio que estar conmigo unos minutos más?, prefiero no
comer de la fruta que empieza a tornarse marrón, la cual tiro por el fregadero
sin dejar rastro alguno y tomo una manzana roja, que me recuerda el tono en que
quedan tus labios después de besarnos tanto, esos besos, que me matan con
pasión al momento que me drogas con tu saliva.
Saliendo
de tu departamento, bajando las escaleras de caracol, vuelvo a pensar, ahora en
nuestra relación al 100%, nuestra intermitente relación, con dolor y amor,
recordando bien nuestros insultos por teléfono, como rompíamos nuestras cosas
materiales del otro y también recordando esas lágrimas que brotaban cual fuente
y esos reencuentros en los que no parábamos de hacer el amor. Un ruido me devuelve
a la realidad, es mi celular, eres tú, al escuchar tu voz todo se vuelve
neutro, no hay bien, no hay mal, al igual que no hay dolor ni “amor”, me dices
que deseas que te acompañe todo el día en lo que tengas que hacer, yo respondo
sin cuestión alguna que sí, ¿qué más puedo hacer? Estoy de vacaciones y mi auto
lo he dejado en casa, pasaré por ti al gimnasio lo más pronto posible. Cambio
mi dirección y ahora tomo una ruta que me lleve donde estés tú.
Durante
el trayecto afortunadamente y desgraciadamente no pienso en ti, pienso en mi
familia, el cumpleaños de mi hermano está cerca y yo no he pensado en qué
regalarle, bueno, creo que lo mejor sería preguntarle a su novia, sí, le pediré
algo de ayuda, al fin y al cabo ella pasa más tiempo con él.
Finalmente
estoy aquí, me dispongo a entrar sin pensar que otra vez me encontraré con esa
bestia, aquella de las cuatro cabezas...
EL ELEFANTE.- Te encuentro
en la recepción platicando con unos amigos, sonriendo sin parar y cuando estoy
a un metro de ti sueltas una carcajada, enseguida te saludo y ustedes se voltean
y me ven. “HOLA, ¿CÓMO ESTÁS?” “BIEN, GRACIAS” (ni tan bien en realidad), tú
continuas con tu plática y descortésmente no me presentas con tus amistades.
Los minutos pasan y yo sigo en silencio de pie junto a ti, te despides de los
demás y vas en dirección hacia la salida “BUENAS TARDES, HASTA LUEGO” les digo
a ellos y voy detrás de ti al momento que escucho a tus amigos hablar bien de
ti, que eres lindo, honesto, confiable, entre otras cosas. Al salir tu rostro
cambia y se torna serio, al preguntarte qué te sucede, me respondes molesto que
una de tus amistades no te pagó un dinero que te había pedido prestado hace ya
un mes, seguido de un comentario ofensivo sobre todas tus “amistades” en el
gimnasio, que fulano es un pendejo, que perengano es un tacaño, que zutana es
una zorra, entre otras cosas. Trato de apaciguarte pero me lo impides, y ahora
te enfadas conmigo, decides que no hablemos y tomamos un autobús al cual haces
la parada.
Te
pregunto que a dónde irás en todo el día y me contestas que si tengo cosas que
hacer o que si no quiero estar contigo pues que mejor me vaya, te respondo que
no es eso, que simplemente es curiosidad. “TENGO QUE IR CON LOS CHAVOS AL CAFÉ,
PERO ANTES DEBO IR A VER A MIS PAPÁS”.
Te seguiré donde vayas tú, seré como una segunda sombra, igual de inseparable,
igual de silenciosa.
En
el nuevo trayecto no nos dirigimos la palabra, decides ver el paisaje por la
ventana y yo sólo mantengo fija mi mirada hacia el frente, en lo que mi mente
ahora mezcla ideas sobre tí y sobre mis amigos y familia, todos me dicen que no
debo de andar contigo, que no me tratas bien y que soy un pendejo, yo no
contesto y hago caso omiso a estos comentarios, por más razón que tengan ellos
y estos, prefiero seguir en las mismas, “YA LLEGAMOS, VAMOS A BAJAR”.
EL PERRO.- Tocamos el
timbre dos veces, y al fin una señora con cabello canoso sale a atender la
puerta:
“¡HOLA MAMI! ¿COMO ESTÁS?”
“¡HOLA HIJO, JUSTAMENTE ESTABA PENSANDO EN
TI!... PERO, PASA” “TRAIGO A MI AMIGO CONMIGO, ¿TE ACUERDAS DE ÉL?” (¿Un
amigo?... bueno es mejor que no ser nadie) “BUENAS TARDES SEÑORA” y entramos a
tu antigua casa. En la sala se encuentra un señor con calva descubierta y un
cigarro a medio fumar en su mano derecha, sentado en un sillón chico a la mitad
del cuarto, mientras ve las noticias de la tarde, al verte sonríe y se levanta
a saludarte y abrazarte
“HIJO... ¿CÓMO HAS ESTADO?”
“BIEN PAPÁ, ¿Y TÚ?”
“BIEN, AUNQUE EL DOCTOR ME DIJO QUE
GUARDARA REPOSO, DESPUÈS DEL DESGARRE MUSCULAR QUE ME DIO AL LEVANTAR EL TANQUE
DE GAS...”. Ahora tu rostro se torna humilde y tierno, y lo que me asombra, sin
ningún rastro de furia o alguna emoción negativa que se le parezca. Pasan las
horas y sigo igual desde que llegué, con una taza de café con leche y tres
cucharadas de azúcar, sentado e inexpresivo en un rincón del sillón largo en el
lado posterior de la sala, donde al parecer nadie se da cuenta de que estoy
ahí. Te he visto reír como nunca, te he visto apapachar y consentir a tus
papás, siendo que tú nunca apapachas ni consientes a alguien y menos a mí, pero
sobre todo me llamó la atención ver como te amansabas a los comentarios de tus
padres, sobre tu vida y tu futuro ¿quién era esa persona que se dejaba regañar
por sus padres?, ¿será la misma persona que no acepta ninguna observación sobre
algo negativo de su persona, ya sea que se la hagan sus amistades o yo? Te desconozco
totalmente. “BUENO MAMÁ, YA ME TENGO QUE IR, YA SON LAS OCHO Y ME QUEDÉ DE VER
CON UNOS AMIGOS” “SÍ MIJO, PERO DEJAME DARTE LA BENDICIÒN”.
Camino
de ver a tus amigos, no paras de criticar a tus padres, que son unos mojigatos,
anticuados y quién sabe que otras pestes, yo simplemente me quedo sin habla,
parecería que andas cargando con un maniquí.
Te has quedado de ver
con ellos en el café de siempre, a la misma hora y como siempre llevas media
hora de retraso. Cuando al fin llegamos, todos te reciben con una sonrisa de
oreja a oreja, claro está, si ya mucho antes me habías comentado que todos
quieren contigo, mientras yo paso desapercibido aunque saludo a todos
respectivamente.
EL LEÓN.- “¡HOLA CABRÓN!” “¿RECUERDAN A MI PRIMO?” (Un primo ahora, después ¿qué seré?). Todos platican entre todos, y comentan sobre una fiesta que se tiene planeada, quien llevara que cosa, en donde será, a que hora y quienes irán, entonces empiezas a hacer una lista, fulano, perengano, zutano, etc... Cuando la terminas de escribir, no puedo evitar dirigir una mirada a esta.... no estoy yo en ella, la furia se apoderó de mí. Pasan los segundos, después minutos y al final deciden que es hora de ir al antro, tú les dices que no irás, que tienes mucho trabajo y que no te quieres desvelar, todos se retiran y todos se despiden de ti con una sonrisa y cuando les toca despedirse de mi puedo notar en sus rostros que sólo lo hacen por educación, por eso y nada más.
Después
de un día largo, tomamos el autobús que ahora nos llevará donde tu
departamento. Al estar frente a las puertas del edificio, haces una pausa para
sacar tus llaves, en ese momento va pasando un chico atractivo de unos veinte
años al cual sólo dirijo una mirada fugaz, pero tú decides quedártele viendo
hasta el punto donde sus miradas se cruzan y tú le sonríes, él te contesta
haciendo lo mismo. Ahora la rabia se apodera de mí, pero sigo callado, y sin
hacer comentario alguno.
Subimos
las escaleras de caracol y en un santiamén nos encontramos en tu respectiva
puerta. Entramos y todo sigue igual que en la mañana, no me dices nada y vas al
baño en lo que yo voy a tu recamara, enciendo la televisión y comienzo a
desvestirme, minutos después tú te apareces en la puerta. Aunque la única luz
es la que despide el televisor puedo ver que sólo llevas puesto esas tangas que
tanto te gustan. Te introduces a la cama junto a mí tomando el control remoto y
por consiguiente apagas el televisor, ahora la única luz es la de la luna llena
que entra por completo a través de las ventanas de tu recámara, la logro ver y
me quedo hipnotizado con su circunferencia perfecta, en lo que tú me besas y
acaricias. Otra cabeza de la bestia decide despertar en tu éxtasis, EL TORO.
Yo
no puedo dejar de ver esa luna, su superficie nacarada que alumbraba mi piel,
entonces fue ahí cuando vi al TORO que tenía encima de mi, y recordé al ELEFANTE,
AL PERRO, y AL LEON y cómo me habían tratado y que ahora esta
bestia, así como si nada quiera coger conmigo, sin cariño ni afecto. No soporté
más.
Te
digo que te detengas y me levanto de tu cama, tu extrañado preguntándote que
pudo haber sucedido. Me empiezo a vestir y por fin te empiezo a echar en cara
todo lo sucedido en el día, y que no sólo hoy sino que desde que empezamos a
ser pareja siempre había sido igual, que a pesar de las estúpidas explicaciones
que siempre me dabas y yo pendejamente aceptaba ya estaba cansado y que ya no
iba a seguir en este juego. Tú te encabronaste y me empezaste a soltar unas
explicaciones que se contradecían una con otra. Firmemente seguí mi camino y
recogí todas mis pertenencias que había dejado en tu departamento cada vez que
iba, cuando viste que no estaba jugando, que no era como en esas ocasiones que
discutimos y nos reconciliamos empezaste a preocuparte y ahí fue cuando vi el CORAZÓN
de la bestia.
Empezaste
a llorar y a decirme que me amabas y que si me habías lastimado que por favor te
perdonara, que las cosas serían diferentes, eso y más cosas a las cuales ya no
tenían caso prestarles atención. Como veías que no respondía, no me conmovía ni
tantito. Decidiste mezclar las cabezas de tu bestia e ignorar el CORAZÓN,
te emputaste más y empezaste a decir que era una buena decisión, que ya estabas
cansado de mí, que yo soy el que no cambia, bla, bla, bla, etc.
Azoté
la puerta al salir, bajé las escaleras apresuradamente y tomé el transporte a
mi casa. Ya no quería pensar, ya no quería saber de ti jamás, me habías
lastimado mucho y no te importó y aunque te lo hice saber varias veces te daba
lo mismo.
Una
hora después, me encontraba sentado en mi cama, la fría brisa que entraba por
mi balcón al otro extremo de mi recámara, me despejaba los pensamientos, y
añadiéndole la ducha que me di instantes antes, ahora me encontraba más relajado.
Fui a un cajón y saqué mi ropa interior negra (mi favorita) aunque mi cuerpo se
encontraba algo húmedo, me la coloqué, el chiste era estar vestido. De nuevo en
mi cama aventé la toalla a una silla cercana, del buró izquierdo saqué mi
cajetilla de cigarros y me dispuse a fumar, en ese momento recordé que no te
gustaba que fumara y tuve que dejar de fumar en tu presencia, ahí estabas otra
vez, pero en esta ocasión fue distinto, decidí ignorar este recuerdo y dirigir
mi atención a la luna, esa luna que me había hecho recapacitar.
Está
sonando el teléfono de mi buró, a la derecha de la cama, sé que eres tú, por la
hora y porque nadie más me hablaría. Tomo el auricular, la duda en mi cabeza,
después la seguridad en mi mano, cuelgo, espero unos segundos, tomo el
auricular otra vez y lo aviento a la cama, voy al otro buró y saco el
encendedor, enciendo mi cigarrillo, mmmmm... que delicioso sabor, doy unos pasos
hacia mi balcón, me sostengo del barandal que está a la altura de mis muslos.
¡Que bella noche, que bella luna!, ya no hay bestia de cuatro cabezas, ya no
hay látigos para auto flagelarme, ni cuerdas para atarme a la criatura, soy
libre, soy YO.
Sé
que esto es lo correcto, lo que debí de hacer tiempo atrás, por suerte no había
lágrimas, pero sí dolor, un poco por ÉL, pero sobre todo había mucho dolor...
por MÍ. Seguí fumando a lo largo de la noche, esperando que este dolor,
estos pensamientos y este pesar se esfumaran junto al humo del tabaco, que era
lo único delicioso en ese momento.