- DEL SUEÑO A LA
POESÍA -
(Relato)
Por: Alejandro Tamariz Campos*
Matar es tan
sencillo, decía el tío Antonio, es como cuando van a hacer mole en la casa
Leandro, agarras el pollo de las patas, y le retuerces el cuello, y sientes
como su cuerpo se agita, se retuerce impotente y se le va la vida, y el calor
del cuerpo empieza a enfriarse, y sólo se calienta con el agua hirviendo para
pelarlos. Recuerdas al Tío Antonio, alto, fuerte, matando pollos uno tras otro
en el ritual del 3 de mayo de
Leandro bajó del autobús, descendió de la terminal y
tomó un taxi, se bajó dos calles antes de la casa del tío Antonio, ya algunos
familiares estaban realizando los trámites para trasladar el cuerpo a
No te confíes Leandro,
nunca te confíes, decía el tío Antonio, hay algunos que no tienen palabra, hay algunos que matan sólo
por dinero, que no respetan ni a su
madre. Ten cuidado de ellos, a esos no les puedes dar la espalda, esos son
traicioneros siempre, te matan por cualquier motivo, si les gusta tu mujer te
matan, si los contratan para matar a alguien, lo buscan y les piden dinero para
matar al que los mandó, y cobran en los dos lados. No te confíes Leandro. Los
que te conocen saben que son los de tu confianza los que se pueden acercar a
ti. Y a ellos los buscan, a ellos les ofrecen dinero. Tienes que escoger muy
bien a la gente Leandro. No puedes trabajar con cualquiera. Tienes que trabajar
solo, siempre solo. Es peligroso tener amigos, aquí no se puede tener amigos,
ni tomar alcohol, ni tener el sueño profundo. Tienes que estar siempre
despierto. Tienes que leer bien las señales, cuando hay algo sospechoso, vete
rápido, o estate listo para lo peor. Lo más cabrón es morirte en las manos de
un cobarde. Y así había muerto el tío Antonio, así había derramado su sangre en
esas tierras calientes. Su desconfianza parpadeó de sueño, y dejó pasar al
enemigo. No puedes creer que haya rascado. No puedes creer que lo hayan
obligado a hacerlo. Pero se veían las huellas de más de tres personas, y se
veía un desorden en ellas, quizás un forcejeo. Quizás lo hizo para alargar el
momento de la muerte, y esperar que en algún momento vender cara su vida. Eso
ha de haber hecho el tío Antonio. Él no se acobardaba, él no pedía perdón ni negociaba.
Él sabía distinguir el momento fatal y cuando existe una posibilidad de
salvarse. Aquí no podía salvarse, pero quizás era una señal, quizás había
dejado un mensaje para la venganza, quizás era eso, una señal que tendría que
encontrar pronto en ese traspatio de tierra removida, de sangre, y de huellas.
Ahí estaba la clave. Ahí estaba el acertijo.
Leandro caminó lentamente en el traspatio, ¿qué
mensaje había dejado el tío Antonio?, ¿cuál sería su testamento de venganza?, ¿cuál
serían sus últimos deseos en ese momento crítico en que le arrebataron de
manera ventajosa la vida? Leandro se
detuvo en el umbral de la cerca, y observó que había sangre en la cerca, una
pequeña mancha de sangre de alguien que seguramente salió saltando. Salió de la
casa, y vio un poco de sangre en un poste de luz apenas perceptible, y entonces
lo entendió todo. Había sido inminente su muerte, eran más de dos, y no había
manera de salvarse. Así que había que dejar la señal. Había que dejar esta
vida, seguro que alguien cobraría la afrenta, entonces, probablemente marcó al
traidor, como fuera había que marcarlo.
Cuando te toca, te
toca, hay un momento Leandro en que las cosas se ponen feas, y ni modo, Dios
pone una ralla en el camino y ahí nos
quedamos, pero cuando no te toca, aunque parezca segura la muerte, uno se
escapa, uno se salva. Hay que tener claras las cosas, y nunca tener miedo,
nunca acobardarte ante el destino Leandro, algún día te va a tocar, como nos
toca a todos, y vamos a caer a podrirnos dentro de la tierra si bien nos va, o
nos va a tocar una muerte lenta y dolorosa, a todo debemos estar listos. Pero
cuando pase la hora final Leandro, hay que mantener la cabeza fría, hay que
vender cara la vida, nunca pedir perdón ni arrepentirse, nunca flaquear ante el
enemigo, nunca entregarse sin luchar, a menos que no esté en tus manos. Si ves
que es el final, deja las señales, deja las huellas para que el otro perro de
caza las encuentre, deja apuntado el camino. Ya lo demás no depende de ti
Leandro, quizás te mueras solo, en un paisaje lejano y sin gentes, y tu carne
no reciba sepultura, y tus huesos se muestren a la intemperie, como tu último
olor la pestilencia, y como tu seña el asco que produce en los vivos el
lenguaje crudo de la muerte. Si puedes véngame Leandro. Si puedes chíngatelos Leandro.
Así como te he ayudado con tus asuntos. No dejes que se rían Leandro, no dejes
piedra sobre Piedra. Que sientan el miedo de LEANDRO MATA ZIJAR, que sientan el
frío de tu plomo, que la frialdad de tu plomo reclame mi nombre. Como en los
viejos tiempos Leandro, como en los viejos tiempos. Como todas aquellas veces
que nuestras pistolas y nuestras escopetas tronaron juntas, como esas veces en
que espalda a espalda salimos vivos echando balazos, como esas veces en que
tendimos emboscadas, como esos días en que tú estabas jodido y te di armas y
dinero, como esos días en que te escondí con mi gente. Como esos pocos días de
familia que tuvimos. Si te toca primero yo me encargo Leandro, ya estoy viejo,
pero todavía puedo, todavía puedo cobrar tus cuentas. La voz del tío Antonio le
rebotaban en la cabeza, al punto que acariciaba de vez en cuando la pistola
caliente en la cintura. Sólo podía oír su respiración lenta y su corazón que le
zumbaba en los oídos. Y recordada sus promesas, recordaba aquellas pláticas
interminables a sabor a cigarrillos, a sabor a muertes detalladas, a muertes
anunciadas y a muertes pagadas y bien hechas. Trabajos bien hechos decía el tío
Antonio. Nunca dejes un trabajo a medias
Leandro. Nunca dejes las cosas a medias. Nunca las pienses tanto, si te
equivocas ni modo. Primero mata y después vemos qué pasa. Primero toma las
vidas y después confirmas. Después si te equivocaste ni modo. Pero las tomaste
al fin.
Leandro preguntó a aquella mujer por su marido el
Chalate, que dónde estaba, la mujer respondió que estaba enfermo, que lo había
mordido un perro, que al rato venía, que estaba en la casa de ella. Voy a
saludarlo, siguen viviendo en donde siempre, preguntó Leandro. Y ante la
respuesta afirmativa, se encaminó unas cuadras de la casa, se acercó
lentamente, y entró despacio por la cocina. Se escondió en una pila de tabiques
a un lado del baño que estaba afuera, en algún momento saldría de la casa. Esperó
como diez minutos, y salió aquel hombre moreno un poco desconfiado, mirando a
ambos lados de la puerta, y cuando no vio nada extraño, se encaminó al baño. No
te muevas. Ahorita mismo me vas a dar los otros nombres. Sabes que no es
personal, y sólo quiero los otros nombres. Y si no me los das me los va a dar
tu mujer. -Leandro yo no tengo nada que ver, te lo juro que no estoy metido en
la muerte de tu tío- dijo. –Sabes que pocos entrábamos a su casa, y que éramos
de su confianza. –Por eso dijo Leandro, por eso te fregó la mano. –Así que me
das los nombres y dejo a tu familia fuera de esto. –No Leandro, mi familia
menos está involucrada. -No sé quien pudo haber…. Un balazo le atravesó el
estómago y calló lentamente al suelo. Leandro entró en la casa, y no vio nada
que le dijera algo. Regresó a la casa del tío Antonio, y volvió a preguntar a
la mujer que donde estaba su marido, que no lo había encontrado. –No se donde
puede estar, yo lo dejé en la casa. -No sabes quienes estuvieron con él ayer,
seguramente se fue con ellos, me habían dicho de una chambita. –Pues fueron dos
de sus primos, que vinieron a visitarlo desde hace ocho días, y estaban
escondidos, venían huyendo de la capital, y se regresaron ayer, y cuando los
fue a encaminar a
Lo ves dormir con
una calma que se antoja sin reclamos de conciencia, que se pierde en el catre
sin dudas ni sobresaltos, y siempre con la pistola debajo de la almohada, y las
malas compañías, siempre con los malos pasos, siempre con la prisa de estarse
yendo. Siempre con ese olor extraño de su sudor que te llamaba la atención, que
estaba impregnado de una rareza, que intimidaba y que imponía su presencia aún
a aquellos que no lo conocían, lo ves encabezando a esos hombres de mala
estampa. Lo ves después de que regresó de las Islas Marías, lo ves después de
estar más de dos meses con las heridas de machete, y lo ves ahorita descansar
de la desvelada. Tienes la pistola en la bolsa del pantalón que pesa como
culpa. Sólo en ti confío. Te dijo. Aquí te quedas cuidándome el sueño. Ese día
durmió toda la tarde, y después se despertó con los ojos rojos y la cara hinchada,
- ¿Qué hora es Leandro? –Ya oscureció. –Pásame los cigarros. Lo recuerdas
prendiendo un tabaco oscuro sin filtro. Dio una bocanada enorme al tabaco, y
una masa de humo blanquecino escondió su rostro delante de ti. Permaneció sin
decir palabra alguna. Oliste ese sudor extraño del tío Antonio. Como si su olor
te hablara, como si sus muertes podridas pudrieran los poros de su piel y te
platicaran la negrura de sus pasos, ante el silencio amodorrado. Viste
LEANDRO MATA ZIJAR salió de la casa del tío Antonio, sin satisfacción alguna, sabía quienes eran esos que faltaban, dejaba un compromiso a medias con el tío Antonio, dejaba tras de sí una vida terminada, y si fueron ellos o no fueron, el no volvería a pisar esa tierra caliente, y tendría el pendiente de dos compromisos que saldar, entre otros pendientes. El tío Antonio regresaba al pueblo en un cajón, y seguramente sus huesos iban a podrirse cerca de la tumba de su madre, y no sin antes derramar sangre por esta vez, y con el pendiente de que más adelante dos gritos más de plomo acabarían con el compromiso que le quemaba más que el Sol que le daba de frente, y que le hacía sudar con la humedad de aquel clima y con la enorme sed que sentía, que más que una sed de agua era una sed de coraje que siempre tenía en la boca. Que siempre iba a tener en la boca, con ese sabor metálico permanente, que sólo la muerte algún día resolvería, en esa cadena interminable de pendientes, de odios y de venganzas, que seguramente habían de terminar con sus pasos. Por ahora sólo sentía las extrañas fuerzas del Sur, haciendo carbón de la leña que su odio alimentaba.
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