alejandro tamariz campos.jpg- DEL SUEÑO A LA POESÍA -

 LOS ROSTROS EN EL ESPEJO

 LAS FUERZAS DEL SUR

(Relato)

Por: Alejandro Tamariz Campos*

  LEANDRO MATA ZIJAR, despertó completamente sudado, el camión en que viajaba, había descendido la meseta de la Ciudad de México, y el calor de la costa empezaba a calentar la masa de aluminio del transporte, el paisaje se había desnudado de las ropas de confieras, y había cambiado ese aliento fresco, por la caliente voz de las espineras que preferían las ropas ligeras de hojas y tupidas de espinas, de los mezquites y los cactus. Ya más cerca del mar, el clima tropical arropaba de verdor los cerros y de humedad ese aliento caliente que inundaba los cuerpos templados de los pasajeros.

 

Matar es tan sencillo, decía el tío Antonio, es como cuando van a hacer mole en la casa Leandro, agarras el pollo de las patas, y le retuerces el cuello, y sientes como su cuerpo se agita, se retuerce impotente y se le va la vida, y el calor del cuerpo empieza a enfriarse, y sólo se calienta con el agua hirviendo para pelarlos. Recuerdas al Tío Antonio, alto, fuerte, matando pollos uno tras otro en el ritual del 3 de mayo de la Santa Cruz, en el calor sofocante de mayo, con el perfume del incienso y del trapo de hule, el olor a velas, copal, flores, aguardiente de caña, humo de cigarros, el bullicio de la plática, el totonaco, el tepehua, y alguno que otro otomí, llenando de ir y venir de gente, hombres trayendo leña, maíz, frijol, pollos, hoja de plátano para los tamales, los chamacos como tú, pelando pollos colgados de los árboles de mandarinas, mujeres llevando en las bateas de cedro los pollos a lavar y a despiezar al arroyo. Y lo recuerdas a él, fuerte como un horcón de quebrache, como un poste de encino rojo, requemado por el sol, y por la lluvia, curtido por las inclemencias del clima tropical, por la tierra negra, por las marcas de las grapas que sostienen el alambre de púas, por la furia del ganado que empuja la alambrada. Así se veía el tío Antonio, curtido por la sierra, curtido por los balazos, curtido por el machete y por la tarpala, curtido por las mujeres de piernas morenas, curtido como los perros de caza, que no sienten las espinas, y que no pierden a la presa, así era el tío Antonio, como perro conejero, nunca se le fue una presa viva. Ahí lo recuerdas a él, mirando siempre con un aire de desconfianza, preguntando siempre de donde venían los extraños, los desconocidos, de donde viene, pariente de quién es, y hasta estar convencido, dejaba de preguntar, o lo iba a tantear con algunas preguntas, siempre con la pistola y dos cargadores, y el caballo siempre ensillado, la retrocarga y la manga.

 

 

Leandro bajó del autobús, descendió de la terminal y tomó un taxi, se bajó dos calles antes de la casa del tío Antonio, ya algunos familiares estaban realizando los trámites para trasladar el cuerpo a la Sierra Norte de Puebla, unas velas estaban en el piso de cemento mal hecho, y unas flores estaban en la entrada del cuarto. Caminó lentamente reconociendo a las personas, y una sobrina lejana del tío Antonio lo recibió con los ojos llorosos. Ven conmigo Leandro, le dijo ella, pasa para la parte de atrás de la casa. Y ahí fue conducido Leandro, a un patio trasero, donde se veía un montón de tierra y un hueco, y manchas de sangre en la orilla. Aquí lo mataron Leandro, aquí lo mataron, lo hicieron rascar este hueco en la tierra y luego lo apuñalaron, y lo dejaron adentro del hueco que él mismo hizo. Los ojos de Leandro estaban rojos de la rabia, adentro de él se agitaba la bestia sangrienta que se aparecía a veces. Esta vez con un furor incontenible, que sólo había sentido en aquellos lejanos tiempos, en que la venganza le puso los primeros pasos en este camino de bandolero. Sólo la venganza apagaría la sed que ahora sentía. Sólo el sabor metálico de la sangre compensa la sangre derramada del tío Antonio.

 

No te confíes Leandro, nunca te confíes, decía el tío Antonio, hay algunos que  no tienen palabra, hay algunos que matan sólo por dinero, que no respetan  ni a su madre. Ten cuidado de ellos, a esos no les puedes dar la espalda, esos son traicioneros siempre, te matan por cualquier motivo, si les gusta tu mujer te matan, si los contratan para matar a alguien, lo buscan y les piden dinero para matar al que los mandó, y cobran en los dos lados. No te confíes Leandro. Los que te conocen saben que son los de tu confianza los que se pueden acercar a ti. Y a ellos los buscan, a ellos les ofrecen dinero. Tienes que escoger muy bien a la gente Leandro. No puedes trabajar con cualquiera. Tienes que trabajar solo, siempre solo. Es peligroso tener amigos, aquí no se puede tener amigos, ni tomar alcohol, ni tener el sueño profundo. Tienes que estar siempre despierto. Tienes que leer bien las señales, cuando hay algo sospechoso, vete rápido, o estate listo para lo peor. Lo más cabrón es morirte en las manos de un cobarde. Y así había muerto el tío Antonio, así había derramado su sangre en esas tierras calientes. Su desconfianza parpadeó de sueño, y dejó pasar al enemigo. No puedes creer que haya rascado. No puedes creer que lo hayan obligado a hacerlo. Pero se veían las huellas de más de tres personas, y se veía un desorden en ellas, quizás un forcejeo. Quizás lo hizo para alargar el momento de la muerte, y esperar que en algún momento vender cara su vida. Eso ha de haber hecho el tío Antonio. Él no se acobardaba, él no pedía perdón ni negociaba. Él sabía distinguir el momento fatal y cuando existe una posibilidad de salvarse. Aquí no podía salvarse, pero quizás era una señal, quizás había dejado un mensaje para la venganza, quizás era eso, una señal que tendría que encontrar pronto en ese traspatio de tierra removida, de sangre, y de huellas. Ahí estaba la clave. Ahí estaba el acertijo.

 

 

Leandro caminó lentamente en el traspatio, ¿qué mensaje había dejado el tío Antonio?, ¿cuál sería su testamento de venganza?, ¿cuál serían sus últimos deseos en ese momento crítico en que le arrebataron de manera ventajosa la vida?  Leandro se detuvo en el umbral de la cerca, y observó que había sangre en la cerca, una pequeña mancha de sangre de alguien que seguramente salió saltando. Salió de la casa, y vio un poco de sangre en un poste de luz apenas perceptible, y entonces lo entendió todo. Había sido inminente su muerte, eran más de dos, y no había manera de salvarse. Así que había que dejar la señal. Había que dejar esta vida, seguro que alguien cobraría la afrenta, entonces, probablemente marcó al traidor, como fuera había que marcarlo.

 

Cuando te toca, te toca, hay un momento Leandro en que las cosas se ponen feas, y ni modo, Dios pone una ralla en el camino y ahí  nos quedamos, pero cuando no te toca, aunque parezca segura la muerte, uno se escapa, uno se salva. Hay que tener claras las cosas, y nunca tener miedo, nunca acobardarte ante el destino Leandro, algún día te va a tocar, como nos toca a todos, y vamos a caer a podrirnos dentro de la tierra si bien nos va, o nos va a tocar una muerte lenta y dolorosa, a todo debemos estar listos. Pero cuando pase la hora final Leandro, hay que mantener la cabeza fría, hay que vender cara la vida, nunca pedir perdón ni arrepentirse, nunca flaquear ante el enemigo, nunca entregarse sin luchar, a menos que no esté en tus manos. Si ves que es el final, deja las señales, deja las huellas para que el otro perro de caza las encuentre, deja apuntado el camino. Ya lo demás no depende de ti Leandro, quizás te mueras solo, en un paisaje lejano y sin gentes, y tu carne no reciba sepultura, y tus huesos se muestren a la intemperie, como tu último olor la pestilencia, y como tu seña el asco que produce en los vivos el lenguaje crudo de la muerte. Si puedes véngame Leandro. Si puedes chíngatelos Leandro. Así como te he ayudado con tus asuntos. No dejes que se rían Leandro, no dejes piedra sobre Piedra. Que sientan el miedo de LEANDRO MATA ZIJAR, que sientan el frío de tu plomo, que la frialdad de tu plomo reclame mi nombre. Como en los viejos tiempos Leandro, como en los viejos tiempos. Como todas aquellas veces que nuestras pistolas y nuestras escopetas tronaron juntas, como esas veces en que espalda a espalda salimos vivos echando balazos, como esas veces en que tendimos emboscadas, como esos días en que tú estabas jodido y te di armas y dinero, como esos días en que te escondí con mi gente. Como esos pocos días de familia que tuvimos. Si te toca primero yo me encargo Leandro, ya estoy viejo, pero todavía puedo, todavía puedo cobrar tus cuentas. La voz del tío Antonio le rebotaban en la cabeza, al punto que acariciaba de vez en cuando la pistola caliente en la cintura. Sólo podía oír su respiración lenta y su corazón que le zumbaba en los oídos. Y recordada sus promesas, recordaba aquellas pláticas interminables a sabor a cigarrillos, a sabor a muertes detalladas, a muertes anunciadas y a muertes pagadas y bien hechas. Trabajos bien hechos decía el tío Antonio. Nunca dejes un trabajo a  medias Leandro. Nunca dejes las cosas a medias. Nunca las pienses tanto, si te equivocas ni modo. Primero mata y después vemos qué pasa. Primero toma las vidas y después confirmas. Después si te equivocaste ni modo. Pero las tomaste al fin.

 

 

Leandro preguntó a aquella mujer por su marido el Chalate, que dónde estaba, la mujer respondió que estaba enfermo, que lo había mordido un perro, que al rato venía, que estaba en la casa de ella. Voy a saludarlo, siguen viviendo en donde siempre, preguntó Leandro. Y ante la respuesta afirmativa, se encaminó unas cuadras de la casa, se acercó lentamente, y entró despacio por la cocina. Se escondió en una pila de tabiques a un lado del baño que estaba afuera, en algún momento saldría de la casa. Esperó como diez minutos, y salió aquel hombre moreno un poco desconfiado, mirando a ambos lados de la puerta, y cuando no vio nada extraño, se encaminó al baño. No te muevas. Ahorita mismo me vas a dar los otros nombres. Sabes que no es personal, y sólo quiero los otros nombres. Y si no me los das me los va a dar tu mujer. -Leandro yo no tengo nada que ver, te lo juro que no estoy metido en la muerte de tu tío- dijo. –Sabes que pocos entrábamos a su casa, y que éramos de su confianza. –Por eso dijo Leandro, por eso te fregó la mano. –Así que me das los nombres y dejo a tu familia fuera de esto. –No Leandro, mi familia menos está involucrada. -No sé quien pudo haber…. Un balazo le atravesó el estómago y calló lentamente al suelo. Leandro entró en la casa, y no vio nada que le dijera algo. Regresó a la casa del tío Antonio, y volvió a preguntar a la mujer que donde estaba su marido, que no lo había encontrado. –No se donde puede estar, yo lo dejé en la casa. -No sabes quienes estuvieron con él ayer, seguramente se fue con ellos, me habían dicho de una chambita. –Pues fueron dos de sus primos, que vinieron a visitarlo desde hace ocho días, y estaban escondidos, venían huyendo de la capital, y se regresaron ayer, y cuando los fue a encaminar a la Terminal, fue cuando lo mordió el perro – dijo ella.

 

Lo ves dormir con una calma que se antoja sin reclamos de conciencia, que se pierde en el catre sin dudas ni sobresaltos, y siempre con la pistola debajo de la almohada, y las malas compañías, siempre con los malos pasos, siempre con la prisa de estarse yendo. Siempre con ese olor extraño de su sudor que te llamaba la atención, que estaba impregnado de una rareza, que intimidaba y que imponía su presencia aún a aquellos que no lo conocían, lo ves encabezando a esos hombres de mala estampa. Lo ves después de que regresó de las Islas Marías, lo ves después de estar más de dos meses con las heridas de machete, y lo ves ahorita descansar de la desvelada. Tienes la pistola en la bolsa del pantalón que pesa como culpa. Sólo en ti confío. Te dijo. Aquí te quedas cuidándome el sueño. Ese día durmió toda la tarde, y después se despertó con los ojos rojos y la cara hinchada, - ¿Qué hora es Leandro? –Ya oscureció. –Pásame los cigarros. Lo recuerdas prendiendo un tabaco oscuro sin filtro. Dio una bocanada enorme al tabaco, y una masa de humo blanquecino escondió su rostro delante de ti. Permaneció sin decir palabra alguna. Oliste ese sudor extraño del tío Antonio. Como si su olor te hablara, como si sus muertes podridas pudrieran los poros de su piel y te platicaran la negrura de sus pasos, ante el silencio amodorrado. Viste la Virgen de Guadalupe tatuada en su hombro izquierdo, y el Diablo tatuada en la pierna derecha. Te hablaron Dios y el Diablo en su  nombre, y te dijeron que lo mismo que prende una vela con devoción en la iglesia, lo mismo apaga una vida sin remordimientos. Lo viste detenidamente. Lo viste en esa nube blanquecina de tabaco y lo recuerdas con el olor extraño de su piel, y así lo recuerdas ahora. Con el compromiso de terminar el pacto, con el compromiso del silencio que te muerde los labios, como a el lo acabó de morder la muerte.

 

LEANDRO MATA ZIJAR salió de la casa del tío Antonio, sin satisfacción alguna, sabía quienes eran esos que faltaban, dejaba un compromiso a medias con el tío Antonio, dejaba tras de sí una vida terminada, y si fueron ellos o no fueron, el no volvería a pisar esa tierra caliente, y tendría el pendiente de dos compromisos que saldar, entre otros pendientes. El tío Antonio regresaba al pueblo en un cajón, y seguramente sus huesos iban a podrirse cerca de la tumba de su madre, y no sin antes derramar sangre por esta vez, y con el pendiente de que más adelante dos gritos más de plomo acabarían con el compromiso que le quemaba más que el Sol que le daba de frente, y que le hacía sudar con la humedad de aquel clima y con la enorme sed que sentía, que más que una sed de agua era una sed de coraje que siempre tenía en la boca. Que siempre iba a tener en la boca, con ese sabor metálico permanente, que sólo la muerte algún día resolvería, en esa cadena interminable de pendientes, de odios y de venganzas, que seguramente habían de terminar con sus pasos. Por ahora sólo sentía las extrañas fuerzas del Sur, haciendo carbón de la leña que su odio alimentaba.

 

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

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