EL CONOCIMIENTO DEL MAESTRO*
El caso es que le pidieron que
les hablase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no
dudó en aceptar. El día señalado, no obstante, tuvo la intuición de que la
actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección.
Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al
hombre confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante
ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:
–Amigos, ¿saben de qué voy a
hablarles?
–No –contestaron.
–En ese caso –dijo–, no voy a
decirles nada. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la
palabra.
Los asistentes, desorientados,
se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y, decididos a divertirse,
acordaron reclamar nuevamente las palabras del hombre.
El hombre no dudó en acudir
hasta ellos y les preguntó:
–¿Saben de qué voy a hablarles?
–Sí, lo sabemos –repusieron los
aldeanos.
–Siendo así –dijo el hombre–, no
tengo nada que decirles, porque ya lo saben. Que pasen una buena noche, amigos.
Los aldeanos se sintieron
burlados y experimentaron mucha indignación.
No se dieron por vencidos, desde
luego, y convocaron de nuevo al hombre. El maestro miró a los asistentes en
silencio y calma. Después, preguntó:
–¿Saben, amigos, de qué voy a
hablarles?
No queriendo dejarse atrapar de
nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:
–Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre sabio dijo:
–En tal caso, que los que saben
transmitan su conocimiento a los que no saben.
Dicho esto, el maestro se marchó de nuevo al bosque.
*Cuento de tradición oral universal publicado en la colección Gaviotas de Azogue No. 86.