alejandro tamariz campos.jpg- DEL SUEÑO A LA POESÍA  -

YO SOLO ME DEFENDÍ

Por: Alejandro Tamariz Campos*

Serían como las seis de la mañana, cuando Horacio le puso avío a la mula, y empezó a amarrar el morral de tapadera al caballo, mientras se oían las cachetadas que le daban a la masa en la cocina, el olor a humo y a tortillas cocidas empezaba a circular por la casa de embarre, el olor a chile asado y a café igualmente perfumaban la mañana que empezaba a clarear, cuando estuvo listo el lonche y bien envuelto lo metió en el morral, junto a la tarpala, la lima, el pañuelo y la garrafa de agua, se encintó el machete y monto la mula.

 

Con un café caliente y dos gordas de chile verde en el estómago, partió aquel día a la milpa, y algo en el ambiente le decía que podría pasar algo, como en esos días en que suceden las de malas, como en esos días de tragedias y de muertes, la mula estaba arisca y el cielo nublado empezaba a amenazar con el agua. De repente empezó a caer el lloviznillo cruzando el primer contacto con el arroyo del pueblo, y Horacio se puso la manga, y le puso el forro impermeable al sombrero.

 

El arroyo se tendía como una serpiente que envolvía al pueblito de indios totonacas; Munixcan le llamaban los viejos. El arroyo caía desde los manantiales del cantil, y culebreaba todo el camino real descendiendo los montes altos, envolvía casi en redondo al pueblo, y se iba potreros abajo hasta morder el Río Pantepec. Un lodazal se tendía a su paso bajo la sombra de unas higueras, con las heridas de las patas del ganado que seguramente había pasado como una hora antes, señal de que la vaquiada iba camino arriba, y posiblemente los alcanzaría casi llegando al salto chico, donde estaba la milpa.

 

Caminó subiendo la cuesta sin encontrarse a nadie, el lloviznillo dejó de caer, y el cielo empezaba a escamparse, los garzas caían como puños de arroz en los lomos de las vacas echadas cerca del camino, y mientras rumiaban la comida del día anterior, cedían las garrapatas a las aves blancas que sin ningún problema desparasitaban los animales tendidos al pasto lleno de rocío. Un canto de lechuza lo hizo voltear bruscamente a la derecha, y la miró cantando en un sauce, muy de mañana, cuando ya debería de estar escondida en su nido. La lechuza pareció mirarlo, y Horacio sintió un escalofrío en el cuerpo, las señales estaban aumentando, que pensó que no iba a quedarse a trabajar en la milpa este día, probablemente traería una carga de leña con la mula, pero no trabajar, el día estaba malo, estaba pesado como culpa, se sentía como lo siente un desvelado al salir el sol, con dolor en los ojos irritados, y con esa extrañeza de insatisfacción. Así lo sintió Horacio, y lentamente llegó hasta la milpa.

 

Amarró la mula a un árbol de chote, ya el sol empezaba a tomar forma en la copa de los árboles, y la claridad de esa mañana lastimaba los ojos, de repente oyó el rumor de risas y pláticas en totonaco, y casi de inmediato salieron como seis hombres de una vereda, -Buenos días Horacio!! Buenos días, le madrugaron –dijo en respuesta, -Si venimos a la siembra. -Al rato nos acompañas, va haber aguardiente y tamales, atole y mole de guajolote, estamos en el cerro de junto, vas a echarte un trago. –Si, como no! al rato los acompaño, nomás junto mi leña, y nos echamos un trago, al fin ya mañana es viernes. Contestó Horacio, afirmando que el día de plaza estaba asomando la nariz en el día siguiente, y era el día de echarse unos tragos de aguardiente o de cerveza. Saludaron y las figuras blanqueadas por el calzón y la camisa de manta siguieron echando risas que se fueron alejando al cerro de enfrente que era una roza lista para la siembra, algunos ya llevaban una vara larga que seguramente se encontraron en la vereda y que serviría de espeque para la siembra.

 

Horacio le quitó el avío a la mula, le desgrano un poco de maíz que había en la troje, se lo dio de comer a la mula y empezó a afilar el machete, sentado en una piedra negra, cuando oyó un tropel de caballos aproximándose, eran los pistoleros del rico, ocho matones con pistolas de ceromonel, sombreros de Panamá, y las retrocargas atravesadas en el cuerpo. -Buenos días Horacio, dijeron, -Buenos días dijeron ellos. –Luego nos vemos, ´-luego nos vemos, dijo Horacio con un poco de angustia. Ya los sembradores estaban a medio cerro en una fila sesgada tendiendo los primeros surcos de la siembra. Mientras el tendía los primeros machetazos a un árbol de Grado, que estaba tendido en la orilla de la milpa, oyó los disparos, sendos cañonazos rebotaron en la hondonada y el silencio de la mañana hizo aumentar su eco en el cantil y asustó a las parvadas de torcazas que estaban cerca, y volteo la cara para ver ya tendidos a los calzonudos que acababa de saludar. Nunca imaginó que el sería el que los vería por ultima vez vivos y que para el fueran sus últimas risas y palabras, dos tipos daban los tiros de gracia a esos desgraciados a lo lejos. Tampoco pensó que fueran contra ellos esos cabrones. Estaba de una pieza blanquecina por el susto, y luego escuchó el tropel de caballos rumbo a el. –Horacio!!!, -Horacio!!!, donde estas, le preguntaban las voces, y sintió que las piernas se le quebraban, se estaban separando los caballos, al rededor de la milpa, ni para correr, un sudor helado le corrió en el cuerpo, y la boca seca le entumió la voz. –Aquí estoy!!!, dijo como entre resignado y anunciando su muerte, aquí estoy cortando leña!!!, volvió a repetir, imaginando que aquellas señales solo eran de la muerte y la de malas, las de esos pobres campesinos y las de el por haber estado ahí, presente en la suerte de esos desgraciados que se tendían en el cerro ya sin vida.

 

La muerte se aproximó disminuyendo el galope, y ya frente a el, que con la mano derecha sosteniendo el machete, un tipo le dijo: -Yo creo que va a llover Horacio, o tu como ves, -Pues a lo mejor llueve mas al rato, dijo con un nudo en la garganta y en el estómago. –Pinche Horacio te vas a mojar, mejor ya vete al pueblo, -Pues es lo que estaba pensando, nomás corto mi leña y me voy. –Pinche Horacio me caes bien cabrón, vete mejor, hoy no es día para cortar leña. –Ah! y Horacio, no has visto nada ni a nadie, oíste!!!, a nadie!. –Luego nos vemos, -Si, nos vemos. Y se marchó alzando la mano con un gesto, como de que todo estaba hecho.

 

 

Horacio, se quedó helado ante estas chiangaderas, el espanto apareció con mayor fuerza, y bajo lentamente hasta la troje, descolgó el morral y dio un gran trago de agua, posiblemente estaban ahí esperándolo para matarlo, quizás lo esperarían en el camino para matarlo, no era posible que lo dejaran vivo, los había visto a todos, los conocía, a los muertos y a los matones, quizás se había escapado frente a ese cabrón, pero no estaba seguro de estar vivo por completo. Pero si se quedaba ahí, seguramente sabrían que el vio todo, y le preguntaría, y si decía algo, se lo echaban, y si no decía quien fue, se lo echaban también, y si se iba ahorita, seguramente lo estaban esperando para matarlo. Que hacer entonces. Sin pensarlo más, echo el avío a la mula, y salio de la milpa, y en lugar del camino real, subió el cantil, y bajo por la vereda de los potreros, esperando ya cualquier cosa. Su miedo aumentaba a cada instante, y volvió a tomar un grade trago de agua. Siguió sin problemas cerros abajo, mientras el cielo se nublaba en lo grisáceo de las nubes cargadas de agua. Siguió hacia el pueblo sin encontrarse a nadie, hasta que casi al llegar al pueblo, se encontró a unas Señoras que iban a cortar leña, -Buenos días, -Buenos días, y al entrar cruzando el arroyo cerca del pueblo, se soltó el aguacero, cargado y frío, con unos goterones que dolían en el cuerpo.

 

Llegó a la casa, y se descalzó los zapatos, y se sentó en una silla con las manos metidas en los cabellos, se quedó un largo rato. Esas eran las señales pensó para sí, eso era el mal agüero de la lechuza, ese era el rumor de la muerte, esas eran las extrañas sensaciones que me invadieron en la mañana. Nomás a eso fui, pensó, nomás a ver morir a esos desgraciados, a escuchar sus risas, a escuchar sus últimos pasos, a presenciar las últimas heridas a la tierra con su siembra inacabada.

 

Como al medio día llegó la noticia de los muertos, la lloradera y las mentadas empezaron a correr por el pueblo, un grupo de familiares ya se estaba armando, la rabia y el coraje se sentían en esos indios totonacas, -¿Nadie vio nada?, -¿Nadie los conoció?, decían, y Horacio se encerró en su casa, y nadie le vino a preguntar nunca nada.

 

Al otro día Horacio, se levantó temprano, ya se sabía que habían sido los matones del rico, ya los habían velado a los pobres, y se encaminó a la Plaza del Pueblo a acarrear las tarimas de los puestos de su Padrino que vendía verduras. Y de inmediato se regreso a la casa. Casi sin cruzar palabra con nadie, solo los saludos de costumbre. Y en la tarde, volvió a subir a la plaza, a recoger las tarimas de los puestos, ya casi pardeaba la tarde, cuando al tercer viaje, en el callejón de la Iglesia se lo encontró, ahí estaba ese cabrón bien borracho. -Pinche Horacio!!, tu siempre andas acarreando leña verdad. Horacio pasó sin hacerle caso, -Pinche Horacio tanto tiene la culpa el que mata la vaca como el que le agarra la pata, volvió a decirle, cuando de repente y con violencia lo agarró del cuello. –Que fácil es callarse el hocico verdad. –Pinche cobarde. –Pinche indio cobarde. Y cuando iba a sacar la pistola, Horacio lo empujó contra el muro de la iglesia, y le agarró la mano de la pistola, y lo azotó contra el suelo bruscamente. En la caída, se pegó en una piedra y quedó inconsciente, mientras Horacio se echó a correr brincándose un pretil de piedras y saliendo por un lado de la iglesia rumbo a su casa.

 

El tipo no murió, pero se quedó enfermo por la descalabrada, y dos días después murió en otro pueblo al que se había ido. Y Horacio salió esa tarde con rumbo desconocido, dejando milpa, casa, mujer y familia, por el canto de lechuza que le había anunciado el mal agüero. Y nunca regreso la vista atrás.

 

-Yo solo me defendí mijo. –Yo solo me he defendido en esta vida mijo. -Yo no soy malo. -Yo no le he hecho mal nadie. Me fui del pueblo porque me querían matar, por eso deje a tu papá chamaco en el pueblo, por eso nunca regresé, porque defendí con todas mis fuerzas mi vida, nunca tomé la vida de nadie por coraje o por maldad, yo solo me defendí. Estas palabras me dijo mi abuelo HORACIO TAMARIZ, una vez que fui a visitarlo, me lo dijo llorando porque se que los recuerdos le lastimaban en la memoria, al verme a los ojos.

 

Vale este cuento por mi abuelo HORACIO TAMARIZ, que defendió su vida, después de presenciar la muerte de sus amigos, de mi abuela, de mi tío Alejandro, de sus sueños y esperanzas por ser un Hombre Bueno, cuando las circunstancias nunca se lo permitieron, y este diecisiete de abril de dos mil nueve, por fin ya  no pudo defender más su vida, ya que los años, los dolores de la vejez, por fin le cerraron los ojos lejos, muy lejos de nosotros, a donde el destino encaminó sus pasos. DESCANSE EN PAZ HORACIO TAMARIZ.

 

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

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