UN AMOR SIN PALABRAS

Por: Mónica Isabel Distilio*

       Aquel camino era uno de los tantos que había recorrido. Polvoriento, estrecho, con grandes yuyales que tapaban casi el horizonte. La charca ya estaba cerca. Alcanzaba ya a ver varias siluetas de niños jugando. Una charca más. Un trabajo temporario que calmaría el hambre  o la sed, un lugar para dormir y después de un tiempo nuevamente el camino. Eso era para él, el rancho que se veía a lo lejos.


       Apuró el paso, se pasó una mano por la frente sudorosa y acomodó sobre el hombro el atadito con sus ropas. Pocas, limpias, descoloridas.


       Preguntó a los niños por el patrón y ellos señalaron hacia el rancho. Atravesó el cerco de alambre y bajo el corredor encontró a una mujer. No era el hombre de muchas palabras. Enseguida convinieron la paga y el trabajo. Y fue al galpón, lugar poco habitable, pero acostumbrado a recibir agregados, tenía lo imprescindible: el catre, un cuero para taparse, una palangana, una jarra de latón abollado. Se acomodó en el catre cerró los ojos, pensó en la mujer que momentos antes había conocido. Alta, delgada, de mirada firme hasta acaso severa. Y sin darse cuenta, se durmió.


       Era un otoño bello. El sol caía más que tibio y el invierno sólo se anunciaba  en las hojas amarillentas de los árboles. Ella muy temprano en la mañana barría el patio cubierto de hojas, él desde lejos la observaba. Un pañuelo rodeaba su cabeza, el gracioso delantal ceñía su estrecha cintura, los tobillos apenas se insinuaban bajo la larga falda.

      Cuando ya había terminado esa tarea, el cuerpo esbelto se quebraba sobre la batea, los brazos se hundían en el agua fría y al rato se llenaba de ropa el alambre sostenido por un palo, hecho de rama de laurel. Y ya no la volvía a ver.

      El rancho y el patio que o rodeaban, quedaban tras las ropas, las inmensas sábanas, y las frazadas que sacudían el polvo al sol. Entonces él se adentraba en el campo y trabajaba hasta que la tarde caía.

     Los últimos  y tímidos rayos del sol la encontraban como siempre en el corredor, sentada sobre el sillón hamaca. Ella tejía una larga manta. Él se acercaba hasta la bomba de agua y con estudiada parsimonia higienizaba sus manos y su rostro sudoroso, luego tomaba la jarra y se sentaba algo lejos de ella, también mirando hacia el río, que cruzaba el campo. Y de vez en cuando por el rabillo del ojo espiaba las delgadas manos, la amplia frente inclinada sobre el tejido.


      "Lindo día ¿no?" "O tarde lluviosa, buena pal sembradío", o "¡Que viento!" "Quebrará el tallo de trigo, que pena, ¿no?".
Y así, apenas cruzaban algunas palabras al descuido. Él no escuchaba las respuestas sólo la melodía de aquella voz.
Ella tejía y él observaba. En silencio.
Luego, la hora de cenar. Ella dejaba la manta, se colocaba el delantal, apuraba el paso hacia la cocina, la leña, y acomodaba las calientes brasas bajo la gran olla. Sobre la mesa tendida con sencilla vajilla comían ellos dos en silencio. Los niños alborotaban por un rato el ambiente, y nuevamente ellos dos.


La mujer lavaba despaciosamente los utensilios y él, el hombre esperaba en el rellano de la puerta, mirando hacia la oscuridad de la noche. Cuando el último plato estaba en su lugar, guardado, él se ponía su chaqueta y con un: ¡buenas noches!, apenas audible se retiraba al galpón, a dormir. Y a soñar.


Ella seguía un rato el tejido de la manta. Y luego, con los niños ya dormidos, caminaba hacia el cuarto a dormir, apagaba la pequeña llamita del candil y apoyaba la cabeza en el "almohadón del sueño". Le llamaba así porque recostada en él esperaba pacientemente que el sueño llegara.
Estaba segura que aquél  hombre era distinto, no era un agregado más de los que se acercaban cada tanto al campo para hacerse unos pesos: trabajaba, no se quejaba por la paga, no tomaba, como algún otro que había conocido, y de alguna forma sentía que la acompañaba. Y su compañía, callada, era dulce, la hacía sentir segura, le agradaba.
Mientras pensaba, sus propias manos acariciaron su cuerpo, su piel suave, y se detuvo en el vientre, abultado de tanto embarazo y parto.
Aflojó el rodete y la larga cabellera se deslizó sobre las sábanas. ¿Por qué no?
Mañana dejaría su cabello suelto. Y se durmió...
Aquella mañana no lo vio.
Tampoco tuvo su silueta allá lejos, en el campo, y al llegar la tarde tampoco él vino hacia el corredor.

Buscó la manta en el lugar de siempre y no estaba.
Regañó a los niños, pero en sus caritas vio que decían la verdad. Ninguno la había tomado.
Entonces reparó en una flor. Enlazada en la aguja de tejer al crochet. Muy lejos de allí, esa noche, en un camino cualquiera, un hombre dormía envuelto en una manta, que le cubría del frío, y le helaba los sueños.

Ella ató con furia sus cabellos en un apretado rodete, después metió sus manos en el agua helada. Había mucha ropa que lavar aquella mañana.

*Mónica Isabel Disitilio es escritora residente en Pergamino, Buenos Aires, Argentina. Mónica es poeta, escritora de cuentos y narradora.

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