9 de enero de 2016

 

Él se sintió desgraciado desde que un vecino le explicó que aquel aparcamiento tan lúgubre era el más próximo a su piso. Ya alguna vez había estado allí con un amigo, acompañándolo para que guardara el coche. Él, de inmediato, había rechazado el lugar por oscuro, descuidado y sucio.

A las características negativas vistas inicialmente en el aparcamiento, él añadió, después de inscribirse y pagar la primera cuota, algunas más, y, sobre todo, la de peligrosidad. Pero no tenía opción. Dejar su coche nuevo toda la noche en la calle, era arriesgarse a no hallarlo por la mañana, o a hallarlo incompleto o maltratado. Vivía en un barrio de bares, y el edificio donde habitaba, a ocho manzanas del aparcamiento, era de cuando aún no se había inventado el automóvil.

El aparcamiento constaba de tres enormes áreas: planta baja, primera y segunda. Y tenía un único empleado en el horario nocturno. En la planta baja nunca había sitio libre, pues una zona considerable estaba dedicada a las motocicletas, y el resto del espacio semejaba una suerte de cementerio ocupado por coches viejos, y, por lo regular, inactivos, pertenecientes a personas de avanzada edad.

La primera planta cada día estaba llena de coches desde el atardecer o desde las horas más tempranas de la noche. Y a él, que solía arribar al aparcamiento poco antes de la medianoche, de regreso tras extensa jornada de trabajo, o, arribar por excepción, proveniente de unos festejos de ocio, le tocaba la temida segunda planta, solitaria y casi sin luces, a la que se accedía por una rampa más empinada y de curvas más cerradas que la que llevaba a la primera.

Aquellas dos rampas del tan inhóspito aparcamiento protagonizaban las pesadillas de él, que acababa de aprender a conducir. De él, que conducía el coche inexperta e inseguramente. Tanto que, para conseguir la licencia, había apelado a una estratagema. En el primer examen práctico, sin haber cometido un error, lo suspendieron por falta de seguridad y destreza; y en el segundo, casi iniciada la conducción, por equivocarse al doblar una manzana. Así que él se las ingenió para que, cuando se presentó por tercera vez, le tocara el mismo examinador de la primera, al que, ya iniciada la marcha, le dijo: "Le estoy muy agradecido." El examinador, acostumbrado a que lo odiaran, se quedó perplejo. Él le explicó al examinador que hacía unos meses se había enfadado mucho, porque, sin errores, en su primer examen lo hubiera suspendido por falta de seguridad y destreza, pero que al continuar realizando las prácticas, se había dado cuenta de que el examinador lo había librado de un accidente. Y precisó:

"Usted me ha salvado la vida."

El examinador, aunque acababan de comenzar el examen, le dijo que ya podía regresar, y lo aprobó, a pesar de que él seguía igual de poco hábil y temeroso.

Tal zozobra le inspiraba subir las rampas del aparcamiento con el coche, que, en ocasiones, deseaba que éste se incendiara o que se lo robaran sin más. Estaba convencido de que terminaría estrellándose en alguna de las rampas, empotrándose contra alguna de aquellas paredes de las curvas o contra otro coche. Convencido también de que lo asaltarían de la peor manera en la segunda planta, y de que el cadáver no sería descubierto hasta la siguiente mañana.

Prefería ir al aparcamiento acompañado. Y mientras tuvo una pareja no hubo dificultad en conseguirlo. Pero desde que, unos pocos meses atrás, él y su pareja más reciente habían decidido separarse para introducir un compás de lejanía y espera en la relación, un compás para replantear y profundizar; inventaba unas y otras situaciones para llegar en la noche al aparcamiento con otra persona.

Esa noche se trataba de una completa desconocida, descubierta en una cafetería cuando los dos, en mesas paralelas, una hora atrás, contemplaban del otro lado del panorámico ventanal el ir y venir de las personas en la calle. Él había escrito unos versos en una servilleta, se había levantado para dirigirse al aseo, y, de regreso a su vaso, había dejado el poema, sin firma, sobre la mesa ocupada por la desconocida. El poema decía:

Sorprender / los ojos desnudos / ahítos de rostros /
siguiendo los cuerpos desconocidos / cuando desfilan
a lo largo del empañado e insensible ventanal. /
Sorprender / más allá del desconcierto / de la indiferencia / del recóndito desprecio. /
Sorprender una respuesta. / Una complicidad. /
Un rito de levántate / tus heridas / podremos /
desconocerlas / juntos.

Él invitó a la desconocida, que resultó ser profesora, a un café en su piso, y le aclaró que, después, tendría que marcharse en un autobús o en un taxi, porque si él no aparcaba, como de costumbre antes de la medianoche, corría el peligro de no poder hacerlo dentro del mismo aparcamiento, ya que había más coches que lugares, y siempre tres o cuatro autos dormían en la calle frente al sueño del empleado nocturno.

Un café compartido. Y, esencialmente, una compañía humana dentro del temido aparcamiento. Él no albergaba mayores expectativas. Estaba atravesando por un mal momento en su relación de pareja, pero, a su juicio, no se trataba de una ruptura definitiva, sino de una etapa donde era mejor que estuvieran separados. Pensaba que amaba a su pareja y que, pronto, en cualquier instante, volvería a sentir ese amor con igual o mayor intensidad que en los primeros tiempos juntos.

Esto pensaba él cuando, al culminar el ascenso de la primera rampa, casi atropella a una figura familiar. La de su pareja, que ya residía en otra ciudad, a una hora de distancia de la capital. Y que no tenía otro motivo para estar en el aparcamiento, como no fuera asegurarse de que todavía él no había llegado a su piso. Ella, que lo buscaba después del acuerdo de separación.

Se miraron. Él siguió ascendiendo con el coche y ella descendiendo a pie. Seguro que también había visto a la... desconocida.

Él no titubeó, el tiempo del que podía disponer dentro del aparcamiento era muy breve, y el amor impone sus propios tiempos. Le ordenó a aquella profesora:

–Es mi pareja –prefirió no hablar de la separación–, así que vas a bajar conmigo, pero en la puerta de salida me agradecerás el haberte acercado a la casa de tu novio, darás las buenas noches y te alejarás por la izquierda.

–¿Y el café?

–Otra vez será –no iba a decirle su dirección, ni su número telefónico, ni él podía echarse encima, en aquella circunstancia, un papel con la ubicación de la profesora.

–¡No puedes...!

–Baja –Él por fin había finalizado la maniobra y frenado–. Camina junto a mí. Siento que tenga que ocurrir de esta manera. Al despedirte hazlo con naturalidad. No olvides agradecer y sonreír. Es un favor que me haces. En igual situación, yo lo haría por ti. Yo te haría este favor.

–¿Qué te has creído?

–Me acabas de conocer. No dañes mi vida. No tengo tiempo para más explicaciones. ¡Te he pedido que sonrías!

Ya en la salida del aparcamiento, él escudriñando el rostro de ella, de ella con quien ya había compartido varios años de intimidad, alzó la voz para comentar a la otra:

–Sí, es esencial explicar en las aulas a los jóvenes que la línea entre lo correcto y lo incorrecto es una línea muy frágil –Él deseó no haber parecido amenazante, lamentaba lo que sucedía. Lo lamentaba por su pareja y por él, y también por la profesora. Añadió en tono festivo:– ¡Éxito en tus clases! –mientras no podía evitar preguntarse si la profesora no pensaba que lo que resultaba muy frágil era la línea entre la verdad y la mentira.

–Recordaré tus palabras –respondió la profesora–.

Gracias por acercarme, mi novio no me perdonaría que llegara tarde a la fiesta de su cumpleaños –y, dando la espalda, inició por la izquierda su retirada.

Y él contempló cómo, del rostro de ella, de su pareja, se fugaba una expresión de angustia hacia la inmensidad de la noche.

Imagen: misschangoo.wordpress.com

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.