24 de diciembre de 2015

 

Como quien saca la cabeza a flote.

No supo de dónde salió, ella pareció materializarse. De repente, sus pisadas estaban resonando justo delante de él, como si hubiera caído del cielo o la tierra se hubiera abierto para que apareciese. Caminaba ella y fingía mirar hacia sus costados, mirándolo como si no lo mirara. Un cuerpo erguido y la expresión tan inescrutable del rostro, de una belleza cincelada, hacían que se asemejase a una estatua que, como algunas, había echado a andar.
 
Él esperó hasta que avanzaron y se detuvieron, antes de cruzar la calle, impulsados por la luz verde de un semáforo. En ese momento, situándose a la par, le preguntó si era extranjera, y ella respondió que resultaba evidente. "Una extranjera joven", pensó él, subrayando para sí lo de la juventud.

–Te invito a tomar un café o un té. Si te molesto, puedo desaparecer.
–Estaría bien... tomar algo. Voy a un banco... –ella dudó–, necesito comprar algunos dólares.
–No hay problema. Yo te acompaño.
–En la zona comercial, a unas ocho manzanas, hay varios bancos.
–Es lejos. Y en la otra acera –él indicó el letrero–, casi en la esquina, hay uno.
 
Cuando llegaron a la oficina bancaria, él abrió la puerta para que ella pasara, y, con un ademán, le indicó que la esperaría fuera. Deseaba inspirarle la mayor confianza, quizás podría llevársela a la cama, no de inmediato, pero sí muy pronto. Esa mañana, él acababa de hacer el amor. Sólo que el amor le mordía adentro como una decepción rabiosa.
 
–¿Turista? –preguntó él cuando ella salió y volvieron a caminar uno al lado del otro.
–Estudio en esta ciudad desde hace dos años. Un doctorado en ingeniería.
–¿Una beca? –y él pensó que no parecía ingeniera.
–Yo pago mis estudios. Mañana termino la tesis.
 
Se sentaron en una cafetería. Unos minutos antes, a la salida de la oficina bancaria, otro hombre, también cerca de las cuatro décadas como él, los había observado. No pudo definir si los diseccionaba porque él era blanco y ella de un color negro azuloso, o por la diferencia de edades, de más de diez años. Quizás el otro hombre, al tropezarlos a la puerta de un banco, creyó que él le pagaba a la joven por sexo. Ella no reparó en el incidente y él no lo comentó.
En la cafetería ella pidió mucho más que un café, dentro de una cuenta que él pagaría. Que su acompañante se invitara a un desayuno en toda regla, unido a que no lograba olvidar la actitud del otro hombre, hizo que él dijera:

–¿Contigo no se trata de prostitución? –Y al advertir la negación corporal de ella, añadió con premura–: No necesito contratar sexo. No lo he hecho y no lo hago. Esta ciudad se desmorona económicamente y... la prostitución aumenta. Es... triste. El sexo reducido a un contrato. Ni siquiera una mutua pasión, ya que no amor.

–Ya que no amor –repitió ella sin emoción alguna.
–¿Qué edad tienes?
–Veinticinco años.
 
Él no alcanzó a contener su alivio.
 
–Aparentas menos. ¿Te envía dinero tu familia?
–Llegué acá con dinero que gané en mi país. Y mi familia me auxilió hasta hace unos meses. A estas alturas todo el dinero se acabó.
 
En él venció la urgencia de indagar:
 
–¿Y cómo te mantienes?
–Negocios.
–¿Te sobraba tiempo para los negocios yendo a clases, y debiendo investigar y redactar la tesis?
–A la universidad únicamente era obligatorio asistir algunos días cada semana.
–¿Qué negocios? –él decidió averiguar si especificaría.
–Negocios... –y eludió explícitamente dar los detalles.
–Eso ya lo dijiste. ¿Qué negocios?
 
El camarero, con lo pedido, los obligó a una pausa.
Previo al bocado inicial, la joven comentó:
 
–Desmontaré el piso y venderé lo que poseo.
 
Comer y beber fueron imprimiendo un ritmo bastante más lento a la conversación. 
Nunca se tocaron. Ella nunca preguntó acerca de él.

–¿Con quién vives?
–Sola –y lo dijo sin más intenciones, dentro de su ausencia de matices.
–¿Alquilas?
–Un piso.
–¿Dónde?
–A unas manzanas.
–¿Tienes teléfono?
–Olvídalo.
 
Él echó una ojeada a las otras mesas. Una ojeada lenta, minuciosa. Desde que se sentaron, alguien, en algún punto de la cafetería, los observaba. Cuando él le clavaba la vista, ese alguien bajaba la cabeza. Después de que él volvió a vencer en otro duelo de miradas, adoptando lo inescrutable de ella, de su mármol negro azuloso, preguntó:

–¿Volvemos a vernos?
–Sí.
–¿Desde cuándo andas en esto?
–¿Qué? –tampoco ahora ella se alteró.
–Tú me oíste.
–Cierto. Te oí.
–He preguntado con claridad.
–Estás muy seguro de que ando en "esto".
–No creo que sea un juego superficial –"o una manera de comer gratis", pensó él, pero no lo expresó con palabras–.
Si no andas en "esto", ¿nos citamos para dentro de tres días, en la mañana, en aquella esquina?
–Con el apuro por terminar la tesis, hace una semana que no veo a mi novio.
–¿Un joven de este país? –inquirió él sin evidenciar su desencanto.
–En absoluto.
–¿Entonces?
–Alemán.
–Nada más y nada menos. Obtenido el doctorado: ¿qué harás con tu novio? –en la mente de él, un susurro le recordó que a muchas de las negras, le gustaban los rubios, y que a muchos de los rubios, las negras los enloquecían; las negras tenían fama de una temperatura más alta... Él se detestó por estas consideraciones, racistas probablemente.

–Es mi novio quien está loco por mí –anotó ella, como de pasada, desviando los ojos hacia la calle.
–¿Y tú?
–No es tan... No sé si permaneceré aquí, en la ciudad, en el país... Tengo una oferta de trabajo de un despacho de ingenieros. No sé si me marcharé a mi país. En unos meses, además, viajaré por un período a Suiza.
–¿Por medio de tu novio?
–No. Un equipo de ingenieros, que suele reunir a profesionales de países en desarrollo, me invitó a colaborar.
–No respondiste a mi propuesta. No hemos precisado cómo vernos dentro de tres días.
–Desearía viajar mañana. Redactar la tesis me agotó.
–¿Viajar?
–Irme una semana a la playa.
–Viaja después de que nos citemos. De hoy a tres días –si lo que ella había manifestado era una insinuación para que se apuntara al viaje y se encargara de los gastos, él lo tuvo en mente, pero eligió no darse por enterado.

–Es improbable que, tan rápido, consiga dinero para el viaje –dijo ella y se impuso un silencio inexplicable y prolongado, hasta que la joven lo cortó, saltándose su impasibilidad de un modo muy brusco–: ¡Quedemos como tú propusiste! Y sé puntual porque yo no aguardo en la calle.
–Diez minutos de margen para los dos, cinco minutos menos de los quince habituales.
 
Acordaron la hora exacta. Él pagó la cuenta sin que ella se ofreciera a compartirla o se interesara por la suma.
 
Al despedirse se estrecharon las manos.Él la contempló alejarse, erecta.

Transcurridos los tres días, y, aunque tuvo la intuición de que ella no dejaría de acudir a la cita, él planeó como alternativa visitar un museo. Ante la duda reservó un hotel, pero no abonó de antemano la habitación como hacía otras veces para poder esfumarse sin demoras enojosas ya finalizado el sexo.
 
Ella fue puntual. Él había desembocado en aquella esquina con unos minutos a su favor.
 
Él vestía de ejecutivo. Ella vino vestida deportivamente, pero con ropa recién estrenada. Llevaba en una mano, un sobre grande, amarillo. El hombre decidió desechar cualquier preámbulo:
 
–Elegí un hotel de probada decencia, pero donde no harán preguntas enojosas ni comprobarán otros documentos que los míos. Serán cinco o seis minutos en un taxi. No he traído el coche.

Ella no se refirió a lo escuchado:
 
–Olvidé desconectar el calentador. Pasemos en el taxi por donde está el piso que alquilo. Yo me bajo y regreso en unos segundos.

A él la propuesta lo inquietó. Aunque era de día y la zona resultaba céntrica, siempre existía la posibilidad de un asalto o de cualquier otra situación conflictiva con, por ejemplo, el novio de ella. No supo cómo negarse. Cogieron un taxi y fueron. Resultó vivir en un edificio de buena presencia. En un barrio próximo, sin mayores peligros. Ella no le dijo que subiera al piso y él no lo deseó, prefería que se acostaran en el terreno neutral del hotel que había elegido.
 
Frente al hotel, él pagó el taxi. Y, dentro, pagó la habitación. Cuando se encaminaban hacia el ascensor, ella insistió en desayunar, aunque refiriéndose a tomar algo ligero.
 
–¿Dónde me llevas? –subrayó él, llave de la habitación en mano, sonriendo burlonamente, sin mostrar su molestia por la falta de ansiedad de ella por estar a solas, y presintiendo que, también, pagaría él la cuenta del desayuno.
 
–No sé...
–El desayuno, ¿en el mismo hotel?
–Sería lo mejor.

En el restaurante, sentados, otra vez cara a cara y ya con los desayunos delante, ella extrajo del sobre amarillo, con el que había subido y bajado del piso en tanto él la aguardaba, su tesis de doctorado. Dijo que debía fotocopiarla y se la mostró.
 
Por lo que él leyó, una tesis muy bien redactada, extensamente documentada y con cuidadosas ilustraciones dibujadas por ella. Él no habló de la tesis; sin meditarlo afirmó:

–Eres muy hermosa. ¿No serás una estatua?
–¿Una estatua?
–Me refiero a una de ésas que se exhiben y se dejan querer. Inmóviles. Impasibles.
–Soy modelo.
–Lo pareces –él en silencio se recriminó por no haberlo preguntado desde el principio–. Lo pareces –repitió, y se imaginó la escena cuando subieran, en la habitación alquilada e impersonal, y no le gustó lo que imaginaba.

–¿Es un elogio? 
–Un mundo muy difícil el de las modelos. Un mundo para la exhibición, para la contemplación, para... –él quiso decir: "la adquisición", pero estas dos palabras las calló.
 
–Sí. A ratos es un mundo muy difícil. Aunque no soy de las que más ganan.
–¿Cuáles son las que ganan más? –y lo que él estuvo a punto de decir, por su ropa y por más, fue: "Eso se nota."
–No soy de las más codiciadas. No soy de las más envidiadas –la joven prosiguió con su discurso–. No soy de las que modelan para la televisión.
–¿Cuál es tu campo?
–Soy modelo fotográfica. Y mi novio trabaja en relaciones públicas.
–¿Eres modelo gracias a tu novio? ¿Tu novio te consigue el trabajo como modelo?
–Soy modelo desde muy pequeña. Desde que era una niña en mi país. De este lado del mar son mayores las posibilidades. Claro que... el terreno del modelaje es igual en un país que en otro. Como pisar un territorio minado. Llevo con mi novio unos tres meses. Tiene mucho talento. Aunque no es tan guapo, tan deslumbrante... Lo que sí, es muy posesivo. Controla mis movimientos como una araña. Mi novio anterior a éste era guapísimo. Cuando salíamos todos lo miraban. Ganó varios campeonatos de esgrima.
 
–¿El campeón de esgrima sí nació en este país?
–No. También es alemán.
–Te van a repudiar en este país por desprecio a los productos nacionales. Lo de los alemanes, ¿es una especialidad? –Y, sin dejar un espacio para que ella le respondiera, agregó–: ¿Es esencial que sean guapísimos?
–En nuestro medio, sí.
 
El silencio duró un minuto.

–¿Y cómo es que vas a meterte conmigo en la cama? No tengo un cuerpo musculoso. Soy lo menos parecido a alguien guapísimo. ¿O tendría que insistir en determinar el porqué? Ése que he sospechado desde que hablamos en la cafetería. De que andas en…
–Estás siempre muy seguro de que ando en "esto".
 
–Si no andas en "esto", ¿qué hacemos en este hotel? –y él logró no gritarle, aunque la voz se le tensó–. Sé que soy atractivo. Ya no soy precisamente un joven, pero soy atractivo. Y no me conoces. Puesto yo en situación de desventaja todo me importa poco. Me puedo levantar. Marcharme. Y olvidar la cuenta, para que seas tú quien pague los desayunos. ¿Los pagarías? Eso me pregunto. ¿Eres capaz de entender que puedo perder el dinero de la habitación del hotel? ¿Que no estoy aquí porque tú eres guapa, y ni siquiera porque eres atractiva, o porque eres tan inteligente como demuestra tu tesis...? Que estoy aquí para comprobar si vales la pena como ser humano, más allá de tus poses posibles y de tus posibles necesidades en un medio discriminatorio. Hay algo que no he dicho. Y no te lo he dicho porque nunca me has preguntado sobre mí –él continuaba sin gritar, ella escuchaba sin mover un músculo; los dos, controlados, aunque de manera distinta, puesto que el rostro de él traslucía sus emociones–. No te he dicho que tengo una relación con otra persona. Una relación de amor en suspenso. Una relación rota, quizás no salvable. –Y él pensó: "No te he dicho que estoy aquí para intentar un contacto que me dé aire para el naufragio", pero lo que pronunció fue:– No te he dicho que venía de acostarme, y de terminar con esa relación de amor, cuando me miraste en la acera. Porque me miraste. A hurtadillas. Como si no me miraras. ¿Eres capaz de entender que la belleza física es relativa? ¿Entiendes que a mi edad se puede haber tenido ya toda la belleza? ¿Y que a mi edad uno continúa quitándose de encima los acosos de la belleza?
 
–No te acuestas con alguien que no te gusta físicamente.
–¡Eso es otra cosa! Pero... ¿acaso te gusto yo a ti físicamente? ¡No entiendes! ¿O sí? ¿Te acosan mucho en el modelaje?
–No me dejo. Modelar es... molesto. A nadie le importas de verdad. Te citan a las nueve de la mañana. Ellos asoman las narices a la una del mediodía. Se ensaya hasta el cansancio. Hasta la amargura. Hasta la desilusión. Te citan a las nueve de la mañana y la sesión comienza a las nueve de la noche. Y tienes que proyectar frescura, entusiasmo. Las cámaras fotográficas son implacables: descubren las incongruencias, evidencian el engaño... Son como enemigas.

–¿Y después?
–¿Después?
–Cuando envejezcas. ¿Por qué remarcaste que era tu novio quien enloquecía por ti? ¿Desde cuándo andas en esto?
–Estás demasiado seguro de que ando en "esto".
–No entiendes. Puedo perder, además del dinero, el tiempo. Porque no los perderé. Pasaré por los tamices de la memoria todo lo hablado, todo lo sucedido. Lo analizaré y aprenderé de ello. Reordenaré los hechos y las palabras en mi interior. Los reordenaré, sí, lo haré: una y otra vez hasta comprenderlos. Hasta sacar unas conclusiones que me sirvan y que puedan servir, no a las estatuas, sino a otros seres. Y entonces, dentro de unos años, compartiré las conclusiones. Compartiré esta historia.
–¿Qué soy yo? ¿Un animal de tu laboratorio? ¿La ciudad es tu gigantesco laboratorio?
–Tú eres un ser humano que se oculta.
      
Él se levantó, caminó hasta la caja, y pagó los desayunos. Pensó que, nuevamente, estaba pagando, y que había comido sin tener hambre. Regresó a la mesa a buscarla, y, cuando ella se incorporó, él atravesó el restaurante en dirección a la puerta de salida del hotel.
 
Ella, desde detrás, le propuso:
–Vayamos al ascensor. Subamos a la habitación.
–No me voy a acostar contigo.

Él devolvió la llave al empleado del hotel. La joven lo alcanzó en la puerta de salida. Él recordó las palabras de ella: "Estás siempre muy seguro de que ando en..." "Estás demasiado seguro de que..."

–¿Por qué no vas a acostarte conmigo?
–Porque no me gustas –él recorrió con la mirada aquella hermosura externa, aquella perfección de estatua que ella poseía–. El amor no interesa a las estatuas.
 
Ella fue, por la calle, tras las huellas de él. Como perdida. Como necesitada. 
Cuando él apresuró el paso, ella dijo:
 
–Te agradezco la lección –y, como si fuera y no fuera la misma, dio media vuelta para perderse entre la multitud.
 
Él no giró para ver cómo ella se alejaba, no deseó contemplar cómo la muchedumbre, ruidosa e indetenible, se la tragaba hasta desaparecerla. Él siguió caminando, sin rumbo fijo, perdiéndose también entre la multitud, dejando crecer la certeza de que ellos dos volverían a encontrarse.
Como quien saca la cabeza a flote.

Imagen: encuentropsi.blogspot.com

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2da Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.