BENDITA
MOSCA MUERTA
Por:
José Víctor Martínez Gil*
De mantener impecable la biblioteca de ese bendito lugar. Solamente. Porque en
ese lugar, como en muchos otros, como en casi todos, estaba prohibido leer.
Porque leer podía poner en peligro a ese lugar, como a muchos otros, como a
casi todos. Tanto a aquel hombre, como a muchos otros, como a casi todos, se
les saciaba el hambre. Para que no pudieran decir que pasaban hambre. Ah! Pero
aquel hombre… Cuando es el corazón el que tiene hambre, entonces en cualquier
lugar, como en muchos otros, como en casi todos, no hay quien lo detenga. Por
eso el corazón de aquel hombre buscó el aliado perfecto. El aliado con el que
todos los días sería vencedor en ese lugar, en muchos otros y en casi todos. Su
corazón se alió con su razón. Corazón y cerebro. Cerebro y corazón. El hombre,
tan sabio como todos los libros de aquella perfecta e intocable biblioteca,
asumió el riesgo de leer para saciar su propia, verdadera hambre. De leer sin
que nadie sospechara. Leer con paciencia, con regocijo, de principio a fin,
capítulo a capítulo, libro a libro, en rigurosísimo orden, toda la biblioteca,
y sin dejar huella. Salvo una mosca. Una mosca muerta que marcaba la página de
su última lectura. La mosca muerta, al final bendita en ese lugar.
*José Víctor Martínez Gil (México) Cuento breve de su libro La línea entre el agua y el aire.
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