Palabras inmortales.

 

El joven leyó la frase que engalanaba el dibujo del libro que adornaba la fa-

chada lateral de un viejo edificio de la Villa: “No hay tristeza que un buen libro 

no pueda alegrar”. Le gustó tanto, que sólo necesitó releerla para que la memo-

ria la acogiera en su seno. Al día siguiente, cuando volvió a pasar por delante 

del inmueble, el libro y la frase habían desaparecido bajo una capa de pintura 

blanca. Pero las palabras de la pared no habían muerto, ya que vivían dentro 

de él, para siempre. Fue el día en que el joven supo que la Literatura sobrevive 

a la Muerte.

 

 Salvador Robles Miras. Vive en Bilbao desde los diez años. Ha publicado una veintena de libros de ensayo, novela, cuentos y relatos.