nicolas lopez dallara.jpgPADRE

Por: Nicolás López Dallara*

20 de agosto

(Antes de partir hacia el río Eresma)

Mi padre era un buen hombre. Idealista pero demagógico, educado y también decente. Y, cuando llegaba el momento, dispuesto a sacrificarse. Aunque ya había sido reconocido con un cargo gremialista, siempre disimulaba su timidez haciéndola pasar por una diplomacia nata. Lo perdía el amor por mi madre. Para reincorporarse a su Telefónica, una vez que aquella interesada democracia pudo reorganizar los artículos del controlado poder judicial de mi Argentina, como si fuera un cabo mal entrenado para su desempeño, Santiago abandonaba su humilde puesto como el preceptor de la familia. Regresaba a Gran Canarias, luego de viajar cincuenta y cinco minutos en el colectivo aliviado, casi siempre luego de la cena. Noté el cambio cuando empezó a dejar sus viajes al Mercado Central, en busca de verduras y carnes, donde acostumbraba viajar los miércoles por la mañana, en un micro que ya había dejado su original trabajo como transporte de pasajeros, para cargarse con los cajones y las reumáticas bolsas de papas y de batatas de 50 kilos. Recuerdo la admiración que experimenté a la tercera o cuarta vez que los vi descargando de sus dolidos lomos una arpillera grisácea y magullada. Cuando regresaban del mercado eran las 8 y media de la noche. Los otros viajantes se solidarizaban con papá para sincronizar favores.

Y en un buen día colonizó la meta de sus esfuerzos. En 1987 lo readmitieron como efectivo. Más que por justa selección, por las admiraciones de todo el que hablaba con él. Casi estoy seguro que fue en ese año que pitó su cancerígeno tabaco por última vez. Poco tiempo después ya se había desligado de la piedra afiladora y las domingueras vísceras de las gallinas. Sus manos no volvieron a ensangrentarse con inocentes. Fue entonces mi madre quien cogió las renunciadas riendas del almacén. Y como ya el dinero no era un problema ni una carencia, cerramos la empresa de la carnicería. Entonces mamá hacía un trabajo menos fino –ya que la sierra era una función peligrosa que no se podía limitar a guantes de látex lavavajillas-, y se empleaba envolviendo frutillas y plátanos de a medio kilo, o vendiendo enteros los sacrificados pollos y algún que otro lácteo formalmente envasado.

 

Todo aquella maniobra de comercial, Santiago la estaba haciendo por el resto de nosotros. Solamente detecté dos cosas incorrectas en él, según mis valores de criollo. Una era que todo el tiempo andaba jactándose de su intelectualidad. Santiago se había enamorado de los debates, pues le daban la falsa energía del complaciente tienes razón. Con tanta verbosidad acababa por convencer a su interlocutor, mejor dicho, acababa por desanimarlo. Cuando se trataba de una diferencia de pensamientos, con él todos elegían ceder el lugar. Si le tocaba, papá empezaba la charla con un refrán famosísimo y como un orador dando misa, lo ceñía con interpretaciones de poca verdad, trasladando el tema adonde él quería, dependiendo de su interés parcial y momentáneo.

 

Era como un pulseador que, apenas empieza a correr el tiempo, quiebra el brazo de su rival. Imaginemos pues, que David se enfrentara a Goliat sin espada ni honda. Con sólo una pisada del enorme, el ilustre David se desatomizaría. Papá era parecido con la palabra. En un instante se le creaba en la psiquis el virus del no te escucho, y ametrallaba con frases cognitivas a quien se le opusiera. Por allí a los veinticuatro, mis sentimientos también serían pisoteados por aquel sistema de ataque, que tenía un ambivalente desemboque, dependiendo de los abstractos objetivos que Santiago pretendiera conquistar. Sé que ese comportamiento lo luciría durante su vejez. Santiago tuvo dos vejeces, tal cual yo tendría dos adolescencias. Luego cambiaría en apariencia ante los terceros que no iban a conocerlo nunca. Pero con nosotros permaneció siendo así.

 

Y así Santiago, mi padre, acabó por desencadenar discusiones en sobremesas muy pacíficas. Pero eso sí: lo hizo siempre que alguien no le gustaba, a él o a mi madre; nunca le discutió a un médico o a un profesor o a un político. Se sentaba a comer e introducía comentarios que humillaban los principios de sus detestados. Y así comenzaba con mucha ventaja (la ira de su designado contrincante) a jugar un ajedrez de valores. Muchos se sintieron culpables por haberse sentido ofendidos. Quien hace una guerra con culpa casi siempre termina por perder todas sus batallas. Pero ésa era la intención de mi padre, para pelearse y no volver a tener que compartir una mesa con la persona enemiga. Una vez un médico me diría: es muy peligroso el gallego.

 

Las personas siempre sintieron una gran piedad por mi padre, un inexplicable sentimiento de compasión. Sería la bondad, esencia de cada una de sus células, que le concedía el don de ser admirado. Si hubiera desarrollado esa virtud, cada capítulo de  Los Cinco Principitos, trataría de grandes regalos y álbumes de figuritas. Pues yo no habría tenido motivos para esta historia. Tampoco mi leyenda hubiera existido. Y yo estaría trabajando en un estudio contable.

 

Nicolás López Dallara es un escritor argentino que ha compartido su trabajo a través de diversas revistas latinoamericanas.

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