- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

 LA OFICINA DE LA PUERTA CERRADA

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

Cuando ingresé a mi nuevo trabajo nunca pensé que tendría la maravillosa oportunidad de conocerla.

Al principio me recluía en mi lugar, me llenaba de ocupaciones y sólo saludaba a los compañeros que estaban junto a mí o a los que me encontraba en el camino, a la entrada y a la salida. Con el tiempo y ya con más confianza me dediqué a visitar las oficinas, a conocer otros compañeros; sin embargo no faltó que encontrara una puerta cerrada, esas a las que sólo tienen acceso ciertas personas, por supuesto yo no era de ellas.

Recuerdo el día en que la conocí, mi jefe me había mandado a solicitar una información a esa oficina donde siempre la puerta estaba cerrada; una voz masculina gritó: ¡adelante!;  y empujé la puerta, quedé impresionado, sabía que encontraría algo así pero nunca me imaginé poder verla de cerca, solicité la información al compañero que me invitó a pasar sin dirigirle la vista pues me encontraba viéndola, en su lugar, estática, impasible, casi como una invitación a sentarme junto a ella.

Después de esa ocasión inventaba trabajos y recados para ir a la oficina de la puerta cerrada y poder verla aunque fuera fugazmente, tal vez en algún momento la encontrara sola, quizá pudiera tener algún contacto. Me sentía como en la escuela, cuando empiezas a tener tus primeras amistades con el sexo opuesto: ligeros mareos cuando las miradas se cruzaban, manos sudorosas, mariposas en el estómago escalofríos al menor roce, inventar cualquier pretexto para buscarla.

Varias semanas pasaron hasta que un día al llevar un mensaje me encontré que el responsable de la oficina no se encontraba y ella estaba sola, desocupada; sin mediar palabra me senté ante ella y la observé detenidamente, en mi mente revolotearon varias preguntas, ¿cuántas cosas tuvieron que pasar, cuanto tiempo hubo de transcurrir  para que coincidiéramos aquí?, estiré mi mano dispuesto a tocarla pero en ese momento llegó gente, di el recado y salí apresuradamente.

Debía buscar algo que me llevara a ella y muy pronto lo encontré. Un trabajo que nadie quería hacer, un pretexto para ir a la oficina de la puerta cerrada; me ofrecí, era mi oportunidad.

En el trayecto repasé mentalmente lo que haría, con minuciosidad, para no cometer ningún error, no quería que nada frustrara nuestro primer contacto; ante la puerta respiré profundamente, tomé el picaporte y la abrí, ese era mi día de suerte, estaba sola, podría actuar a mis anchas, sin testigos, sin curiosos.

Me acerqué a ella, me ubiqué hasta quedar frente a frente, la mire profundamente, me llené de su imagen, estiré mi mano para tocarla, y en el más completo silencio la recorrí casi toda hasta lograr encenderla, emitió algunos sonidos que yo tomé como de aceptación a mis intentos, ya no podía detenerme, mis manos iban de una lado a otro, mis ojos se perdían en ella y mis pensamientos me llevaban fuera de este mundo, su interior me ofrecía una realidad distinta a la acostumbrada, intenté todo lo que ella me permitía, investigué cada uno de sus rincones, conocí sus secretos más íntimos, me absorbió totalmente y cuando reaccioné habían pasado más de tres horas, no lo podía creer, nunca me imaginé que yo sería capaz de semejante proeza.

Después de este primer encuentro me aficioné tanto a ella que se me hizo imprescindible, la buscaba para todo y ella nunca me rechazó, aun más en realidad me ayudaba muchísimo en mi trabajo, corregía mis errores, ella sola hacia muchas cosas bastante más rápido de lo que yo las pudiera hacer.

Todos los días, al terminar la jornada con ella, fatigado, cierro los ojos, respiro despacio, necesito ubicarme nuevamente en mi realidad. Trabajar en una computadora siempre resulta emocionante pero muy cansado.

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