23 de octubre de 2014
Javier, como todos los veranos, había ido a pasar unos días en la playa con sus padres y su hermano mayor. Y así, como todas las tardes, Javier bajó a jugar en la arena en ese día soleado. A su hermano no le gustaba ayudarle, y se quedaba siempre tumbado dejando pasar el tiempo. Ya era casi la hora de irse, y esta vez el castillo le había quedado especialmente grande y resistente. Javier ya podía imaginar cómo sus soldados subían a las torres para ver mejor el atardecer sobre el inmenso mar. Empezaron a recoger las cosas, y su hermano se quedó mirando el castillo, sintiendo a la vez admiración y enfado.
Después le dijo a Javier: “Lo que haces es una pérdida de tiempo. ¿Por qué te empeñas en construir castillos si sabes que el agua se los va a llevar?”. A Javier le sorprendió que su hermano le hiciera esa pregunta, ya que sabía más cosas que él. De todas formas, le respondió: “Porque, aunque se borren, cada castillo es mejor que el anterior, y algún día podré hacer uno que aguante el mar y las olas”.
© De esta edición: F. G. C. / Comunicación, Oralidad y Artes (COMOARTES)
© Los autores, de los textos que se publican amparados por las Bases del
Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes”.
Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE)